
El camino a la felicidad podría sintetizarse en una máxima: que el deber coincida con el placer . En mi caso, algo de eso ocurre cuando -ya que existe consenso médico acerca de sus beneficios- se me presenta la oportunidad de salir a caminar por las calles de Buenos Aires. Es que, como afirma Rebecca Solnit en su libro Wanderlust, a history of walking (Viking Penguin, 2000), caminar puede ser simplemente un método práctico para desplazarse de un lado a otro... o puede transportar nuestra mente a océanos metafísicos. Literalmente.
Según cuenta Solnit, parece que en la escuela de Aristóteles de la antigua Atenas alumnos y maestros solían hamacar los pensamientos al ritmo de sus pisadas por una galería con columnas que conducía al templo de Apolo. El peripatos , como se la llamaba, le daba nombre a la escuela cuyos integrantes eran conocidos como los peripatéticos .
"Caminar es un estado en el que, idealmente, la mente, el cuerpo y el mundo están alineados -escribe Solnit-. Nos permite estar en nuestros cuerpos y en el mundo sin ocuparnos de ellos. Nos deja libres para pensar sin estar totalmente perdidos en nuestros pensamientos." Es que, más allá de su trascendencia anatómica, cuando nuestros ancestros se lanzaron a caminar erguidos encontraron los senderos del pensamiento y de la creación.
Tal vez por eso, un dibujo ya clásico representa la evolución humana a través de una secuencia de siluetas de perfil, desde nuestros lejanos antepasados, los primates, hasta el Homo sapiens , culminando con la figura vertical del ser humano moderno.
El día que comenzamos a caminar, los humanos cruzamos nuestro Rubicón, dice Solnit. Para el antropólogo Owen Lovejoy, la película podría ser como sigue: hace cinco millones de años algunos de nuestros tatara-tatara-tatarabuelos comenzaron a traer provisiones a sus mujeres, que de ese modo podían tener más hijos. El bipedismo, que les permitía liberar las manos, mejoraba así sus posibilidades reproductivas.
Otros, como Dean Falk, explicaron nuestro salto a la verticalidad como una estratagema económica: a esos antiguos caminantes -afirma- la posición erecta los ayudó a minimizar la cantidad de sol que recibían mientras se desplazaban y, de ese modo, les permitió alejarse más y más de la sombra del bosque hacia otros horizontes. Según esta hipótesis, la posición erecta también hizo que la sangre se mantuviera más fresca hasta llegar al cerebro, lo que a su vez posibilitó que éste se desarrollara.
Peter Wheeler y Mary Leakey, por su parte, también coincidieron en que el acto de caminar no creó, pero sí hizo posible el amanecer de la inteligencia.
Nunca mejor empleada que en este caso la célebre frase de Neil Armstrong, el primer astronauta que pisó la luna: "Un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la humanidad".






