
Por Jane E. Brody
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NUEVA YORK (The New York Times).– La mayoría de la gente que me conoce bien sabe que me fascina el helado. Desde la infancia, ha sido mi comida predilecta para sentirme reconfortada. No obstante, una nueva amiga quedó en estado de choque al enterarse que yo suelo tener aproximadamente 11 kilos de helado en mi heladera.
No es todo para mí. Unos cuantos sabores son los preferidos de mis nietos gemelos, los cuales pasan dos tardes por semana en mi casa. De cualquier forma, la mayoría tiene escrito mi nombre, y no dudo en complacerme casi todas las noches.
Es que a pesar de mi bien conocido interés en la comida saludable, yo no creo en la privación. Largo tiempo atrás, cuando luché infructuosamente durante más de un año para perder 16 kilos, aprendí que esa privación genera deseo y puede dar paso a la indulgencia excesiva a la primera oportunidad. Así que adopté una filosofía que denomino indulgencia controlada.
En los dos años que necesité para regresar a un peso razonable para mi estatura (1.53 metros), me permitía una pequeña golosina a diario: quizás dos galletas, una delgada rebanada de pastel o tarta o unas pocas cucharadas de helado. La estrategia funcionó, y yo seguí usándola en las décadas de mantenimiento de peso que siguieron.
Durante el tiempo que mis hijos gemelos vivieron en casa, en vez de comprar pasteles y galletas comerciales, solía hornear panes rápidos que eran de contenido relativamente bajo en azúcar y grasa, amén que venían repletos de saludables ingredientes como harina de trigo integral, fibra, germen de trigo, frutas y verduras. Hacían las veces de los postres familiares y de bocadillos o tentempiés.
Solía llevarme algunos al trabajo cada día, para disfrutarlos cuando el carrito del café apareciera a media tarde. Pero, volvamos al helado en la heladera. Mi enfoque empieza con una selección inteligente. Leo la etiqueta de información nutricional; el único helado que compro proporciona un máximo de 150 calorías por cada porción, y suele ser menos, entre 100 y 130.
Con todo, ninguno está exento de grasa o azúcar, lo cual, en mi opinión, tiene un dejo un tanto artificial. De la misma importancia, por supuesto, es la cantidad que como de una sola vez. Una porción. ¿Saben a cuánto equivale a una porción de helado? Es media taza.
Compré algunos contenedores de media taza y mido mi indulgencia diaria. Además, hice mi propia regla. Si empiezo a comer más de esa media taza, todo el helado tendrá que irse. Esto porque, como prefiero tenerlo cuando siento antojo, me ciño a la media taza. Algunas personas que conozco dicen que ellas no podrían hacerlo. Si el helado estuviera en la casa, terminarían comiéndolo en exceso. Dicen que están más seguros comprando un cono cuando les sobreviene un impulso irresistible.
El helado no es mi única pasión. El chocolate, del tipo oscuro, está en un muy cercano segundo puesto. Hubo una época en la que una caja de chocolates podía permanecer intacta en mi casa por meses, sin que yo tocara una sola pieza. Esos días, todo parece indicarlo, ya no volverán nunca. Responsabilizo a la menopausia por mis antojos actuales de chocolate.
Y tengo mucho en la casa. Una vez más, la regla de la casa gira en torno del control de las porciones.
Prohibido, nada
Habiendo escuchado demasiadas historias acerca de niños cuyos padres les prohíben comer cualquier golosina y que más adelante, a escondidas y cada oportunidad, se dan atracones del fruto prohibido, yo elegí una estrategia diferente con mis hijos. Nada estaba prohibido, pero algunas comidas o productos no estaban disponibles todo el tiempo.
En la casa no teníamos golosinas, refrescos, papas fritas o azucaradas cereales. No obstante, los niños podían ordenar refresco cuando salíamos a comer, al igual que comer cualquier cereal que desearan cuando pasaban la noche en casa de algún amigo.
Además, cada sábado, les dábamos dinero para que compraran una barra de cualquier golosina que ellos quisieran. Al principio, cuidaban esa barra de dulce por horas. Pero, luego de unos cuantos meses, la golosina desapareció por completo.
Sin decir una sola palabra, ellos habían decidido emplear el dinero para, más bien, comprar knishes, que son frituras de masa rellenas de papa, carne o queso. Lo que más me asombra de todo es que a los 38 años de edad, mis hijos no tienen interés alguno en las golosinas; no beben gaseosas; muy rara vez comen pastel, tarta o galletas; y tampoco enfrentan problemas para mantener sus manos fuera de un tazón de papas fritas.
Al igual que con su madre, su principal dulce es el helado, que al menos tiene la parte rescatable de cierto valor nutricional.
La filosofía de la indulgencia controlada va más allá de las golosinas. Lo aplico a toda área, en toda ocasión en que, de no hacerlo, pudiera sentirme tentada a cometer excesos. Por ejemplo, en eventos en los que la comida se sirve en un bufete, empiezo por revisar la selección entera antes de formarme para llenar mi plato.
De esa forma, no acepto todo lo que me ofrecen. Más bien, termino solamente con los alimentos que más disfruto, sin apartarme demasiado de mis objetivos dietéticos. Cuando hay ensalada entre los platillos, pongo una buena cantidad en mi plato, dejando así menos espacio para algunas de las selecciones más calóricas. Debido a que la fruta suele estar entre la sección de postres, primero las como para así tener menos espacio y antojo de opciones con mayor contenido calórico.
Los comedores usuales pueden ser más desafiantes. Suelen empezar con la ensalada, y no soy una persona que dude en pedir aliño adicional y una segunda porción, si es que está disponible. Tiendo a comer todo de todo lo que me gusta, incluido el postre, pero no desperdició calorías en alimento que no es muy bueno.
Normalmente hago a un lado las salsas, le quito el pellejo al pollo y evito los rellenos (a menos que los otros comensales me digan que está en verdad exquisito). No cuento las calorías ni hago listas de todos lo que como cada día. De hecho, no tengo la más mínima idea de cuántas calorías estoy consumiendo en un día típico.
Como por gusto alimentos que me gustan, que, casualmente, son buenos para mi en su mayor parte, y en cantidades que encuentro satisfactorias. En vez de contar las calorías, vigilo mi peso. Me subo a la balanza cada mañana antes del desayuno. Si empiezo a subir de peso, reduzco las porciones un poco. Con todo, fiel a mi filosofía de limitación, no privación, no elimino mis golosinas.



