
Cine, confesiones, mentiritas blancas y el miedo genuino de una actriz que no sabía que su terror sería cine puro
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Como muchos, crecí sabiendo que existían castigos por no decir la verdad. Venían, por supuesto, en forma de cuento infantil, como Pinocho y su enorme nariz, que no paraba de crecer cuando mentía, en fábulas como la de Pedro y el lobo, en la que el niño ejercitaba tanto la mentira que cuando finalmente decía la verdad, nadie le creía.
Confieso que esta me parecía desesperante, porque esa vez en la que el lobo corría babeándose hacia las ovejas con dientes afilados, dispuesto a devorarlas, justamente ese día, nadie iba a creerle. Después el catecismo hizo lo suyo y las mentiras fueron un clásico secreto de confesión. Con el tiempo habremos aprendido de la existencia de las mentiras piadosas, little white lies (pequeñas mentiritas blancas), les decía mi madre, y creí entender que solo se usaban cuando decir la verdad podía generar un daño mayor o cuando su contenido no presentaba la suficiente relevancia como para calificar de mentira hecha y derecha.
Eran, sin embargo, herramientas a las que había que recurrir poco, ya que el exceso podía convertirlas en hábito y ya sabemos lo pegajosos que son los hábitos: casi sin darse cuenta, cualquiera podría convertirse en un mentiroso irrecuperable. Todos conocemos alguno.
Ese temor infantil a quedar expuesto, a que la falta de honestidad dejara una marca física e indeleble, a ser devorado por un lobo, encontró su forma más perfecta de piedra el día que, ya de grande, visité Roma. Habíamos pasado con mis amigas la mañana en el Trastévere con la intención de llegar al atardecer al Foro Romano, sabiendo que el sol de una tarde pegando sobre las ruinas y los mármoles (los pocos que sobreviven) es una luz inmejorable. Cruzamos el Puente Palatino y mi amiga, residente permanente, nos advierte que con tanto calor no es el mejor día para caminar junto al Circo Máximo, que al final se ve como una eterna extensión de pasto. Insistimos. Nada nos quita el entusiasmo. La amiga local decide entonces sumar una parada imperdible, que de otra forma no tendríamos tiempo para hacer.

Así llegamos hasta el pórtico de la basílica de Santa María en Cosmedin, buscando lo que en mi cabeza era una suerte de tribunal supremo de las infancias: la Bocca della Verità, la boca de la verdad.
Hay algo magnético y un poco macabro en ese enorme disco de mármol de pavonazzetto de casi dos toneladas y un diámetro de 1,75 metros. Los arqueólogos, con el pragmatismo que los caracteriza, insisten en quitarle misticismo: sostienen que en el siglo I d.C. aquello no era más que una mundana tapa de alcantarilla del sistema de la Cloaca Máxima, o quizás el sumidero de un templo cercano dedicado a Hércules Víctor. Nos dicen que ese rostro barbudo con ojos y boca perforados representa al dios marino Océano, aunque se debaten con otros que sugieren que es Fauno, el dios de los bosques. Pero a cierta historia, afortunadamente, le gusta más la leyenda que la ingeniería civil. El mito medieval borró el agua de lluvia y la cambió por sangre: se decía que si un mentiroso introducía la mano en la ranura de piedra, el numen mordería con furia ciega, amputando los dedos del impostor.
Cuando me llega el turno, no puedo disimular mi entusiasmo: el cine ya había sellado mi fascinación por esta piedra redonda en una escena en blanco y negro. En Roman Holiday (de 1953, estrenada aquí como La princesa que quería vivir), Gregory Peck lleva a una jovencísima Audrey Hepburn hasta el pórtico. Ella, encarnando a esa princesa que miente sobre su identidad para vivir un día normal, se resiste a meter la mano con un miedo que traspasa la pantalla. Lo maravilloso es que el pánico que vemos después fue real: Peck no le avisó a Hepburn que iba a esconder su mano dentro de la manga de su saco. Cuando él retira el brazo simulando un muñón, el grito de Audrey, su risa nerviosa y el golpe de puño final que le da en el pecho a su compañero nacieron de una improvisación genuina. El director William Wyler supo de inmediato que esa primera toma, donde en la adultez por un segundo reviven los miedos de la infancia, era la única que valía la pena dejar en el corte final.
Hice la fila reglamentaria bajo el sol romano, rodeada de turistas que imitan a Gregory Peck (nunca faltan los bromistas: hace unas semanas uno fue arrestado por zambullirse en la Fontana di Trevi a lo Anita Eckberg). Al acercarme y quedar frente a frente con ese relieve desgastado por los siglos, no pude evitar pensar en Pinocho, en el lobo de Pedro y en las “mentiritas blancas” de mi madre. Los huecos negros donde debían estar los ojos son amenazantes.
Cuando llegó mi turno, estiré el brazo con una vacilación que me dio gracia y pudor a la vez. Qué infantil todo, pensé. El mármol estaba frío, liso, cargado con el peso de las millones de manos que, antes que la mía, buscaron absolución o juego. Por una milésima de segundo, mientras mis dedos tocaban la penumbra del hueco de piedra, volví a tener siete años. Sentí el pálpito ridículo de que “la bocca” conocía cada secreto guardado en los confesionarios de mi infancia y que, tal vez, cobraría su deuda pendiente ahí mismo, en Roma. Al retirar la mano intacta, respiré aliviada y sonreí a mis amigas. El mito seguía intacto, y mis pequeñas mentiras, a salvo del veredicto de la historia.




