
Hay de todos los tipos y para todos los gustos: el del empleado que debe soportar las mudanzas de humor de su jefe, el del profesor que debe aparentar calma salomónica frente a una treintena de adolescentes en proceso de independencia espiritual, el del escritor que febrilmente trata de armar con retazos de estilo una obra que logre el aplauso del público, el del ejecutivo que observa cómo su empresa se desliza por la pendiente por no haber escuchado las voces de la experiencia, el del anestesista en la sala de cirugía que percibe variaciones inesperadas en el pulso de su paciente...
Es innegable que vivimos embrujados por mil y una formas del stress. Pero para una madre que trabaja, todas ellas se resumen en una única y desafiante visión: el cuadrante de su reloj.
¡Claro que pretender comprimir tareas que requerirían 30 horas en sólo 24 puede poner al borde de la hiperinflación cardíaca hasta a un maestro hindú! Pero la posmodernidad urbana lo exige: para que se le permita echarle un vistazo a la felicidad, es necesario que exhiba al mismo tiempo talentos profesionales superlativos, aspecto impecable y entrega a su familia digna de un Edmundo de Amicis. Si no cumple con estas exigencias, la culpa -uno de los caminos que desemboca más directamente en los estragos del stress- se desplomará sobre ella sin piedad. Pero si intenta hacerlo, lo más probable es que las agujas del reloj terminen por llevarla al borde del precipicio nervioso.
Como destaca el doctor Héctor Ciapuscio en Nosotros y la tecnología (Editorial Agora/Emecé, 1999), la aparición del reloj mecánico produjo una verdadera revolución en la sociedad, comparable a la que impulsó la imprenta de tipos móviles, de Gutemberg.
Según Ciapuscio, en la Edad Media los relojes eran apenas máquinas con pesas que anunciaban las horas canónicas y la jornada laboral, pero que estaban limitados a los monasterios. "Pero con el reloj moderno -escribe este profesor del Centro de Estudios Avanzados de la UBA-, el tiempo se hace portátil y regula a los hombres día y noche, nublado o claro, en toda estación. Con una civilización atenta al paso del tiempo, al funcionamiento de las cosas y a la productividad, el reloj se convierte en amo y señor de la vida cotidiana en el planeta."
Por eso, si tuviéramos que dejar a nuestros descendientes una breve compilación de lamentos de la vida cotidiana de este fin de milenio, seguro que incluiríamos el de aquel personaje del griego Plauto, que más de dos siglos antes de Cristo ya protestaba: ¡Que los dioses maldigan al primer hombre que descubrió cómo señalar las horas! ¡Y que maldigan también a aquel que en este lugar erigió un reloj de sol para despedazar mis días en pequeños trozos de modo tan infame!





