
Gongs, mantras y danza se combinan en una propuesta que invita a dejar de ser espectador para convertirse en parte de la experiencia; el grupo tocará el 6 de septiembre en The Lift y cerrará la jornada del sábado 24 de octubre en Bienestar Fest
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No es novedad que la cultura de la instantaneidad se convirtió en un fenómeno de época. En un mundo donde todo se consigue, consume y descarta rápidamente, el individualismo y la soledad son conceptos que crecen de la mano. Cada vez pasamos más tiempo solos aun estando rodeados de gente, y nos encontramos cada vez más desconectados en la era de la hiperconectividad.
Frente a este tipo de corrientes, comienzan a aparecer contracorrientes que le hacen batalla a ese modelo de vida acelerado. La creciente búsqueda colectiva por encuentros de conexión y espacios pensados exclusivamente para estar presentes no es una moda pasajera. Es evidencia de que en tiempos de instantaneidad, seguimos necesitando tiempo y comunidad.
Una de las propuestas de estos frentes de batalla se encuentra en Gonga, un proyecto musical que busca generar espacios de encuentro y presencia.
Con el uso de instrumentos como gongs y handpans, al unísono con cantos, mantras y música electrónica, en sus shows invitan a que la gente deje de mirar desde afuera y se anime a formar parte bien desde adentro. Una experiencia que podrá vivirse en primera persona el sábado 24 de octubre, cuando Gonga cierre el Bienestar Fest en el hipódromo de Palermo, el festival de bienestar integral más grande de Argentina, organizado por LA NACION junto a OSDE

Gonga nació hace menos de un año cuando Lis Sikorski —hoy directora y compositora del grupo— se juntó con Pablo Crespo —fundador de la Escuela Argentina de Handpan— y comenzaron a explorar la posibilidad de unir dos mundos que suelen presentarse por separado: el sonido ceremonial y la música electrónica, el sound healing y el movimiento, la contemplación y la fiesta. “Gonga es unión y es un espacio donde lo ancestral, lo espiritual y lo electrónico se conjuga, se celebra. Gonga es una experiencia sensorial y a la vez transformacional”, afirma Sikorski.
Hoy el proyecto integra a Rodrigo Braun en didgeridoo y gongs; a Agustín Rubín de Celis en percusión y loops en vivo; a Agus Morgabi en coros; y a las bailarinas Luci Moia y Eva Castagno, esta última especializada en bellydancing. El espectáculo también se complementa con Toro Raw en visuales. Entre todos manejan un inventario poco convencional: taikos, sitar, shaili tambour —que Sikorski describe, con precisión aproximada, como “un violín turco”—, semillas y cuencos.

El resultado del conjunto no se describe como un simple recital, sino que Sikorski lo define como “algo más experimental”. Una experiencia para vivir con el cuerpo y con el público como un octavo integrante más que como espectador. En ese concepto recae la columna vertebral del proyecto. “La idea es que nosotros, a través del escenario, podamos ir envolviéndote, cautivándote, al punto de que vos también te animes a sacar esa danza o esa voz que tenés adentro”, explica la directora.
La magia del encuentro
Parte de la magia de sus shows se explica porque, a pesar de ser altamente producidos y ensayados, también dejan lugar para la espontaneidad. La estructura choca con la improvisación, con la energía del público y con lo que el ambiente invita. Por eso, cada fecha es una sorpresa, con sus momentos de baile y sus momentos de meditación, de silencio, de abrazo. La experiencia de Gonga se encuentra atravesada por la búsqueda del equilibrio entre ambos polos. “Es como ir desde un centro, lograr conectar con tu corazón para expandirte, para elevar, para remover esas capas más rígidas que todos tenemos, explorar, jugar y después volver a ese núcleo y mirarnos y recordar que estamos juntos en este viaje”, relata Sikorski, quien describe la propuesta como un juego constante.

En un contexto de creciente individualismo, se encuentra la misión de Gonga. No es solo una cuestión de reunir distintas disciplinas musicales, sino el mensaje que transmite el crear en conjunto y compartirlo con otros. “Necesitamos cultivar más la integración. Integrarnos y compartir”.
La música entonces funciona como una excusa para el encuentro, para la comunidad. “Hay un despertar que está muy en boga de ‘juntos, es juntos’”, explica Sikorski. Por eso, más que definir a Gonga por sus instrumentos o por un género determinado, prefiere pensarlo como un espacio donde distintas personas llegan con lo que son y, durante un rato, pueden hacer algo que solos no podrían hacer de la misma manera.

Próximas fechas
El 6 de septiembre Gonga toca en The Lift, el club escondido detrás de un ascensor en un restaurante de Palermo, donde ya se habían presentado una vez. La segunda vuelta ahí tiene sentido, explica Sikorski, por el formato íntimo del lugar —no más de 250 personas— y por una curaduría de sonido e iluminación que le permite al show desplegarse sin las limitaciones de un escenario convencional. Antes de entrar, reciben a cada persona con sahumerio y le ofrecen una capa, la misma que se van poniendo todos los que llegan. “El objetivo del ritual es demostrar que, en Gonga, somos todos iguales”, remata la directora.
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