
Dolor y angustia en el último adiós
Por María Giselle Castro Para LA NACION
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PUERTO MADRYN.- Más de 24 horas después del fatídico accidente ocurrido en Aluar, cuando cayó el techo de hormigón de un silo en construcción, Víctor Orellana esperaba en la puerta de la sala velatoria a que le entregaran el cuerpo de su hermano, Wilder, para velarlo en la humilde casa familiar, en el Barrio Pujol de esta ciudad.
Desde temprano y hasta pasado el mediodía, los féretros de las diez víctimas mortales, tres argentinos y siete bolivianos, fueron llegando al Cemad, una de las únicas dos salas velatorias que tiene esta ciudad cuyo servicio de sepelio ayer colapsó: a los 10 fallecidos se sumaron otras seis personas que murieron en Madryn en las últimas 36 horas.
Allí, en la puerta de la funeraria, la ingeniera Andrea Cadel, que no quiso hablar con LA NACION, intentaba sin demasiada suerte organizar el traslado de los cuerpos, que sólo se logró pasadas las 18.30, cuando tres coches fúnebres partieron con sendos féretros hacia el aeropuerto de Trelew, desde donde salieron con destino a Bolivia, previa escala en Ezeiza en un avión privado.
Ayer, mientras se multiplicaban las versiones de cómo se desencadenó la tragedia, un operario que se encontraba dentro del silo cuando el techo se desplomó, contó lo que vio. "Yo coloqué hasta la losa 64, pero ayer (por anteayer) el capataz me dijo: «Hoy te quedás abajo con Peralta». Dos minutos antes entramos a buscar unas herramientas, miré para arriba y dije: «Mirá qué lindo se ve». Medio segundo después, todo se vino abajo", relató a LA NACION.
Atormentado, el joven, cuyo nombre pidió mantener en reserva, recordó que se pegó contra la pared del silo para protegerse. "Era una nube de polvo blanca y en el piso, aplastados debajo de las losas de hormigón, estaban mis compañeros; nosotros dos no tuvimos ni un golpe", contó.
Para él, la falla podría haberse producido en algunos de los 24 tensores que sostenían el sistema de hierros y que, a su vez, soportaban los 72 gajos de losas. Faltaban cuatro para terminar. Su compañero, Peralta, que estaba junto con él dentro del silo, se sumergió en un ataque de bronca e ira cuando llegó a la sala velatoria para intentar ver a uno de sus amigos y compañero de dormitorio, Obdulio Escobar (34), residente en Pringles, que había sido padre hacía dos meses.
"¡Aluar lo mató, Aluar lo mató; él era mi amigo, lo mataron!", gritaba en la puerta de la funeraria antes de desplomarse y ser retirado del lugar.





