
Florencia y Kshamenk. El amor entre una cuidadora de Mundo Marino y la orca que pagó con cautiverio su supervivencia
En la segunda entrega de la serie de documentales sobre grandes animales, presentamos el dilema de la orca de Mundo Marino

En noviembre de 1992, una orca quedó varada en la bahía de Samborombón. Era un cachorro macho de unos cuatro años y el equipo de rescate que se acercó hasta ese banco de barro lo encontró deshidratado, débil y con lesiones en la piel. La lógica indicaba que habría padecido una larga agonía antes de morir. Pero estaba muy cerca de Mundo Marino, un antiguo camping convertido en oceanario y parque temático, y eso le salvó la vida. ¿O, como sostienen los críticos del parque, lo condenó a un largo cautiverio?
Kshamenk, así lo bautizaron, fue trasladado al centro de rehabilitación de Mundo Marino. De a poco, y con mucho esfuerzo, lograron recuperarlo. Nunca pudo regresar al océano y vivió más de 33 años en las piletas del parque.
Florencia Speciale comenzó a relacionarse con Kshamenk en 2000. Durante los siguientes 25 años construyó un extraordinario vínculo de confianza con un animal de alrededor de 3,7 toneladas que, en la naturaleza, habría ocupado la cima de la cadena alimentaria. Las orcas cazan peces, tiburones, rayas, lobos y elefantes marinos. Lo hacen mediante complejas técnicas que aprenden dentro de sus grupos familiares y transmiten de generación en generación.
En Mundo Marino, en cambio, aprendió a responder a las señales de sus cuidadores, a imitar los movimientos de Floppy —la delfín que lo acompañaba— y a abrir la boca para que le cepillaran los dientes. Como parte de su atención veterinaria, se dejaba extraer sangre, realizar ecografías y tomar muestras respiratorias y gástricas. También buscaba las manos de Florencia y resoplaba cuando ella dejaba de acariciarlo. Se comportaba como una mascota cariñosa, aunque era —o alguna vez había sido— un animal salvaje.
“Es un animal que disfruta de que le hagamos mimos y de nuestra compañía. Nos busca y para nosotros es lo más lindo que puede pasar, porque dedicamos nuestra vida a compartir con él. Disfrutamos cuidándolo y atendiéndolo”, nos dijo Florencia cuando la entrevistamos en Mundo Marino, en octubre del año pasado.
Kshamenk murió el 14 de diciembre de 2025, dos meses después de que lo visitáramos. Su muerte reavivó la controversia que siempre rodeó su historia y sirve para comprender cómo se modificó nuestra percepción sobre los grandes animales mantenidos en cautiverio y exhibidos ante el público.
Lo que en algún momento se consideró un entretenimiento educativo comenzó a ser cuestionado. El avance de los estudios sobre la inteligencia y la vida emocional de los animales permitió comprender los efectos físicos y psicológicos provocados por el cautiverio en especies sociales de gran tamaño. Al mismo tiempo, las organizaciones de protección animal lanzaron campañas contra el confinamiento de jirafas, osos, grandes simios, elefantes, delfines y orcas para entretener a los seres humanos. Esa nueva conciencia impulsó el cierre o la reconversión de zoológicos, oceanarios y parques en muchas partes del mundo. Kshamenk se convirtió en uno de los símbolos más visibles de esa lucha.
Pero su historia encierra un dilema. La decisión de no capturar más orcas para exhibirlas parece sencilla. Mucho más complejo es determinar qué hacer con un animal que creció bajo el cuidado de seres humanos y nunca aprendió a cazar, protegerse ni comunicarse como lo habría hecho en libertad. Liberar a Kshamenk habría significado, según los veterinarios y especialistas consultados por Mundo Marino, condenarlo a muerte.
El documental Kshamenk, el precio del cautiverio, que LA NACION estrena hoy, propone una mirada profunda sobre el vínculo entre la orca y su cuidadora, pero también sobre el cambio de paradigma que atraviesa nuestra relación con la naturaleza. Es la segunda y última entrega de una serie de dos capítulos que comenzó la semana pasada con Pupy, el precio de la libertad, que narra el traslado de la última elefanta del Ecoparque porteño a un santuario de Mato Grosso, en Brasil.
Ambos trabajos se completan con notas publicadas en las plataformas digitales y en la edición impresa de LA NACION.
