Curiosa similitud entre dos desapariciones
El parecido entre los casos de los niños Fernández y Aragunde dio pistas sobre la venta de chicos en Tucumán
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SAN MIGUEL DE TUCUMAN.- Tres chicos fueron a comprar un helado en un balneario donde unas 2000 personas recibían un nuevo año. Era el primer día de enero de 1996. A orillas del río Salí, en el paraje El Timbó, trataban de mitigar el irritante calor del verano tucumano. El menor de los chicos se perdió. No pudieron encontrarlo pese a los esfuerzos desesperados. Hasta hoy no volvió a aparecer.
La historia de Duilio Fernández, de tres años al momento de su desaparición, conmovió a la provincia.
Cada padre y cada madre que llevó aquel día a sus chicos al balneario se puso en la piel de los Fernández. Y temió por sus hijos.
Duilio acompañó, de la mano, a su hermano Germán, de 9, que por entonces tenía 7, a buscar al heladero. El dinero no le alcanzó y el mayor volvió a pedirles lo que faltaba a los padres, que estaban a unos 40 metros de la escena.
Germán regresó cinco minutos después al sitio donde habían quedado Duilio y el heladero, pero ninguno de los dos estaba. Fue presa de la desesperación.
Quizá la misma desesperación con la que la gente comenzó a abandonar El Timbó cuando aquella tarde un vendaval sacudió la playita.
Duró apenas quince minutos, lo suficiente como para que cualquier aventurero sacara al chiquito de la zona sin que nadie lo advirtiera.
Un grupo de amigos del padre y otras personas de buena voluntad capearon la tormenta de verano y buscaron durante toda la noche al nene. No lo encontraron.
No apto para improvisados
Los que conocen el lugar dicen que de esa playa se puede salir por el camino que bordea el puente de El Timbó o por el monte. Para salir por el monte hay que conocer la zona como la palma de la mano, ya que un paso en falso puede provocar la pérdida del rumbo.
Las afirmaciones fueron corroboradas por este enviado, que debió recurrir al oficio de un baqueano para recorrer el monte tucumano, tristemente célebre en los años setenta.
La historia de Duilio comenzó a tomar ribetes macabros 108 días después de la desaparición del chico. Fue cuando, un kilómetro río arriba del sitio donde se lo vio por última vez con vida, en pleno monte -donde la vegetación es tan exuberante y apretada que ni siquiera hay senderos- aparecieron restos humanos.
Al lado de un conjunto desordenado de huesos semienterrados estaban la salida de baño y el pantaloncito que Duilio vestía el fatídico 1º de enero de 1996.
Aunque descoloridas, ambas prendas fueron reconocidas por los padres como las que llevaba el niño aquella tarde.
Un falso final
La historia parecía haber llegado a su fin. Salvo por un detalle que obliga a sospechar de una mano negra detrás del rapto: un estudio de ADN determinó que los restos no correspondían al chiquito perdido.
La madre, Clara Peralta de Fernández, de 29 años, fue tajante: "Este no es Duilio", dijo aquella vez. Y, entre esperanzada y segura por ese sentido extra que suelen tener las madres, agregó: "Mi hijo está vivo".
Los investigadores ingresaron en un cono de confusión. La firmeza de la madre y la ratificación científica posterior los dejó con las manos vacías. Se reavivó, así, la sospecha de que se había pretendido detener la investigación.
El fiscal que está a cargo de la causa (en la justicia tucumana la instrucción y la investigación corren por cuenta de los fiscales) confesó, en diálogo con La Nación , estar perplejo y desorientado, a pesar de que los que lo conocen dicen que "mueve" la causa sin detenerse.
"Tenía dos hipótesis. La primera, de un típico secuestro, abuso deshonesto y posterior muerte. La aparición del cuerpo con la ropa pareció resolver el caso", dijo.
"La segunda es más compleja. Una organización que se dedica al robo de chicos para traficarlos. En ese punto estamos trabados", admitió Daniel Marranzino (40), fiscal de instrucción de la V Nominación.
Sin embargo, el hombre a cargo de la investigación pidió nuevos estudios técnicos para tratar de reducir a cero el error.
"La Universidad Nacional de Tucumán está realizando el análisis de las piezas dentarias y también el de la tierra hallada en el interior del cráneo. Además, pedimos un nuevo análisis de ADN a una entidad que depende del Conicet", agregó.
Los ocho cuerpos de la causa fueron leídos y releídos por el fiscal y sus colaboradores en busca de nuevas puntas. No asoma ninguna.
La zona fue rastrillada de Sur a Norte y de Este a Oeste hasta el cansancio. El segundo grupo de policías que estuvo a cargo de Marranzino no dejó detalle por investigar. Las puertas parecen estar cerradas.
Cruel paralelismo
Pese a lo cruel que resulta su historia, la de Duilio Fernández no es la única.
La Fundación Pibe, una organización sin fines de lucro que busca datos sobre chicos que fueron secuestrados o están perdidos y que abrió una página en Internet para ampliar la búsqueda, estableció que hubo casos parecidos al relatado.
Beatriz Rojkés de Alperovich y Luis Guchea, representantes de la fundación, conocieron otros casos. Tan llamativos como extrañamente parecidos entre sí.
De ese modo, se contactaron con ellos los padres de Marina Fernanda Aragunde, por ejemplo, cuyo caso parece entremezclarse con la macabra historia que protagoniza Duilio.
Marina tenía dos años cuando desapareció, el 1¡ de febrero de 1995, en la localidad bonaerense de Marcos Paz.
La similitud más llamativa con el caso del chico de Tucumán es que dos meses después se encontraron restos óseos y de cabello con la ropa que vestía la chiquita el día de su desaparición. El análisis de ADN dio negativo también en ese caso.
Otro dato que alentó a los policías a pensar en un paralelismo entre ambos hechos fue que el identikit elaborado con los datos aportados por los pocos testigos que se presentaron en ambos casos era similar.
A pesar de la distancia que existe entre los lugares donde se produjeron un hecho y el otro, el supuesto heladero del caso Duilio Fernández sería el mismo hombre que raptó a Marina Aragunde.
Pero la historia tiene todavía una arista más macabra. Fuentes cercanas a la investigación confiaron a este enviado que en un par de cementerios rurales de los alrededores de la capital tucumana se reportaron profanaciones de tumbas.
¿Qué tendría esto que ver con el robo de chicos? Al parecer, mucho. En los dos casos que la Justicia investiga, se pudo establecer, a priori, que del cementerio habrían faltado los cuerpos de dos chiquitos, cuya edad y fecha de fallecimiento coincidirían con la desaparición de Duilio. Punto todavía no esclarecido pero que podría cerrar el escalofriante caso.
Aunque, en realidad, sólo sería el comienzo de otro capítulo: la piedra de toque de una red de tráfico de chicos que operaría con cierta impunidad en el norte argentino, zona de la que saldrían niños para ser vendidos, y que tendría conexiones en provincias del Litoral, donde -según aseguran los pesquisas- "la frontera es muy endeble".
Sin testigos en un lugar muy visitado
SAN MIGUEL DE TUCUMAN (De un enviado especial).- El lugar donde desapareció Duilio Fernández es una estrecha franja de playa pedregosa a la vera del río Salí, a unos 15 kilómetros de esta capital.
Ese sitio suele ser el refugio de tucumanos de clase media y media baja cuando el calor arrecia.
Pasar la tarde de los primeros días de enero en esta playa es casi tradicional. Por eso se entiende que aquel día de 1996 hubiera tanta gente. Lo que no se explica es cómo nadie vio quién se llevó a Duilio.
Hay una sola entrada y una sola salida: una rampa natural de tierra que comunica el solar con la ruta provincial 305, que finaliza en la frontera con Salta.
El puente que cruza el río sirve como biombo de otra división realizada antes por la naturaleza: de un lado la playita, del otro lado el monte.
Por debajo del corredor hay un camino vecinal, más bien una senda, que conduce al corazón del monte, una extensión de tupida vegetación.
Zona inexpugnable
En la fecha en que desapareció Duilio el monte suele estar más verde que en otras épocas, ya que es tiempo de lluvias en esta región.
Sólo los baqueanos, de a caballo, se animan a internarse en las entrañas del monte, ya que es muy común perder el rumbo.
Sin embargo, a unos 300 metros de la senda vecinal (donde aparecieron los restos óseos) algunos amigos y familiares de los Fernández levantaron una especie de santuario.
A pesar de saber casi con seguridad que no eran de Duilio Fernández los restos óseos del niño que apareció allí, Mario y Clara, los padres, no dejaron pasar el Día del Niño sin colocar una flor en esa casilla.
Una manera de comunicarse, quizá, con ese hijo que alguien les arrebató hace un año y medio. Una manera de cicatrizar la herida que cambió sus vidas para siempre .
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