Autismo: alertan por tests y tratamientos sin evidencia que prometen mejoras a partir de la dieta
Mientras crecen los desafíos del autismo, proliferan prácticas sin demasiada evidencia que generan preocupación
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En paralelo al aumento de los diagnósticos de autismo, comenzaron a multiplicarse en redes sociales propuestas que prometen mejoras a partir de dietas, suplementos y, especialmente, tests epigenéticos realizados con un mechón de pelo. Se presentan como herramientas capaces de detectar desde déficits nutricionales hasta supuestas “intoxicaciones” que afectarían el desarrollo.
Frente a este escenario, un grupo de expertos en autismo lanzó la campaña “Basta” para advertir sobre la difusión de tratamientos sin respaldo científico. Especialistas consultados por LA NACION validaron su postura: sostienen que detrás de estas prácticas hay más promesas que evidencia.

Tanto desde el campo médico como desde organizaciones de familias coinciden en señalar que estos tests no tienen validación científica y que su difusión puede generar falsas expectativas. También advierten que, en un contexto de creciente demanda de respuestas, la forma en que se comunica el diagnóstico y la falta de información clara pueden empujar a muchas familias a buscar soluciones rápidas, incluso cuando no tienen sustento.
“La palabra ‘epigenética’ suena a ciencia de punta, y los padres de chicos con autismo merecen respuestas reales. Pero hay que ser claros: este test no tiene validez científica para lo que promete”, advierte Alejandro Andersson, director del Instituto de Neurología de Buenos Aires. Y agrega: “La epigenética es un campo legítimo y fascinante que estudia cómo el ambiente modifica la expresión de los genes. Lo que hacen estos dispositivos es otra cosa: escanean ‘frecuencias’ de cuatro hebras de cabello y generan informes con supuestas deficiencias nutricionales. Eso no es epigenética molecular, es bioenergética con vocabulario científico prestado”.
“La epigenética tiene un rol científico relevante porque ayuda a estudiar cómo interactúan genes y ambiente en el neurodesarrollo. Pero hoy ese conocimiento es, sobre todo, de investigación y no permite ofrecer intervenciones clínicas de “edición” epigenética ni pruebas comerciales validadas que anticipen o expliquen por sí solas la evolución de un niño con TEA", describe el genetista Gabriel Ercoli.
El especialista es categórico: “No existe ningún estudio publicado en una revista con revisión por pares que valide esta tecnología como herramienta diagnóstica. El propio fabricante aclara que el sistema no es médico. Ellos mismos lo reconocen”. En ese sentido, advierte sobre el riesgo de que estas prácticas desplacen intervenciones con evidencia: “El daño es que familias que ya están bajo una presión enorme gastan dinero en algo que no tiene respaldo y, en algunos casos, postergan terapias que sí lo tienen”.
“Todavía no hay evidencia sólida que permita afirmar que una dieta, suplementos o intervenciones sobre la microbiota mejoren de forma consistente los síntomas centrales del autismo. Los estudios disponibles son pequeños, heterogéneos y de baja certeza. Puede haber algunas señales, pero no hay resultados concluyentes”, explica Fabio Nachman, jefe del servicio de Gastroenterología de la Fundación Favaloro.
El fenómeno se da en un contexto de creciente preocupación social. Un informe presentado recientemente por siete ONG en la Facultad de Derecho de la UBA señaló que la prevalencia del autismo aumentó de un caso cada 150 niños en el año 2000 a uno cada 31 en la actualidad, lo que representa una suba del 400% en pocas décadas. Esa demanda de respuestas abre un terreno fértil para la proliferación de soluciones rápidas.

En ese punto, Paulo Morales, presidente de la asociación civil TEA ACTIVA, aporta otra dimensión al problema. Según plantea, el modo en que muchas veces se comunica el diagnóstico puede empujar a las familias hacia estas alternativas. “Una visión que tenemos muchas familias es que el sistema médico se enfoca más en el diagnóstico que en la persona, casi como una profecía. Eso genera dolor y confusión, y termina llevando a buscar soluciones mágicas”, señala.
Morales lo describe con crudeza: “Si desde el origen te dicen que no hay salida, es lógico que aparezca la necesidad de buscar magia o milagros”. En ese marco, advierte que el crecimiento del autismo también puede ser aprovechado por ciertos sectores: “Esto es una derivación de intereses propios de una industria”.
Sin embargo, para él el problema de fondo es más profundo. “El autismo no necesita un gran cambio ni soluciones mágicas. Necesita una infinidad de pequeños cambios. Y ese cambio somos nosotros mismos”, afirma. En ese sentido, insiste en la importancia de instalar el tema en la agenda pública para mejorar la información disponible: “Lo que necesitamos es que la sociedad esté más y mejor informada”.
Mientras tanto, en redes sociales continúan circulando cuentas de laboratorios con cientos de miles de seguidores que promocionan estos tests para niños con TEA y TDAH, incluso con recepción de muestras desde distintos países. En sus publicaciones, sostienen que la epigenética permite identificar factores que bloquean el desarrollo y orientar tratamientos personalizados, combinando lenguaje científico con promesas de alto impacto emocional.

A partir de esos supuestos diagnósticos, se ofrecen intervenciones que incluyen restricciones alimentarias, suplementación, homeopatía y protocolos de desintoxicación. La lógica es detectar qué “afecta” al niño y, en base a eso, diseñar un tratamiento a medida. Sin embargo, desde el ámbito científico advierten que no existe ninguna base biológica ni validación clínica que respalde diagnósticos de ese tipo a partir de cabello.
Andersson introduce, de todos modos, un punto clave para no perder de vista: “Hay algo real y clínicamente importante: más de la mitad de los niños con autismo tienen dificultades alimentarias genuinas, con riesgo de déficit de zinc, hierro, vitaminas y otros micronutrientes. La nutrición en el TEA importa, y merece atención especializada”. Pero vuelve a marcar el límite: “El problema no es hablar de alimentación. El problema es vender un test sin evidencia para guiarla o tomar decisiones sin ver al paciente de manera integral”.
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