Cómo resurgió Bariloche tras el drama de las cenizas

Ocho meses después de la erupción del Puyehue, la ciudad turística busca volver a la normalidad; historia en primera persona
Vanesa Vicente
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9 de febrero de 2012  • 13:53

El día que todos nos enteramos de lo que podía hacer un volcán a pesar de la distancia, comprendí que somos realmente pequeños, que la distancia es un concepto totalmente racional / humano fuera de la realidad universal, que la velocidad es relativa por ejemplo al extremo de lograr que una simple nube negra lejana, traiga la noche en pleno día en el tiempo que un auto recorre 10km.

Entonces... el día y la noche, la seguridad y el pánico instintivo, la rapidez con que una tarde hermosa de otoño se convierte en algo parecido al apocalipsis. Todo se me mezcló y sólo llegué a cerrar las ventanas y proteger a mis hijos. Frente al miedo intenso, lo que vino después fue, digamos, tolerable. La incertidumbre es realmente lo peor para nuestra mente mal acostumbrada a poder preverlo todo. La sacamos barata. El volcán está a 130km en diagonal noroeste, cruzando la cordillera, pero el pánico parecía estar a unos milímetros nada más.

Llovió arena

En menos de media hora todo a nuestro alrededor era del mismo color, y el negro espeso que nos rodeaba fue un nuevo tono en la paleta de cualquier pintor de la zona andina. Cuando parecía que lo peor había pasado, llegaron los truenos y relámpagos, a muy baja altura, muy visibles, algo tan inusual en medio de las montañas patagónicas, que en mis 10 años de habitar la zona nunca los había visto ni escuchado. Mis tres perros parecían no respirar. Inmóviles. Mis hijos tenían los ojos tan abiertos que prefería no mirarlos. Y mi esposo estaba manejando de regreso a casa. Cuando logró volver, nos abrazamos casi sin poder cruzar palabra.

Para ese momento los celulares ya andaban mal, en toda la ciudad la luz iba y venía. Y nosotros estábamos aferrados al Facebook de la Red Solidaria Bariloche, espacio que administramos. Ese facebook se había convertido ya en el escenario de muchas noticias, casi todas buenas, mucha gente se prendía de la buena energía solidaria para atravesar la realidad. Y ese día, todos estábamos -en los ratos que cada uno tenía luz e internet- conectados, ayudándonos, informando.

Pasó el tiempo, la comunidad se activó. Limpiamos la arena cada uno en su casa, y entre todos en el casco urbano. Hubo dos grandes jornadas de limpieza, con una participación de 10.000 vecinos, sin banderas, auto-convocados, cada uno con sus herramientas. Fui la cara visible de esa convocatoria, pero justamente por eso sé que fuimos TODOS a la vez los que decidimos salir a limpiar. Me tocó "mostrar la cara" porque soy una de las referentes de Red Solidaria en la localidad, y no hay dudas de nuestra neutralidad. Ante el inminente caos social que una catástrofe genera, líderes interesados o políticos en campaña sólo empeoran la cosa, la comunidad entera sabe que cuando la Red sale con una convocatoria de este estilo es porque no hay intereses ocultos. Fue de todos. Todos poniendo todo. Dando aliento. Trayendo comida y agua para quienes no tenían. Sumando manos donde faltaban. Abrazando luego y antes de ser abrazados.

Mis hijos tenían los ojos tan abiertos que prefería no mirarlos. Y mi esposo estaba manejando de regreso a casa. Cuando logró volver, nos abrazamos casi sin poder cruzar palabra

Después de la urgencia, después de la distribución de chapas a más de 200 casas, las toneladas de comida distribuida, los 280 colchones, el agua, los barbijos, etc... vino la crisis económica. Decenas y decenas de hoteles grandes, comercios importantes, cerraron dejando mucha gente sin trabajo. Y la cadena de crisis laboral se extiende más lejos cada semana que pasa. Porque en toda ciudad turística hay trabajos de temporada, gente cobrando por hora, personal de oficio o mantenimiento que salva los meses de baja con el trabajo constante de la temporada. Mucamas, artesanos sin puestos, mozos, choferes, jardineros, niñeras, plomeros. Así, miles de hogares empezaron a quedarse con las alacenas vacías. Esos hogares donde no importa el salvataje de los subsidios, ni los arreglos salariales, donde no llega la influencia de los gremios, ni siquiera la ayuda del vecino, porque en varias cuadras a la redonda todos están en la misma situación. Llega con suerte la ayuda de las instituciones solidarias, que honestamente venían en rotunda caída en esta comunidad como en tantas, pero esta emergencia las elevó. No en recursos ni en estructura, pero las elevó de categoría. Las instituciones renacieron como eje de la sociedad. Donde no había esperanzas, aparece un grupo de vecinos que comienza a organizarse, y eso... es una futura institución social.

El ejercicio social no debe relajarse. No debemos dejar que los sistemas, las garantías, los seguros, las promesas, nos metan en un círculo vicioso de falsa sensación de seguridad, porque después el encontronazo con la realidad es más brusco. Y a mi entender innecesario. Debemos enfrentar cada día con la realidad que nos rodea y con los recursos que podemos y sabemos manejar. No con ilusiones. Debemos reforzar la voluntad de los vecinos que se reúnen para mejorar situaciones. Debemos alentar a que los chicos participen y tengan ideas nuevas en cada cuadra. Debemos ejercitar el diálogo más allá de la pantalla de la PC o los celulares. Porque después, cuando tenemos que dialogar con urgencia, parece que habláramos idiomas diferentes.

Por suerte la solidaridad habla con el idioma del corazón, y ese idioma aún cuenta con palabras de fácil comprensión.

La zona afectada

A pesar de todas las actividades, campañas, donaciones y ayudas que la zona reciba, lo que realmente va a sacar a tanta gente adelante es el TRABAJO. La comunidad toda no quiere ser una erogación constante para ningún Estado (municipal, provincial o nacional). Esta comunidad patagónica, orgullosa, fuerte y laburante quiere salir adelante con TRABAJO. Somos una zona por excelencia turística. No cabe duda de que en cada comunidad debemos buscar diversidad laboral, pero eso sería factible con suerte al mediano y largo plazo.

Hoy, si el turismo se reactiva, las cosas se van acomodando. La gente común sabe disponer de los primeros pesos que ingresen para comenzar a organizarse. Sabemos ya por costumbre que debemos ahorrar para llegar a la próxima temporada, así como la gente de campo sabe sobrevivir de una mala cosecha para llegar a la siguiente, por más difícil que sea, estas zonas turísticas pueden soportar bajas temporadas y respirar profundo hasta que venga la nieve.

El verde le gana a todo, porque la vida siempre encuentra su camino
Lo que no se soporta son las malas noticias, las malas intenciones o las malas decisiones. La sensación de abandono. O la politiquería. Las fotos erróneas en los diarios y en la televisión, discursos que meten miedo con tal de aumentar el rating, la competencia desleal ente zonas turísticas, el aprovechamiento en los precios o las imágenes que muestran una Patagonia devastada, con fotos dramáticas de hace siete meses cuando ahora es evidente que la ceniza ha fertilizado la tierra y las flores EXPLOTAN por todas partes. No todas son fotos grises, las rutas están bien, la gente está sana, los días despejados y cristalinos de nuestra hermosa Patagonia siguen presentes y sólo se ensombrecen un poco cando el viento nos recuerda que el volcán aún no paró de tirar ceniza.

¡El aeropuerto de Bariloche ya funciona!

Obviamente cuando la ceniza en suspensión es mucha, los aviones se desvían y los turistas que vienen por ruta llegan de lo más bien, pudiendo apreciar las zonas donde el volcán más ceniza dejó. La ruta entre Piedra del Águila y Confluencia tiene mucha presencia de ceniza y arena. Se hay mucho viento se ven los remolinos que se levantan de la tierra, así como también se ve el agua turquesa del Rio Limay. La arena limpió todas las aguas, arrastrando al fondo la suciedad. Drenaje natural le dicen. El verde le gana a todo, porque la vida siempre encuentra su camino.

Cuando se gira, ya bien al Sur, por la ruta 40, el paisaje se limpia, hay mucha menos ceniza en la estepa y ya llegando a Bariloche la mayoría de los días uno piensa que la ceniza y el volcán fueron un invento. Salvo, claro, que justo ese día el viento haga de las suyas y nos tenga a todos envueltos en la famosa "pluma". Nosotros, escobillón en mano, le hacemos frente. Tratamos de sumar, pero granitos de arena, sino TONELADAS de buena onda. Y esperamos una sola cosa: ¡trabajar! No vivimos de ilusiones. La naturaleza nos enseña cada día lo pequeños que somos y también nos pone a la mano eventos como la explosión de un volcán, la caída de la nieve, las estrellas más brillantes, los arco iris gigantes que cruzan montañas, los fogones de guitarra, asado y amigos y la brisa fresca del verano que se le atreve al sol para darnos un verano de temperaturas perfectas. Todo es digno de verse en esta Patagonia y quienes vengan ahora además, estarán ayudando a más 40.000 familias a recuperarse.

(*)La autora es vecina de San Carlos de Bariloche y activa voluntaria de RED SOLIDARIA BARILOCHE

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