Cómo vivía el mundo en el año 999
Europa era un sitio pobre, retrasado y en su mayor parte rural (Nota I de II)
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PARIS.- Si usted hubiera vivido en Europa en el año 999 -en vísperas del último milenio-, habría habitado un mundo apenas reconocible hoy.
Las grandes culturas refinadas y los populosos centros urbanos estaban en otra parte: en China, que se enorgullecía de ser la mayor ciudad del mundo, la capital imperial de Kaifeng; el Imperio Bizantino y la vasta extensión del Islam, la más ampliamente diseminada civilización de la Tierra en ese tiempo.
Desde la caída del Imperio Romano, cinco siglos antes, cuando comenzaba la Edad Media (395-1453), Europa se había convertido en un sitio relativamente pobre, retrasado y en su mayor parte rural. Aunque tal vez había unos 70 millones de personas de Escandinavia a Grecia -mucho menos que en la Alemania actual solamente-, más del 90 por ciento de ellas vivía en el campo, y una ciudad realmente grande tenía 10.000 o 20.000 habitantes.
Gran parte de la población europea estaba agrupada en la zona que va desde lo que hoy son los Países Bajos, bajando hacia Francia e Italia, y la mayoría vivía cerca de la costa. Desaparecidas las legiones romanas, que utilizaban el trabajo esclavo y eran las encargadas de mantener los caminos, las ciudades y fortificaciones, viajar se había vuelto muy difícil. Los mapas eran casi desconocidos y rutas estaban en ruinas.
Algunos señores feudales mantenían los caminos que atravesaban sus tierras, cobrando un derecho por su uso. Pero había tan pocos viajeros que no resultaba rentable.
Un monje francés de la época, durante lo que anteriormente hubiera sido un plácido y corto viaje de Reims a Chartres, se perdió en varias ocasiones. "El caballo que llevaba su equipaje no pudo soportar las durezas de la jornada y pronto se desplomó", escribe el historiador Hans-Werner Goetz. "En la oscuridad, el monje casi no se atrevía a poner pie en el puente sobre el río Marne que llevaba a Meaux, a causa de sus muchos agujeros. Y el temor a los asaltantes lo acompañaba constantemente." Después de tres días el monje llegó a destino, agradeciendo su suerte.
La mayoría de la gente jamás abandonaba su hogar o tenía alguna razón para hacerlo. Salvo, por supuesto, los crónicamente hambrientos vikingos que durante tres siglos saquearon el norte de Europa y que llegarían a lo que hoy es Canadá en el año 1000.
Las naciones europeas que conocemos hoy no existían entonces, y la región era un laberinto político de monarquías y Estados feudales apenas unidos por la influencia del cristianismo organizado. En efecto, prácticamente toda persona educada en Europa era clérigo o monje. Algunos monarcas poderosos, entre los que se destacaba Oto el Grande (912-973), rey de Alemania y emperador de lo que todavía era llamado Imperio Romano, estaban apenas alfabetizados, si es que sabían leer.
Expectativas de vida
Por supuesto, las cosas mejorarían rápidamente. La población estaba al borde de una espectacular expansión que duraría hasta la epidemia de peste negra en el siglo XIV. Pero para la mayoría de los europeos en el año 999, y durante muchas décadas todavía, dice William McCarthy, de la Universidad Católica de los Estados Unidos en Washington, "la vida era, para nuestras pautas, casi inimaginablemente miserable, sucia, insalubre y corta -incluso para quienes ocupaban el pináculo de la sociedad".
A fines del siglo X, la expectativa de vida era en promedio de 30 años y la tasa de mortalidad infantil alcanzaba al 40 por ciento. Un varón que sobreviviera a la adolescencia podría vivir hasta la madura edad de 47 años aproximadamente; las mujeres solían morir alrededor de los 44.
Este modelo estaba de acuerdo con la afirmación de Aristóteles de que los hombres, por ser la más perfecta representación de los seres humanos, debían naturalmente vivir más. Las cosas empezaron a cambiar hacia fines de la Edad Media, y para la época del Renacimiento las mujeres sobrevivían a los hombres, como lo hacen hoy. De todos modos, la vida era pasmosamente corta para nuestro modo de ver. En el 999, la edad promedio a la que morían los reyes era bastante inferior a 50. La mayoría de los chicos no conocería a sus abuelos.
Además, serían -centímetros más, centímetros menos- casi tan altos como los europeos de hoy. Muchos historiadores creen hoy que la estatura promedio de los europeos sólo disminuyó con la mayor densidad urbana y el empobrecimiento de la dieta a fines del Medievo, que se prolongó a lo largo de la Revolución Industrial.
Símbolos de status
En el año 999, la sociedad estaba dividida en tres grandes grupos: el clero y sus órdenes menores, la nobleza feudal y los campesinos, o como lo dijo un obispo, "los que rezan, los que combaten y los que trabajan".
Una abrumadora mayoría de europeos eran campesinos que vivían en aldeas de 75 a 250 personas. La clase de los comerciantes y artesanos que eventualmente serían los residentes de las ciudades -la burguesía- sólo entonces empezaba a formarse. Se podía ser ya sea agricultor libre, y trabajar los campos de un noble, o siervo atado al señor feudal local, probablemente un caballero o aristócrata de nivel medio.
De una u otra forma, se vivía en un grupo de chozas en los campos del castillo señorial. La aldea podía tener su propia iglesia, que era mantenida por el monasterio por medio de diezmos, o el señor feudal contaba con su propia iglesia privada, cuyo sacerdote era pagado por él.
La esclavitud había cambiado y en muchos lugares los siervos adquirieron diversos derechos de propiedad ya en el siglo VIII. Pero la institución siguió siendo parte esencial de la sociedad y en modo alguno desapareció con la caída del Imperio Romano.
Los pueblos germánicos que destruyeron al Imperio Romano eran ávidos comerciantes y propietarios de esclavos. Nuestra palabra "esclavo" deriva de la costumbre de convertir en sirvientes a los cautivos eslavos. De manera que un segmento de la población era "propiedad" de los señores feudales o de los monasterios. Además, un campesino libre que quebrara podía esclavizarse voluntariamente, junto con su familia, pasando a depender del señor feudal y asegurándose así la supervivencia.
Libres o no, los trabajadores tenían que producir al menos un pequeño excedente de comida para el señor feudal y su corte, que no trabajaban. A cambio del permiso para cultivar unas pocas hectáreas, a los campesinos libres se les exigía cumplir servicios específicos que sumaban hasta 100 días de trabajo por año y donar un porcentaje de su producción.
El examen de esqueletos medievales muestra que las mujeres tenían un promedio de 4,2 hijos, tres de los cuales aproximadamente superarían la primera infancia, y que los hogares eran en ocasiones ocupados por todos los miembros con relación sanguínea de una familia.
Excepto de un modo general, nadie sabía qué hora era. Las campanas de las iglesias proporcionaban la única guía, pero inexacta porque los relojes mecánicos no llegarían hasta 300 años más tarde. La vida monástica, sin embargo, exigía el estricto cumplimiento de un horario. Monasterios e iglesias contaban el tiempo con velas que se quemaban a un ritmo conocido, así como con relojes de sol y de agua cuando el tiempo lo permitía. Las campanas de la iglesia eran probablemente el único sonido artificial que la mayoría de la gente escuchaba.
Comida, gloriosa comida
La dieta, no siempre suficiente, contenía poca carne: ésta se reservaba para ocasiones especiales.
En algunos aspectos sería parecida a lo que los expertos en salud recomiendan hoy: granos y verduras altos en fibra y bajos en grasas. Por otra parte, probablemente sería baja en proteínas y grasas y deficiente en vitaminas A, C y D, de acuerdo con los historiadores Francis y Joseph Gies.
El principal cultivo eran los granos -usados para hacer el pan y la cerveza-, entre ellos el trigo, la cebada, la avena y el centeno.
Entre los vegetales más comunes y según los sitios, estaban el zapallo, la remolacha, el repollo, los zapallitos y el apio. Fresas, frutas, nueces y quesos redondeaban el menú. El azúcar no existió en Europa hasta mucho más tarde, y la única manera de endulzar un plato era con miel.
La carne -principalmente cerdo y aves para las clases bajas- a menudo no era fresca. Sería muy costoso alimentar a los animales en invierno, de manera que mayormente se los sacrificaba en el otoño y su carne era curada lo mejor posible.
Los platos eran de madera y, raramente, de cerámica. Incluso en el castillo del noble, el único cubierto era el cuchillo, y cada uno usaba su propia cuchara de madera. El tenedor, una refinada innovación de la sociedad bizantina, no se abriría camino ni siquiera en los círculos más educados hasta cien años más tarde. Las tazas eran generalmente de madera.
La cerveza amarga era la bebida universal y la preferida en las muchas zonas donde el agua resultaba peligrosa. Comparativamente, el vino era difícil de hacer aunque cada día más popular y a menudo aprobado por las más rigurosas órdenes monásticas. "Creemos que una pinta de vino por día es suficiente" para cada monje, escribió San Benito.
Votos matrimoniales
En la mayor parte de Europa, los jóvenes eran legalmente adultos a los 12 años. El matrimonio, muy extendido incluso entre los siervos, se autorizaba a los 14 años para los varones y a los 12 para las chicas, pero solía concretarse entre los 20 y 24 años entre los hombres y los 14 y 16 entre las mujeres.
Una dieta restringida o pobre en grasas demoraba la primera menstruación, que probablemente se producía alrededor de los 15 años entre las jóvenes campesinas en muchas culturas del siglo X. De manera que no sorprende que la edad promedio para casarse fuera bastante superior al mínimo eclesiástico oficial.
La ceremonia matrimonial, aunque generalmente bendecida por un sacerdote, era local y secular. La Iglesia no tuvo ritos matrimoniales formales hasta el siglo XII.
Tampoco era complicado divorciarse en el 999. Uno podía amar a su cónyuge, pero el amor probablemente no tenía el mismo sentido que en la actualidad. El amor "romántico", con su énfasis en el hechizo y la devoción, no llegaría ni siquiera entre los nobles hasta el siglo XII.
En el 999, las mismas palabras usadas para referirse al amor al esposo se aplicaban para describir el amor a Dios o la caridad hacia el prójimo. Los matrimonios arreglados, en un tiempo práctica común para distribuir la propiedad y lograr alianzas familiares, eran cada vez menos frecuentes en el siglo X.
Se exigía fidelidad y las reglas eran particularmente duras para las mujeres. De acuerdo con Gregorio de Tours, un celebrado historiador, si se descubría que una mujer mantenía relaciones sexuales con un sacerdote, ella era quemada viva por su familia. Al sacerdote se lo obligaba a pagar una multa. No es que no hubiera demanda de mujeres. Varios estudios sobre diferentes partes de Europa en ese tiempo demuestran que por cada 110 a 125 hombres había 100 mujeres.
Algunos historiadores han sostenido que la diferencia reflejaría -al menos en parte- la primitiva costumbre en algunas culturas de matar a los hijos no deseados, en particular las chicas. Pero es más probable que indicara cuántas recién nacidas eran dejadas a las puertas de las abadías o puestas al servicio de los señores feudales en la infancia. Cualquiera fuera la causa, las mujeres, relativamente escasas, eran muy valoradas.
En muchos lugares, la recompensa que debía pagarse a los herederos cuando se mataba a alguien era tan alta para las mujeres como para los hombres, si no más -observa el historiador David Herlihy-. Además, los novios del siglo X solían pagar una sustanciosa dote. Esto era un vuelco completo respecto del modelo tradicional, en el cual la dote era ofrecida por la familia de la novia. Pero era posible obtener un reembolso.
En la mayoría de las culturas, se esperaba que la mujer llegara virgen al matrimonio. En la Inglaterra del 999, el novio podía recuperar el tradicional "regalo del alba" ofrecido a la novia después de la noche de bodas si la situación resultaba insatisfactoria.
Trabajo manual
El trabajo era incesante y duro, y la cosecha por hectárea sólo alcanzaba a un décimo aproximadamente del promedio actual.
Según una estimación, una familia campesina producía unos 550 kilos de granos por año. De ellos, alrededor de un tercio se guardaba para semilla, un 15 % era enviado al señor feudal y un 10 % pagado como diezmo a la Iglesia. El resto era suficiente para unos 550 gramos diarios de pan, durante todo un año, para cada miembro de una familia de cinco personas.
En el hogar, la mujer era por lo común responsable de todas las tareas domésticas, entre ellas criar al ganado, esquilar a las ovejas, hilar la lana para hacer telas y confeccionar la ropa. Independientemente del sexo de cada uno, había tanto que hacer que los clérigos debían repetir constantemente la prohibición de Carlomagno, el casi mítico emperador del siglo VIII, contra el trabajo dominical.
Los hábitos en la higiene personal
PARIS.- La diferencia más visible entre las clases sociales estaba en la ropa, práctica que se formalizaría en el siglo XII con códigos de vestimenta para los diferentes grupos.
"A los campesinos no se les permite usar otros colores que el negro y el gris", rezaba un edicto germano alrededor del año 1150, y "siete yardas de lienzo para camisas y pantalones son adecuadas." En el 999, el campesino usaba comúnmente una túnica o bata hasta la rodilla con una camisa debajo y trapos enrollados en las piernas en lugar de pantalones.
Las clases más altas usaban pantalones, pero los calzoncillos fueron extremadamente raros en todos los niveles sociales hasta el siglo XIII. Los zapatos se hacían con un único pedazo de cuero cosido en la parte superior. Salvo en ocasiones especiales, los nobles usaban una variación más costosa y colorida.
Se desconocen las pautas de limpieza personal para la gente común.
Los caballeros y otros aristócratas tenían peines y elementos tan exquisitos como palillos para la cera de los oídos. Para los más escrupulosos, lavarse habría sido una práctica bastante común. Se dice que los daneses se bañaban una vez por semana, pero la mayoría de los europeos indudablemente lo hacía con mucha menor frecuencia.
Por razones ascéticas, muchos monasterios limitaban los baños a cinco veces por año -y algunos a Navidad y Pentecostés solamente-. De modo que la frecuencia entre los laicos tal vez fuera algo mayor.
Cuando los baños públicos se popularizaron en el siglo XII, tuvieron gran éxito. Esto originó prohibiciones de la Iglesia y los gobiernos a comienzos del siglo XIV, que buscaban poner fin a la excitante práctica de los baños comunes para ambos sexos.
"Así desapareció la higiene de la sociedad occidental", escribió la historiadora Jean Gimpel, con algo de ironía, "y no volvió a presentarse en medio milenio."




