El doloroso regreso a casa tras perder todo

Ahora hay barro, mal olor y humedad
Cynthia Palacios
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8 de mayo de 2003  

SANTA FE.- Raúl Martínez no se jacta de su suerte. Cuando el agua lo acorraló, juntó lo que pudo y lo llevó a la casa de su madre, en el barrio Barranquita. No se imaginó que la mala racha llegaría tan lejos. Pero la inundación invadió la vivienda de su mamá unas horas después. Y acabó con lo suyo y con lo de ella.

Raúl es uno de los cientos de santafecinos que por estas horas vuelven a sus hogares. La historia es casi siempre parecida. Van un día a ver cómo está todo. Van al siguiente para empezar a limpiar. Al otro, para sacar lo que el agua dejó inservible. Y así, muy de a poco, se van acostumbrando a esta nueva realidad. Esta realidad sucia del barro que se pisa, de los vahos que se huelen y de las marcas que tiñeron las paredes. Esta realidad que les torció la vida.

Emociona verlos. Las casas están abiertas. Para orearse y para compartir las penas. Con una entereza de plomo, limpian sus casas y reciben al que pasa por ahí. Los vecinos de años se encuentran en las puertas para hablar de lo que perdieron, de lo que rescataron, para contarse las historias que se repetirán por años.

Raúl pasaba el secador en lo que alguna vez fue el living. "Quiero sacar un poco de tierra, arreglar algo. Si llega a venir mi mamá y ve esto, se muere", repetía. Su hijo Nicolás, de siete años, descubrió su oso de peluche entre los revoltijos de ropas y cosas que mezcló el agua. Era suyo. Lo habían llevado ahí para salvarlo del agua. Lo rescató del barro y lo llevó afuera para que se secara. "Mi mujer y mis hijos están en un centro de evacuados. Ni saben que el agua nos arruinó todo", confiesa Raúl, que prefiere rumiar la pena solo.

En la pared de lo que fue su dormitorio de soltero se ve una foto de un Raúl adolescente. Sonriente y con la camiseta de Unión, su equipo de fútbol. Elige mostrarnos eso y evitarles también a los curiosos periodistas ser testigos de la pena que lo invade: la cama y los muebles del cuarto están destruidos.

Con el brazo extendido, Vanina Kipes muestra hasta dónde llegó el agua. Serán dos metros. Medida suficiente para arruinar todo lo que uno tiene en una casa.

Litros de lavandina

Desde hace tres días que limpia y repasa, pasa y relimpia. Consumió litros de lavandina y todo le parece poco: el agua deja una huella de grasa que no se va con nada.

Vive en el número 954 de la calle Gobernador Freyre, a metros del puente que une esta ciudad con Santo Tomé y cerca de la cancha de Unión.

El olor en su cuadra es indescriptible. Tan potente que parece que tuviera cuerpo. Tan penetrante que se huele aunque uno se vaya del barrio Centenario.

"Subimos las cosas a los placares. Nunca pensamos que iba a llegar tan alto." Pero llegó. Llegó hasta el primer piso de su casa, donde se refugiaba ella con su mamá Mary y su hermano Juan Edgardo, además de la abuela de 93 años y tres tíos mayores que fueron trayendo durante la tarde del martes último, sin imaginarse que ellos mismos también deberían abandonar la casa.

Ya no había luz. Todavía no la hay. Pero cuando escuchó por la radio que los habitantes del barrio Centenario estaban en peligro, se enloqueció. Empezó a manotear lo que podía. Sin orden. Sin lógica. Perchas y libros, fotos y sillas, zapatos y pequeños muebles. "Mi hermano me decía que estaba loca, que era una exagerada", dice. "Y pensar que lo único que tenemos es lo que ella salvó", la interrumpe Mary con un hilo de voz.

Salir en lancha

"Cuando llegó al borde del primer piso, nos fuimos en una lancha. Mi hermano y mi primo se quedaron cuidando lo que teníamos arriba", dice Vanina. No se priva de sonreír.

Mary cuenta que lloró mucho, pero ya no más. "Lo que importa es la salud, te lo digo porque lo pasamos con mi marido. Cuando te dicen que no hay nada que hacer, eso es terrible. Esto no. Tendré muebles con cajones de manzanas o no los tendré", asegura.

Emiliano Lanche tiene 17 años y no puede ir a clases: su escuela es uno de los casi 500 centros para evacuados de esta ciudad. Igual está ocupadísimo en la reconstrucción de su casa, la 4186 de la calle Bernal. Con una mano pasa el secador, con la otra señala la marca fatídica: justo arriba de la puerta.

"Hasta ahí nos llegó el agua. Estamos tirando todo lo que no sirve... Los muebles de la cocina, la mesa, algunas sillas", cuenta Alicia, su mamá. En medio de la tragedia, falleció su suegro, el abuelo de Emiliano. "No sabían dónde buscarnos. Tardamos horas en enterarnos. Creo que no hay nada peor a vivir esto", dice Alicia.

Enseguida se acerca un vecino a darle el pésame. Por el suegro, por la casa. Uno de esos vecinos con los que se puede compartir un poco la pena.

Músicos a beneficio

En el estadio Obras Sanitarias se cambian tres litros de leche por una entrada para el recital que mañana darán los músicos León Gieco, Fito Páez y Juan Carlos Baglietto a beneficio de los evacuados de Santa Fe.

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