
Astor Piazzolla: noche de sinfonía, bandoneones y trompadas
En 1953, el gran músico argentino se presentó en la Facultad de Derecho y recibió una ovación; pero algunos espectadores objetaron el uso de bandoneones y se generó una pelea
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Habían pasado veinte años desde que su padre le regaló su primer bandoneón comprado en una casa de empeños, cuando Astor Piazzolla decidió que era momento de cambiar. Era el año 1949. El músico se lanzó en busca de otros caminos. Quería encontrar un estilo propio.
En esta búsqueda intentó apartarse del tango tradicional. Disolvió su orquesta y dejó de lado el querido bandoneón. Su meta era profundizar en el conocimiento de la música y la composición. Estudió dirección orquestal con Hernán Scherchen y comenzó a escuchar jazz. Fue durante estos años cuando compuso las obras que marcarían su estilo: Para lucirse, Tanguango y Triunfal, entre otros.
En 1951 compuso Buenos Aires (tres movimientos sinfónicos) y, dos años después, en 1953, presentó la obra en el concurso que organizaba el famoso director ruso-americano Fabien Sevitzky. Piazzolla ganó el primer premio del certamen y obtuvo una beca del gobierno francés para estudiar en París con Nadia Boulanger, afamada y legendaria maestra de compositores y amiga del compositor Igor Stravinsky.
La composición se presentó ese mismo año en el auditorio de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires (Figueroa Alcorta y Pueyrredón) y fue interpretada por la Orquesta Sinfónica de Radio del Estado. Dirigió el mismísimo Sevitzky. Pero hubo un detalle. Para ese entonces, Astor se había dado cuenta de que no podía seguir viviendo sin su primer amor y agregó a la orquesta dos bandoneones.

El locutor no anunció la participación de los bandoneones como solistas y, cuando sonaron, el público se levantó con admirada sorpresa. La sinfonía con estampa bien porteña provocó una ovación interminable. Los espectadores aplaudieron enardecidos. Al finalizar la ejecución, los músicos de la orquesta, emocionados, recibieron de pie el prolongado aplauso de la sala. Piazzolla tuvo que subir cinco veces al estrado orquestal y el propio maestro Seviztsky, en un gesto espontáneo y generoso, aplaudió entusiasmado al músico.
Cuando los vivas comenzaron a disminuir, ocurrió lo impensado. Un hombre se levantó y gritó “El que aplaude esto es un bruto”. Hubo un instante de silencio y asombro seguido de una reacción imprevista: un grupo de “entusiastas de los bandeoneones”, que se sintieron alcanzados por aquella manifestación, se lanzaron a los golpes contra el espectador que había expresado su oposición y contra algunos otros que lo secundaban. Rápidamente se dio intervención a la policía que restableció el orden. La sala volvió a ovacionar la presentación de Buenos Aires, olvidándose del incidente.
Astor Piazzolla, afligido por el espectáculo de intolerancia a la innovación de parte de un sector del público, quiso expresar su pesar al maestro Sevitzky por el desagradable episodio. El director, con tono más animado que triste le contestó: “En mis anteriores conciertos nunca ví tantos golpes. Lo mismo le pasó a Ravel con el Bolero y a Stravinsky con La consagración de la primavera. Considérese un músico afortunado”.
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