
El hombre que prometió no morir para contar todo
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Benjamín Rosenberg abre la puerta de su casa como si abriera su alma, gastada de recuerdos, vieja de amarguras, cicatrizada por períodos de amor cultivados. Es judío, es polaco y pertenece a ese pueblo que enfrentó a los nazis al levantar el gueto de Varsovia, hace 57 años.
Rosenberg tiene una historia triste, clara, que siempre bordea la locura y la muerte. Y la muestra. Sin pudor. Saca de un sobre amarillo tres fotografías inexplicables, que hieren los sentidos y cuenta: "Lo estábamos por matar al oficial alemán. Lo queríamos linchar cuando lo agarramos porque era un asesino, pero nos gritó que no, que él había tomado esas fotos y que nos las daba a cambio de su vida. Y las tomamos. Nunca salieron publicadas. Mírelas..."
No es su tesoro. No, no lo es. Pero las conserva, como conserva intacta su memoria para poder contarle a las generaciones que vienen que eso pasó y que él lo vivió.
Y cuenta. "En la cola del tren que nos iba a llevar al campo de Treblinka mamá me obligó hacerle una promesa: yo debía salvarme y contar la verdad a todo el mundo".
Y lo hizo: le habló a una cámara de Steven Spielberg, para que quedara en el archivo visual del Holocausto.
En su casa de Villa Lynch, Benjamín Rosenberg vive con los recuerdos de quienes ya no están. "¿Sabe? Eramos una familia grande, de casi cincuenta personas, y sólo quedé yo." Luego, señala una foto de la clase de su colegio primario y dice: "Sólo yo me salvé". Entonces sus ojos se humedecen y dice: "¿Cómo puedo olvidar esto?"
Deseaban morir
Se sienta a la mesa y dice en voz baja, como si se tratara de una confidencia: "Para nosotros la muerte era una bendición. Todos envidiábamos a nuestro padre que había muerto de forma natural." Rosenberg vio a prisioneros que se arrojaban al alambre electrificado para no sufrir más. "Pero yo quería salvarme para poder contar mi historia", dice. Cuando las tropas alemanas entraron en Polonia tenía apenas 18 años.
Rosenberg, con las manos temblando, recordó los años en que su aldea, Szydtowiec, se convirtió en un gueto.
En grandes grupos, los residentes del pueblo eran arrastrados a las fábricas de armamento de la vecina ciudad de Scarzisco, donde trabajan en condiciones inhumanas.
"En Scarzisco había tres fábricas. Una de ellas era conocida como la Fábrica de la Muerte, porque los prisioneros trabajaban entre gases y materiales tóxicos. Nadie sobrevivía a ese lugar. Mi hermana Raizla fue enviada ahí y murió tres semanas después", rememoró entre sollozos.
A fines de septiembre de 1942, las tropas alemanas congregaron a los 17.000 habitantes de la aldea y los deportaron a distintos campos de concentración. Nunca más se volvió a saber de ellos.
Pero Benjamín Rosenberg y su familia no estaban entre la multitud: se habían escondido en un sótano con otras 10 personas.
Durante seis largos días se hacinaron en un refugio preparado para la mitad de personas. "Más de una vez me arrepentí de no haber subido a ese tren", admitió.
Habían logrado escapar a una muerte segura, pero sólo habían postergado un destino que parecía inevitable: las fuerzas de la SS no tardaron en localizarlos.
Junto con otros 5000 deportados esperaban en filas para subir a los vagones. El tren tenía como destino Treblinka.
"Fue en ese momento en que mamá me convenció, me dio ánimos para escapar. Si no hubiera sido por ella, ahora estaría muerto", dice, convencido, Benjamín. Rosenberg logró huir de la cola. Pero no pasó mucho tiempo antes de que las tropas ucranias colaboracionistas dieran con él, pero sí lo suficiente para que el tren pudiera partir, y que él salvara nuevamente la vida.
Toda su familia, así como otros 800.000 judíos, murieron en el campo de exterminio de Treblinka. Rosenberg continuó trabajando en las fábricas de Scarzisco hasta mediados de 1944.
Con el cuerpo menudo y la mirada de un cordero que vio degollar a toda su manada, Rosenberg no puede apartar las imágenes del pasado.
"Un día, los alemanes nos obligaron a acompañar al bosque a un grupo de 40 jóvenes que habían enfermado y ya no podían trabajar. Nos hicieron cavar un hoyo grande como esta habitación y los ametrallaron." Cuando llega a esta parte de la historia, los recuerdos son demasiado terribles y estalla en lágrimas: "Muchos de ellos estaban todavía vivos porque las balas no los habían alcanzado, pero igual tuvimos que llenar el agujero. Mientras tirábamos tierra y cal viva sobre ellos, gritaban "todavía podemos trabajar", y nosotros los enterrábamos". Rosenberg se levanta y dice "¿Como voy a olvidar esto?"
A principio de 1945, cuando el ejército ruso ya se acercaba por el Este, fue trasladado al campo de concentración de Büchenwald, ya en Alemania, donde estuvo sólo 10 días, y después a Bergen-Belsen, el mismo campo de concentración donde murió Ana Frank.
"A las cuatro de la mañana me metieron en un vagón con otras 140 personas, de pie. El viaje duró tres días. Más de la mitad murió en el camino. Pero estábamos tan apretados que los cuerpos no cayeron hasta que abrieron los trenes. Caían de a cientos, por el hambre y por la asfixia", dice emocionado.
Cuando el campo de Bergen-Belsen fue liberado, dos meses después, Rosenberg pesaba 34 kilos. "Fue un milagro que me salvara. Vi gente que comía gente, pero yo no pude hacerlo. Robando cáscaras de papas en la cocina y a los cerdos pude sobrevivir", dice, sin necesidad de hacer memoria.
En la mañana del 15 de abril de 1945 los alemanes se colocaron una cinta blanca en el brazo. "Nosotros supimos que algo pasaba. Ya no nos pegaban y nos trataban bien. A la una y media de la tarde los ingleses entraron por la puerta del campo. Nosotros besamos los tanques", dice, pero ya no puede hablar más.
La existencia es difícil para quien tiene que cargar con tantas memorias. "No hay noche en que no vuelvan las imágenes. Las tengo acá", dice, golpeándose la frente con un dedo. "Yo sólo quiero que esto se sepa, que los jóvenes conozcan la verdad, que esto pasó y que esto puede volver a pasar." Benjamín Rosenberg queda en silencio. Las paredes están llenas de fantasmas.
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