Con tensión extrema, los venezolanos que viven en Buenos Aires pasaron su peor fin de semana

Francisco Perez (der.) y Jesus Lomote (izq.) siguen con atención las noticias que llegan de Venezuela. La familia de Francisco vive cerca de la frontera con Colombia, escenario de recientes incidentes
Francisco Perez (der.) y Jesus Lomote (izq.) siguen con atención las noticias que llegan de Venezuela. La familia de Francisco vive cerca de la frontera con Colombia, escenario de recientes incidentes Crédito: Rodrigo Néspolo
María Ayzaguer
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25 de febrero de 2019  • 17:33

"Con muchísima tensión emocional" describe Eduardo Ruiz, un caraqueño de 34 años, cuando se le pregunta cómo vivió los últimos días las noticias provenientes de su Venezuela natal. Hace más de dos años que reside en Buenos Aires y está acostumbrado a mantener un diálogo fluido con los familiares que quedaron en su país. Pero su fin de semana fue particularmente angustiante. "El viernes, sábado y domingo estuvimos en una tensión como de novela, pegados a los celulares, portales de noticias y redes sociales. Las comunicaciones se perdieron, uno mandaba mensajes y no llegaban, las líneas estaban saturadas porque todos querían hablar. No nos movimos de casa para no perdernos nada", cuenta.

Su chat familiar fue sumando códigos postales en el último tiempo: Australia, Miami, Malta, Buenos Aires. "Estamos regados por el mundo y todos los santos días nos mandamos un mensajito para saber que estamos bien". Ruiz es músico y dirige un grupo de cantantes, percusionistas y bailarines llamado AfroRumba; son 16, todos venezolanos. También trabaja como camillero en una clínica de Villa Urquiza.

El chat de familiar de Eduardo ebulle cada día. El fin de semana no pudo salir de su casa, atento a toda noticia que proviniera de Venezuela
El chat de familiar de Eduardo ebulle cada día. El fin de semana no pudo salir de su casa, atento a toda noticia que proviniera de Venezuela Fuente: LA NACION - Crédito: Ignacio Sánchez

Su principal obsesión, como la de muchos otros compatriotas, es juntar dinero para traer familiares a vivir a este país. Junto a su esposa ya logró ayudar a que vengan unos nueve. "No te imaginas la felicidad que genera. Es como si lo sacaras de la cárcel, traerlos a Buenos Aires y que puedan comer algo que no probaban hace años. Un tío de mi esposa que llegó hace un tiempo tenía 6 meses sin comer fideos, fijate qué tontería. Fue lo primero que comió cuando llegó. Mi esposa hacía tres años que no probaba una manzana verde. En cuanto aterrizó en Buenos Aires lo primero que quiso hacer fue ir a una verdulería. Comió una manzana y se puso a llorar como si fuera un manjar exquisito. Imaginate".

En la pensión donde vive Francisco Pérez, en el barrio de Constitución, el temor a las malas noticias se siente en el aire. "Siempre están los nervios, es una residencia donde todos somos venezolanos. Ha pasado ya, a una vecina se le murió su mama porque no consiguió una pastilla. Muchos otros familiares sufren infartos o ACVs por el estrés. Es un temor que uno tiene todos los días, pensar que si se enferma tu mamá no vas a poder acompañarla, ayudarla o despedirte. El estrés con el que vivimos es muy difícil", cuenta.

Francisco tiene 28 años, trabaja en marketing y llegó después de viajar nueve días en colectivo desde su San Cristobal natal. "Vendí absolutamente todas mis cosas y no me alcanzó para volar, me tuve que venir por tierra en autobús. Y por suerte aún tenía pasaporte, hoy se venden a cinco mil dólares en el mercado negro". Sus papás quedaron en San Cristóbal, que queda a menos de 60 kilómetros de la frontera con Colombia, país con el que Nicolás Maduro rompió relaciones . Como la mayoría de los casos, quienes migran son los jóvenes.

Francisco Perez tiene 28 años y vive en una pensión en la que todos son venezolanos. "El estrés con el que vivimos es muy difícil"
Francisco Perez tiene 28 años y vive en una pensión en la que todos son venezolanos. "El estrés con el que vivimos es muy difícil" Crédito: Rodrigo Néspolo

Ángela Torres trabaja 17 horas por día como manicura a domicilio para poder enviar plata a Venezuela. Es licenciada en RRHH y llegó sola hace dos años: en Caracas quedaron su mamá, su tía y sus tres hijos. Cada quince días intenta enviarles unos cuatro mil pesos. Hasta que puedan llegar a Buenos Aires, agradece la tecnología que le permite mantenerse conectada con ellos. "Todos los días del mundo, gracias a Dios, puedo hacerles una videollamada y saber de sus vidas", relata.

Los pequeños tienen 12, 7 y 5 años y se espera que puedan llegar en unos meses. "Es mi mayor sueño", cuenta. Ángela suele estar permanentemente conectada y este fin de semana la movilizó especialmente: "Estuve llorando todos estos días. Ver que se quema la ayuda humanitaria cuando no hay gasas en los hospitales es completamente horrible, da mucha impotencia". Para resistir la tristeza, se junta con sus amigos "paisanos". "Nos reunimos en casas, nos pasamos contactos, o tomamos una cerveza por Palermo o Plaza Serrano. Hablamos, compartimos y nos consolamos", cuenta.

La foto de perfil de Rossana Salcedo cuenta en una imagen la sensación de corazón partido que describen muchos venezolanos: ella sonríe en el Puente de la Mujer, en Puerto Madero, pero también cubre toda la foto un filtro amarillo, azul y rojo que dice Im with you Venezuela. Ella vive en La Matanza y coordina un grupo de whatsapp para embarazadas llamado "Mamis en Espera venezolanas", que organizó tras conocer muchas mujeres en situación de total vulnerabilidad.

Crédito: Ignacio Sánchez

"La mayoría se vienen solas y embarazas, arriesgando todo porque allá no consiguen medicamentos. Llegan acá con lo puesto y tal vez les toca trabajar todo el día paradas como vendedoras para poder pagar el alquiler". Con lo poco que puede, porque está sin trabajo, Rossana les consigue ropa para bebés y las contiene. Salvo por su esposo y su hijo, que viajaron con ella, toda su familia quedó en Caracas.

"Estoy completamente angustiada por todo lo que está sucediendo. Ellos viven a unas pocas cuadras de Miraflores, donde está el presidente y me preocupa muchísimo lo que pueda suceder. Yo les digo, porque no se enteran por los medios de allá, que traten de tener agua potable y de salir poco", cuenta. Su principal miedo: que salgan los colectivos a la calle a disparar a mansalva.

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