
El tango convoca cada vez más adeptos en Nueva York
Se organizan milongas en salones y crece la oferta de clases de baile en Queens
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NUEVA YORK.- El dos por cuatro neoyorquino ya tiene su propia comunidad. El tango se baila hoy en esta ciudad todos los días de la semana, en 18 salones o estudios, tanto en Manhattan como en las afueras. Y hay tres milongas por noche para elegir.
Una revista y varias páginas de Internet brindan información variada, completa y atractiva; hay dos orquestas estables que tocan en los salones y alrededor de 20 profesores de diversas nacionalidades enseñan a bailarlo.
El asentamiento local del tango tuvo su origen, primero, en Queens, en las afueras de la ciudad. Luego, gracias a espectáculos que llegaron a los Estados Unidos como "For Ever Tango" o "Tango Argentino", la música se trasladó a Manhattan a comienzos de la década de 1990.
Antes, mucho antes, Gardel había filmado películas en Nueva York y Astor Piazzolla había ofrecido aquí una serie de conciertos, además de tener su propio departamento en la Gran Manzana. La actividad tanguera la compartían por entonces unos pocos exiliados de la Argentina.
Las causas del crecimiento de este fenómeno son variadas. Pero la de mayor peso es la atracción de los extranjeros, norteamericanos incluidos, que hasta llegan a aprender algo de castellano para entender las letras de las canciones que eligen aprender a bailar.
"La sensualidad del tango, la intimidad del baile, su sofisticación, su elegancia, no están en los Estados Unidos, en Europa o en Asia", dice la argentina Viviana, bailarina profesional y más conocida en el ambiente como "la vitrolera", ya que trabaja como disc-jockey en varias de las fiestas.
Hace siete años llegó a Nueva York desde Buenos Aires, luego de crear la Organización Viento Norte con algunos amigos para difundir el tango en la zona norte del conurbano. En opinión de Viviana, en La Gran Manzana repercute lo que pasa en todo el mundo y, al redescubrirse el tango en Buenos Aires, los ecos de este movimiento llegan indefectiblemente hasta estas costas.
La película "Perfume de mujer", en la que Al Pacino baila un tango, y el compact disc de Julio Iglesias en el que canta diversos tangos también aportaron su grano de arena, dicen los argentinos residentes en esta ciudad.
La vieja guardia, y la nueva
Al igual que en la Argentina, aquí hay dos sectores de tangueros. Está la vieja guardia, que vive en Queens, y los más jóvenes, que se instalaron en Manhattan. Estos últimos fueron los que abrieron el juego a los extranjeros.
"Rompimos esa imagen de cómo un gringo va a bailar tango", dice Daniel Carpi, organizador de la milonga del viernes en el salón La Belle Epoque, sobre la avenida Broadway, entre las calles 12 y 13.
"Hay argentinos en las milongas, pero no son mayoría. Como mucho, llegan al 15 por ciento", agrega Carlos Quiroga, editor de Reportango, la revista especializada que se publica en inglés.
Carpi llegó a los Estados Unidos hace cinco años con el propósito de doctorarse en neurociencias. Y el hombre quería bailar. Se dio cuenta de que había entusiasmo y clima, pero que el extranjero no aceptaba de buen grado el baile tan artístico que se enseñaba en los estudios locales.
La gente quería aprender a bailar "social", según la jerga. Esto significa bailar espontáneamente, sin firuletes ni movimientos despampanantes. Cabeza a cabeza, con los ojos bien cerrados...
De allí que empezó a organizar "milongas nómades" en diversas partes de la ciudad. Primero lo hizo por diversión. Hoy vive de eso, planea abrir un restaurante en Lower East Side, con show. Además, Carpi es dueño de Dancetango.com, sitio de información sobre el tango en Nueva York, que cuenta con un mailing de 5000 usuarios.
Lejana tierra mía
Lejos de amilanarse, la vieja guardia también quiso plegarse al revivir del tango, luego de haber sido ella la que plantó la semilla.
En 1977, el argentino Abel Malvestiti fundó la Agrupación Amigos del Tango en Nueva York, precisamente en Queens, con el padrinazgo de Hugo del Carril.
Cobraban 24 dólares por año para financiar los espectáculos y milongas que organizaban el primer sábado de cada mes. Apoyaban a las parejas que iban surgiendo para su desarrollo internacional y, en los primeros días de cada diciembre, celebraban la semana del tango, en coincidencia con la muerte de Julio De Caro, el 11 de ese mes.
Su actual presidenta, Raquel Molina, quiere recuperar el terreno perdido y retomar los bailes que se armaban en el salón Elkles, en Queens. Pero marca la diferencia con los jóvenes de Manhattan: "Somos más de barrio de tango", dice.
Rosa Collantes llegó a Nueva York en 1990; escapaba de la violencia del movimiento revolucionario Sendero Luminoso, en Perú. Bailaba folklore peruano desde los cinco años, pero nada sabía del tango. Un argentino, organizador de espectáculos, la vio y le enseñó a bailar tango. Dos años después consiguió una pareja artística y, en 1994, comenzó a enseñar la danza "social".
Ella es uno de los tantos profesores extranjeros que enseñan a bailar tango en Nueva York. Ante el obvio cuestionamiento de cómo una peruana se dedica a esto, responde sin tapujos: "No creo que los franceses sean los únicos que sepan hacer el amor. No todos los norteamericanos bailan hip-hop. Si te enamorás de algo, no hay nada que hacer. Los alumnos tampoco exigen que el profesor sea argentino".
Como muchos otros, también se da el lujo de vivir de lo que le gusta. La hora de enseñanza cuesta, en promedio, 60 dólares por persona o 90 dólares por pareja.
Además, existe otra fuente de ingresos paralela, que son los tours de una semana con los alumnos para bailar en Buenos Aires.
Prácticamente, cada profesor tiene el suyo. Su costo aproximado oscila entre 2000 y 2500 dólares; incluye pasajes de avión, transporte, hotel, seminarios de tango y entradas a las milongas porteñas.
Los protagonistas de esta comunidad tanguera coinciden en que los cortes y las quebradas en Nueva York no han superado a la salsa o el merengue. Pero el tango ya se ha ganado su espacio.
Bandoneonista mujer e inglesa
- Josefina Adams de Malvestiti aún arrastra su acento británico al hablar castellano, a pesar de haberse casado hace tiempo con un argentino. Su principal orgullo es ser la primera mujer inglesa en tocar el bandoneón. Dice que Francisco Canaro le cambió la vida. Tras la Segunda Guerra Mundial, comenzaron a llegar a Londres las grabaciones de su orquesta en disco de pasta. Josefina tuvo su primera clase de bandoneón en París, con un profesor francés. Pero fue en Nueva York donde armó su propia orquesta. Tocó en varios salones y hoy, cada tanto, acaricia el bandoneón para no perder la mano.






