
El controvertido médico que promete cambiar el color de tus ojos
Francis Ferrari, un oftalmólogo francés, desarrolló un polémico procedimiento para cambiar el color de los ojos. Personas de todo el mundo están dispuestas a asumir el riesgo
NUEVA YORK.- Una tarde reciente en París, el color de los ojos de una mujer era cambiado de marrón a verde.
Ella estaba acostada boca arriba sobre la mesa de operaciones, con el ojo izquierdo sujeto y abierto con un espéculo ocular, mientras un médico utilizaba un bisturí para inyectar lentamente un pigmento color verde pistacho a base de minerales en su córnea.
Observaba la cirugía el doctor Francis Ferrari, el oftalmólogo francés de la clínica New Eyes Paris que inventó el proceso cosmético, llamado Queratopigmentación Anular Asistida por Láser de Femtosegundo —o Flaak, por su sigla en inglés—, hace poco más de una década.
Acercó su banquito al monitor, que mostraba un primerísimo plano del ojo. “No demasiado en el ojo izquierdo”, le dijo a su colega Jean-François Faure, quien murmuró una respuesta afirmativa sin apartar la mirada del microscopio quirúrgico mientras trabajaba.
Apenas unas horas antes, Ferrari había hablado con la paciente y le había mostrado un modelo de plástico de un ojo. “El color del ojo lo determina el iris, y no vamos a cambiar el color del iris”, explicó. “Lo que vamos a hacer es ocultar el color del iris tiñendo el espacio que hay delante de la córnea, de forma similar a un lente de contacto, y con un láser crearemos una incisión circular a través de la cual vamos a inyectar el color. ¿Se entiende?”
“Oui, docteur”, respondió Ayşegül Kolvert, de 35 años, que había viajado a París el día anterior desde Grenoble, en el sureste de Francia, junto a su hermano gemelo, Karl, que había ido a acompañarla. Siempre había soñado con tener los ojos verdes. Y, según contó, “estaba harta de usar lentes de contacto”.
Kolvert es una de las más de 2500 personas que acudieron a New Eyes Paris, situada en una calle tranquila del acomodado Sexto Distrito, en busca de esta intervención. Muchos de los pacientes de Ferrari se enteraron de la queratopigmentación a través de redes sociales y suelen mandarle mensajes directos por Instagram para coordinar una primera consulta por Zoom. La mayoría busca pasar de tonos oscuros a claros, eligiendo entre una gama de pigmentos que incluye verde oliva, pistacho, “azul Riviera”, “dorado miel” y “océano”.
El procedimiento se realiza todos los miércoles en una clínica que funciona en lo que antes era una fábrica de vitrales, algo bastante apropiado para un lugar donde dos médicos, que en cierto sentido se ven como artistas, tiñen lo que muchos llaman las ventanas del alma. En pocas horas, los pacientes se van con los ojos que buscaban. La recuperación dura solo un día.
Ferrari y Kolvert analizaron una simulación en una notebook para ver cómo quedaría el verde pistacho en sus ojos. “¿Está seguro de que va a quedar lo suficientemente verde?”, preguntó Kolvert. Ferrari le aseguró que sí.
Hay tres niveles de intensidad de color: suave, medio y fuerte. “El suave es muy natural, pero casi no se nota”, explicó Ferrari, “así que muchos de nuestros pacientes eligen una intensidad media, sabiendo que con el tiempo se va a atenuar, y terminan optando por la fuerte, que al principio se ve algo artificial”.
Como la córnea nunca cicatriza por completo, un paciente que no queda conforme con los resultados de la queratopigmentación puede eliminar alrededor del 80% del color, aunque no es lo más recomendable.
Dentro de la comunidad oftalmológica, el procedimiento genera controversia, ya que intervenir la córnea implica una gran cantidad de posibles complicaciones. La queratopigmentación cosmética no está aprobada por la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA, por su sigla en inglés), y la Academia Estadounidense de Oftalmología emitió advertencias en contra de someterse a esta práctica, al señalar riesgos como cicatrices en la córnea, infecciones y problemas graves de visión, incluido el riesgo de ceguera.
“Creo que hay mucho temor entre los oftalmólogos, sobre todo porque no hay datos a largo plazo sobre el procedimiento ni sobre los pigmentos que se utilizan”, dijo Amita Vadada, oftalmóloga y vocera clínica de la Academia Estadounidense de Oftalmología. “El ojo es un órgano muy sensible desde el punto de vista inmunológico”, agregó. A Vadada le preocupa especialmente la inyección de pigmentos en las capas de la córnea, ya que pueden provocar inflamación. “A diferencia de otras partes del cuerpo, incluso una inflamación leve del ojo puede generar cicatrices permanentes, sensibilidad a la luz y dolor”, explicó, y añadió que con la queratopigmentación “se puede estar alterando la función del ojo”.
Ferrari, en cambio, sostiene que la Flaak no es más peligrosa que la cirugía LASIK [modificar de forma permanente la curvatura de la córnea] e incluso implica menos riesgos que el uso de lentes de contacto, que pueden provocar infecciones y úlceras corneales. Además, afirma que el procedimiento es más seguro que la despigmentación con láser o la cirugía de implante de iris, otra técnica utilizada para cambiar el color de ojos, conocida como BrightOcular, que también es objeto de polémica y de demandas judiciales.
Por encima de todo, Ferrari considera que el procedimiento es una forma de ayudar a los pacientes a verse como siempre quisieron.
“Hay un sufrimiento real”, señaló. “Claro que sería mejor aceptar el color natural de los ojos, pero hay pacientes que simplemente no pueden”.
Los ojos y las manos
A sus 67 años, Ferrari es un hombre alto y de voz suave; tiene —como corresponde— unos ojos color azul verdoso de brillo húmedo que casi no parpadean, sobre todo cuando está conversando. Se crio en Luxemburgo, con un padre que trabajaba como intérprete de francés a italiano en el Parlamento Europeo y una madre dedicada al hogar. Se formó en oftalmología en la Universidad Eberhard Karls de Tubinga, en Alemania; es la primera persona de su familia en estudiar medicina y, probablemente, también la última, ya que sus cuatro hijos eligieron carreras en negocios o teatro. Ferrari se enorgullece de poder atender a sus pacientes en inglés, alemán e italiano, además de francés.
Ferrari trabaja junto a su colega Jean-François Faure, de 70 años —quien también tiene ojos color azul verdoso—, desde 2019, cuando decidió abrir su consultorio de queratopigmentación en París. Buscaba una clínica ya existente que fuera tanto atractiva como funcional, con todo el equipamiento necesario disponible. Por eso se contactó con Faure, que ya dirigía un centro donde se realizaban prácticas oftalmológicas habituales, como controles de visión, cirugías de cataratas y procedimientos láser. Ferrari atiende solo los miércoles; el resto del tiempo vive en Estrasburgo junto a su esposa, que tiene ojos marrones.
Se encarga de las consultas y supervisa el procedimiento Flaak en el quirófano, aunque desde hace dos años no realiza las cirugías, sin precisar los motivos. Faure, un cirujano experimentado y ambidiestro, es quien lleva adelante la operación.
Los dos conforman un dúo particular. Ferrari es los ojos; Faure, las manos.
A Ferrari se le ocurrió la idea de la queratopigmentación hace 15 años, cuando leía un debate online entre oftalmólogos franceses sobre la mejor forma de dar color a los ojos. Este procedimiento se desarrolló originalmente para tratar patologías como la aniridia, en la que el ojo carece total o parcialmente de iris, lo que lo vuelve extremadamente sensible a la luz.
“Pensé que sería bueno encontrar una técnica que permitiera cambiar el color de los ojos de manera segura, y entonces pensé”, dijo Ferrari, abriendo bien los ojos como si reviviera ese momento, “la córnea”. Eso fue en diciembre de 2011.
Empezó a experimentar con conejos. “Si escribís esto en tu artículo, voy a tener a todos los defensores de animales en contra”, dijo. Aun así, tomó su celular para mostrar imágenes de un conejo blanco con ojos rojos. Esos ojos fueron cambiados a azules mediante el método Flaak. Más tarde, extrajo los globos oculares para analizarlos bajo microscopio. También probó la técnica con otros conejos. “Y les puse los nombres de mis hijos”, contó, algo avergonzado. Ferrari aplicó el procedimiento por primera vez en un humano en diciembre de 2013: fue la primera vez en el mundo.
Lo motivaba avanzar rápido, por temor a que alguien se le adelantara. Y no estaba equivocado: otro oftalmólogo, el doctor Jorge Alió, radicado en Alicante, España, estaba explorando lo mismo en paralelo.
“Llevaba tiempo investigando la queratopigmentación con fines terapéuticos”, dijo Alió. Buscaba alternativas para tratar traumatismos oculares. “No había otra solución más que una prótesis o un lente de contacto, que muchas veces no se puede usar porque no se estabiliza”. Su clínica recibió financiamiento del gobierno español para desarrollar pigmentos.

“Desarrollamos una técnica totalmente nueva”, explicó. “Era muy experimental”. Finalmente, ese trabajo derivó en la idea de aplicar la cirugía con fines cosméticos.
Cuando supieron uno del otro, Ferrari y Alió se conocieron en un congreso en Londres. El encuentro fue cordial y, aunque Alió destaca haber publicado más trabajos académicos y haber sido pionero tanto en usos terapéuticos como cosméticos, ambos acordaron reconocerse como coinventores.
Cómo cambiar el color de tus ojos
La operación no es para impresionables. Una vez anestesiados los ojos, se aplica el láser de femtosegundo para crear un túnel circular dentro de la córnea. Luego, al ensanchar la incisión, Faure introduce cuidadosamente el denominado “bisturí Ferrari” en cada córnea —de consistencia gelatinosa— y, con movimientos firmes, distribuye el pigmento. El color se expande lentamente, como tinta en agua.
Para quien observa, resulta extraño: cuanto más se mira el ojo, menos parece un ojo. Puede recordar a una pintura abstracta o a un planeta visto a través de un telescopio. El resultado final es similar a un eclipse: se distingue el anillo de color —azul Riviera o verde pistacho— y debajo, el iris original.
Aunque los médicos trabajan para perfeccionar la técnica y sumar detalles que vuelvan el resultado más natural, como pecas o variaciones de color, ese realismo no siempre es lo buscado. En muchos casos, lo artificial tiene su propio atractivo.
El objetivo del oftalmólogo es satisfacer al paciente. “Hay mucho diálogo, mucha conversación previa”, explicó Faure.
“La gente siempre quiere más”, dijo Ferrari. “Hay un dicho: ‘más’ es enemigo de ‘bueno’”.
La cirugía cuesta 7000 euros (unos US$8100). Se requiere una seña de 1500 euros, reembolsable en caso de que durante la consulta se detecte alguna condición que impida realizar el procedimiento.
Cada paciente tiene una evaluación de 20 minutos el día previo. Con tecnología especializada, Ferrari analiza la córnea y evalúa la salud ocular para determinar si puede realizarse la intervención. Luego, junto al paciente, define el color final mediante simulaciones digitales.
Una de las antiguas pacientes de Ferrari, Viviane Pouget, de 69 años, nunca se había planteado cambiar el color marrón de sus ojos hasta que vio un reportaje en televisión sobre el procedimiento, un viernes, hace seis años. Llamó a la clínica, que entonces funcionaba en Estrasburgo, el lunes siguiente.
“Me dije: ‘¿Por qué no?’”. A la semana siguiente fue a ver a Ferrari. “Claro, como le pasaría a cualquiera, estaba nerviosa”, contó Pouget. “¿Qué iba a pasar? ¿En qué me estaba metiendo?”.
Quedó sorprendida con el cambio a azul Riviera. “Eran más brillantes de lo que podría haber imaginado”, dijo. “Me miré al espejo y me dije: me amo, me valoro”.
Pouget aseguró que su vida cambió de inmediato. “Cuando salí de la clínica, me tomé el tren de vuelta a París y alguien me ayudó con la valija. En toda mi vida, nadie me había llevado la valija”, relató. “Creo que cuando la gente ve ojos azules, piensa en el mar. Cuando vemos ojos oscuros, percibimos más autoridad”.
La competencia
Existe hoy una red cada vez más amplia de médicos que realizan queratopigmentación en todo el mundo, entre ellos el doctor Alexander Movshovich, en Nueva York y Miami, y el doctor Brian Boxer Wachler en Los Ángeles, ambos formados por Ferrari. Solo en París hay seis clínicas que ofrecen el procedimiento, por lo que New Eyes Paris lo realiza únicamente los miércoles. Con tanta competencia, llenar la agenda todas las semanas no es sencillo.
Ferrari cree que los imitadores son inevitables y admite que hay algo halagador en eso. “Hay dinero en esto”, dijo. “Es algo nuevo. Rompe con la rutina habitual”. Sin embargo, tiene poco margen para proteger su método. En medicina, aunque se puede patentar tecnología, es muy difícil registrar un procedimiento. Incluso el bisturí que diseñó fue replicado en otros lugares, según comentó.
Para sostener su lugar, dicta cursos presenciales de un día en la clínica para formar a otros oftalmólogos. Recientemente, un médico viajó desde India para capacitarse con él.
También logró cierto reconocimiento. En el escritorio que comparte con Faure hay un trofeo de cristal que le entregó Alió, en el que se lo distingue como “Mejor ponente” en el Kolor Congress realizado el año pasado en Dubái. Ese congreso reúne a especialistas que practican o buscan incorporar la queratopigmentación. La edición de este año se realizó en mayo en Niza y convocó a unos 300 oftalmólogos de todo el mundo, que presenciaron demostraciones en vivo y analizaron nuevos pigmentos.
“¿Son verdes?”
Aquella tarde de miércoles había cuatro pacientes. Kolvert fue la primera. Antes de la intervención estaba entusiasmada, pero, como les pasa a muchos al entrar al quirófano y ver a los médicos con mascarillas, le empezaron a temblar las manos. Un optometrista en formación le dio unas pelotas antiestrés para que las apretara.
Algunos pacientes se arrepienten a último momento y cancelan. A Ferrari no le sorprende.
Durante toda la cirugía, Faure le habló a la paciente y le fue explicando cada paso. Por momentos le pedía que mirara hacia abajo o que fijara la vista en el techo mientras trabajaba en la periferia de la córnea.
Tras 45 minutos, dejó el bisturí. “C’est fini”, dijo. Retiraron con cuidado la sábana quirúrgica del rostro de Kolvert y el espéculo.
“¿Todo bien, doctor?”, preguntó ella, incorporándose lentamente. Una lágrima artificial le corrió por la mejilla. “¿Son verdes?”.
“¡Son verdes, son verdes, son verdes!”, respondió Ferrari, entusiasmado, mientras se acercaba para observar el resultado y el trabajo de su colega.
“De verdad quiero que sean verdes”, insistió Kolvert.
“Es suficiente”, le indicó Ferrari a Faure.
Se hizo un breve silencio mientras la paciente se miraba en un espejo de mano con el logo de la clínica.
“C’est magnifique”, dijo. Luego dudó, miró a los médicos y volvió a mirarse. “Pero doctor, no están suficientemente verdes”.
“Le puedo asegurar que son verdes”, respondió Ferrari.
Al ver sus ojos por primera vez, Kolvert estaba entre la emoción y la incredulidad. Tras comprobar que el color era lo más verde posible, agradeció a los médicos y salió del quirófano, sonriente. Atravesó la antesala donde ya preparaban al siguiente paciente y se encontró con su hermano.
“Esa sos vos”, le dijo él, levantándose. La abrazó y luego se apartó para mirarla mejor. “Esos son tus ojos”.


