
El hidroarsenicismo, que afecta a la población pobre del norte argentino, se evita con la provisión de agua potable
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Hay una enfermedad que afecta a poblaciones dispersas y aisladas, que viven lejos de las comodidades y el progreso.
Va ingresando en sus cuerpos lentamente cada vez que toman agua, mate o que ingieren alimentos lavados o cocinados con ese vital elemento, que obtienen del pozo junto a la humilde casita o al rancho.
Como muchos de ellos son hombres, trabajadores rurales que desde chicos han empuñado el hacha en las duras faenas del campo, no se sorprenden al comprobar que la piel de las palmas de las manos se les engruesa. La mayoría pasa de largo otros síntomas: manchas blancas y oscuras sobre la piel de la espalda, engrosamiento de las plantas de los pies, caída del cabello, estrías en las uñas, tos persistente, dolor de pulmón...
En hasta un 30 por ciento de los casos, esta enfermedad produce cáncer, tanto de piel como de órganos internos (pulmón, estómago, laringe, esófago, faringe, tráquea, hígado, páncreas), con una mortalidad que supera el 25 por ciento de los casos. El resto sufre alteraciones cardiovasculares (daño en el corazón, gangrena en pies y piernas, con riesgo de amputación), problemas gastrointestinales, renales, hepáticos y de la sangre (por ejemplo, anemia).
Pero, quizás, el problema más difícil es que como esta enfermedad afecta a personas que antes de contraerla ya viven en el desamparo, sólo una minoría se interesa por ellos, y a cada paso encuentran obstáculos.
Es que el hidroarsenicismo crónico regional endémico (Hacre), una patología que afecta a habitantes de todo el norte argentino, incluidos Santiago del Estero y Chaco, es consecuencia de la ingestión de agua de pozo con contenidos de arsénico superiores a las máximas compatibles con el criterio de potabilidad que determina la Organización Mundial de la Salud (OMS), es decir, hasta 0,05 mg por litro.
"La zona donde primero se describió la enfermedad en el país fue Córdoba -explica el profesor Alberto Woscoff, jefe de la división Dermatología del Hospital de Clínicas José de San Martín-. Pero el suministro de agua potable cambió por completo el panorama."
Mil personas
El doctor Marcelo Biagini, médico dermatólogo de Salta, hijo de Roberto Biagini, pionero en la investigación sobre Hacre, indica que en esa provincia viven alrededor de mil personas expuestas a la patología.
"Quizás, desde el punto de vista cuantitativo no es una cifra alta -afirma- si se tiene en cuenta que vive un millón de personas en Salta. Pero cualitativamente es grave. Porque quien ingiere arsénico está condenado para el resto de su vida aunque lo haga sólo algunos años."
El doctor Woscoff agrega que busca establecerse la predisposición genética a padecer el mal. "Es que hay familias que viven en zonas con igual proporción de arsénico en el agua, pero algunas desarrollan la enfermedad y otras no", explica.
Biagini acuerda: en Salta, hay menos Hacre en San Antonio de los Cobres, donde sin embargo existe una mayor concentración de arsénico en las aguas, que en Anta. "Puede ser porque en San Antonio habita población colla, que vive allí desde siempre y podría haber desarrollado un gen de resistencia -dice el dermatólogo-. O porque en Anta hace más calor y toman más agua."
La solución a esta patología es tan fácil y tan difícil como contar con agua potable. En el proceso de potabilización el arsénico es reducido a trazos. "La mayoría toma agua de pozo y por eso enferma -agrega Biagini-. Cuando los visitamos, intentamos que sepan que el agua que a algunos pobladores les llega en tanque es para beber, y deben dejar la del pozo para lavar o bañarse."
Soluciones que no llegan
El doctor Eudoro Héctor de los Ríos, director de la carrera de especialización en Dermatología de la Universidad Nacional de Tucumán, afirma que la única solución posible es proveer de agua potable a la población expuesta. Sin embargo, los ranchos están aislados entre sí.
Agua recolectada en aljibe, nuevas perforaciones buscando napas más profundas o destiladores domiciliarios por energía solar son las propuestas del doctor De los Ríos, en una publicación científica.
"Algunos viven a tres días de la población más cercana -agrega el doctor Woscoff-. No se les puede hacer llegar un caño, pero sí instalar una represa o construir un canal para que llegue agua potable. No faltan soluciones. El verdadero problema es que son argentinos, pero pobres y habitantes del monte o la selva. Por lo tanto, no existen, no interesan a nadie."






