
Kenneth Kemble, maestro de jerarquía del siglo XX
Su trayectoria lo muestra como uno de los innovadores de nuestro arte
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En una brumosa tarde escocesa, al pasar frente a un fantasmal castillo, mi amigo el poeta escocés George Kay me comentó:"Ese es el castillo de los Graham, caro sin duda para ustedes los argentinos, pues a esa familia perteneció Cunningham Graham, que encontró inspiración en temas criollos". Lo que no sabía mi amigo es que la sangre del mismo clan corría por las venas de nuestro gran artista Kenneth Kemble, fallecido la semana última, a los 74 años.
Nacido el 10 de julio de 1923, Kenneth era el hijo único del inquieto viajero Wilfred Kemble Smith y de Norma Olga de Witt, alemana del Norte, hija a su vez de la pintora escocesa Graham Allardice, cuyos atrevidos desnudos tuvimos oportunidad de apreciar.
Distingo al historiador del arte, que se pasea por el zoológico señalando las jaulas de las respectivas fieras, del crítico de arte, que debe ocuparse de esas mismas fieras, pero cuando están en libertad en la jungla.
Podría parecer inmodesto de mi parte el haberme ocupado desde los comienzos de Kenneth Kemble, una fiera que nadie se atrevió a domesticar y que a lo largo de una vida de casi 75 años mantuvo hasta el final su condición indómita.
Luego de algunos experimentos empresariales que lo llevan a ocuparse de parques y jardines, más otros intentos frustrados, decide en 1950 concurrir al taller de Raúl Russo y se somete (no sin esfuerzo) al duro aprendizaje que comienza por el dibujo de la flor de lis.
Crecimiento constante
Pero su espíritu saltarín lo lleva al año siguiente a París, de donde conservó el certificado expedido por la Academie de André Lhote, cuyo último testimonio está firmado por Poliakoff. Becado por el gobierno de Francia, prosigue sus estudios en la Academie Ranson, donde tiene como profesor, entre otros, a Singier, para luego deslizarse raudamente por el atelier del escultor Zadkine.
Tras breve paso por la Argentina, donde prosigue sus estudios con Rafael Onetto, viaja a Los Angeles casado con Terry Hanahan. Allí nace su primera hija, Katherine. Su personalidad crece, y como el arte no es sino emanación de una personalidad _según Kline_, podemos decir que Kemble sigue creciendo.
Terminado su matrimonio, retorna a Buenos Aires y conoce a Silvia Torras, que tendrá una influencia decisiva. A mediados de los años 60 contrae matrimonio con Julie Capp, hija de Al Capp, creador de la tira de Little Abner.
Después de una estada no demasiada larga en Boston, libre de ataduras, está de vuelta entre nosotros; ejerce, además de su labor pictórica, la crítica de arte en el Buenos Aires Herald, donde, en una apreciación de los artistas Wells y Santantonín, reflexiona:"En todos los períodos de la historia del arte existe un pequeño núcleo de artistas malditos. Son condenados por los críticos, condenados por el público y sólo apreciados por una pequeña minoría de admiradores que poco pueden ofrecerles en retribución. Se trata de los innovadores, los auténticos creadores y revolucionarios que miran hacia el futuro y a quienes poco importa el riesgo de ser ignorados...".
Fiel a esta consigna, Kemble vuelve en las últimas décadas, comprendiendo que es allí, en el duro métier de los pinceles, donde se encuentra precisamente la nueva vanguardia.
Se queja en otro artículo de los adocenados por un lado y de los imitadores de las modas importadas desde el exterior, predicando para el verdadero artista la senda de su propia interioridad hasta las últimas consecuencias.
A comienzos de la década de los 70 se casa con Berta Haendel, que le dará su hija Julieta.
La obra de Kemble
La crítica ha estado conteste en que la gran dificultad para apreciar el arte de Kemble es su continua metamorfosis.
Desde las primeras naturalezas muertas y los paisajes, su personalidad busca afirmarse en el tratamiento enérgico de una realidad tangible.
En su época parisiense opta más por Braque que por Picasso, lo que delata su admiración por Cézanne.Poco a poco se va aproximando al informalismo, tal como lo revelan sus collages de 1958, expuestos también al año siguiente con el auspicio delMuseo de Arte Moderno, recién mostrados en Van Riel. La del museo es una exposición en grupo, junto a Barilari, Greco, Olga López, Maza, Puccuarelli, Roiger, Towas y Wells.
En el prólogo a esa muestra hago hincapié en la relación estrecha que guarda el nuevo estilo con el budismo zen. Estamos ante la evidencia que el poeta lleva al mundo dentro de sí. Basho: "Contemplando las flores en la gloria de la mañana, mientras me desayuno". Se trata de un acto de arrojo frente al misterio, un paso de la subconciencia a la supraconciencia. Ello no elimina los problemas técnicos del arte, que mantienen la misma exigencia del arte renacentista; el informalismo exige el diálogo de la máxima objetividad. El objeto del cuadro puede ser el sujeto mismo...
Pasamos así al Kemble emparentado con la simbología oriental y el action painting, el Kemble de los blancos surcados por los negros de sus símbolos y signos y que lo llevan al mural de 16 por 20 metros para la Exposición Internacional del Automóvil de 1960, en la Sociedad Rural, algo en verdad portentoso que dentro del estilo no tiene antecedentes, ni lamentablemente consecuentes.
Vendrá luego el Kemble de las formas fantasmagóricas que expone en su retrospectiva del MAM, que Parpagnoli tuvo la delicadeza de permitirse prologar, ya que yo había ya viajado a los Estados Unidos.Allí advierto sobre los peros al arte de Kemble, al que no se termina de reconocer como creador original, pese a que no se parece a nadie. Parte de un complejo de inferioridad local que el propio Kemble no se cansa de denunciar. Poco importa que haya sido el primero en utilizar materiales descartables que luego otros más famosos incorporarán.
Así también con el arte destructivo, aventura en la que lo acompañarán, entre otros, J. López Anaya y Wells y para el que escribe un prólogo donde explica que también las fuerzas destructivas forman parte del ser.
En las últimas décadas realizan pinturas que con posterioridad en el exterior recibirán el nombre de pattern paitings. Algo así como papeles para empapelar, haciendo uso en forma pictórica de lo que fue una de sus constantes: el collage (pegar trozos de papel o de trapo sobre tela), pero ahora magníficamente pintados.
La crítica comprensiva de C. Ward, Galli, Hernández Rosselot y otros festeja sus hallazgos. Todo parece indicar que Kemble llegó al reconocimiento de público y crítica, pero, como lo dice Damián Carlos Bayón, "parece seguir siendo arte para los menos".
A mí me cuesta creer, luego de acompañarlo en una trayectoria de casi medio siglo, que haya quienes todavía lo discutan.
Kemble no es sólo maestro, sino además maestro de jerarquía universal. Tal vez uno de los grandes innovadores del arte de nuestro siglo. Esperemos que el mercado del arte lo incorpore finalmente también al éxito, que apenas conoció en vida.
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