
La Cava muestra su cara solidaria
Marginación: en la villa de San Isidro, un grupo de voluntarios trabaja con madres y chicos para reinsertarlos en la sociedad.
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"¿Cómo sería La Cava si sacáramos las cosas que vienen de afuera, como la droga, las armas, las enfermedades, y trajéramos lo que nos hace falta... una vivienda digna, un trabajo y acción social? Seguramente sería un verdadero paraíso."
Así, con la esperanza y el optimismo de aquel a quien cinco años de trabajo en la parroquia Nuestra Señora de La Cava lo han preparado para creer que cualquier meta es posible, el padre Aníbal Filippini resaltó el caudal humano de los habitantes de uno de los lugares del conurbano norte que atrae todas las miradas a la hora de hablar de inseguridad.
La villa de emergencia La Cava, que ocupa 24 manzanas del partido bonaerense de San Isidro, está considerada por la policía como uno de los asentamientos más peligrosos del Gran Buenos Aires. Ya son cotidianos los allanamientos que allí se hacen en busca de asesinos y de delincuentes. Es que la misma gente de la villa asume que el barrio tuvo hechos delictivos bastante violentos.
Si bien nadie conoce con exactitud el número de habitantes, los vecinos aseguran que en La Cava no viven más de 15 mil personas.
En su humilde casa dentro de la villa y mientras cumple la misión que le encomendó el Obispado de San Isidro, Filippini destacó, como si necesitara aclarar lo que su primera frase encerraba, "la enorme sensibilidad de la gente del lugar".
La otra cara de La Cava
En la cara menos conocida de La Cava y a la que menos importancia se le da, Filippini trabaja junto al padre Jorge García Cuerva y a un equipo de voluntarios (algunos viven en la villa y otros son vecinos del barrio) que formaron el grupo Nuevo Sol para ayudar a chicos, con problemas de drogadicción, y a sus familias.
Dentro de la villa existe una escuela con 1150 alumnos que incluye desde el jardín maternal hasta el polimodal. La idea que impera en La Cava dice que "la educación es fundamental para salir de la marginación".
Las drogas y las enfermedades son los principales problemas que afronta el asentamiento.
Patricia vivió en La Cava desde que tenía 17 días. Hoy, recibida de councelling (psicología aplicada a grupos), es una de las mujeres que trabajan en la parroquia junto a los jóvenes adictos del lugar. Ella, mejor que nadie, sabe por experiencia propia lo que significa vivir dentro de la villa.
"Tenemos una estructura de trabajo. Hay grupos de autoayuda, pero todo lo hacemos a pulmón, con muy pocos medios. Tuvimos en un momento ayuda de la provincia, pero ya no la tenemos. No tenemos recursos para el traslado de los enfermos. No nos sirve tratarlos acá, por eso tenemos que llevarlos afuera", explicó.
Mercedes, otra voluntaria del barrio, también forma parte del proyecto Sol. "Ayudo a las madres de los chicos con problemas de drogas. Cada una cuenta su experiencia, las escuchamos, nos abrazamos y además lloramos", confesó.
"Para nosotros es una riqueza muy grande. La gente esencialmente es buena, pero la situación los modifica. Lo que pasa es que los medios buscan reflejar la otra cara", relató convencido el padre García Cuerva, que se desempeña allí desde hace dos años "En situaciones límite la gente termina recurriendo a los sacerdotes. Nosotros vemos en la gente sentimientos de alegría, de solidaridad. Uno sabe que acá nunca va a estar solo. Mi casa siempre está llena de gente", destacó Cuerva.
Juan Carlos es catequista de la escuela y hace 24 años que vive en la villa. Sobre la llegada del padre Filippini opinó: "Nunca hubo un cura viviendo en el barrio, lo estábamos esperando con los brazos abiertos".
"Yo nací acá -continuó- y el cambio en el barrio fue tremendo. Las casitas cambiaron, llegó el agua a las viviendas. Cada familia busca una salida. No tenemos alma de villero. Yo estoy casado desde hace tres años y estamos juntando plata con mi mujer para irnos a vivir a otro lado."
El sueño de la casa propia
La idea de progreso de Juan Carlos es el proyecto de muchos integrantes del barrio. Llegan sin nada y de a poco juntan materiales para levantar una vivienda precaria hasta llegar a la casa de ladrillo. Para ello es fundamental la búsqueda de trabajo.
Pertenecer a La Cava se vuelve una traba a la hora de buscar empleo."Si sos de La Cava, no tenés laburo", reclamó Claudio, de 21 años.
Cuando se habló de soluciones, todos coincidieron. No debe faltar la ayuda en alimentos, dinero, y la educación. Reclamaron también una mano de la provincia de Buenos Aires, siempre de acuerdo con las necesidades del barrio.
Ellos buscan que la gente conozca la otra cara de La Cava. Mientras tanto, no se olvidan de restaurar la dignidad de las personas que allí viven.
Más ayuda
Los voluntarios no sólo se encargan de ayudar a reinsertar a los jóvenes con problemas de drogas: también organizan una pastoral carcelaria.
El trabajo consiste en visitar a los chicos presos del barrio. "Esto los ayuda porque muchas veces los familiares no los pueden ver, pues no tienen dinero para el viaje", explicó Claudio, otro voluntario del grupo Sol.
Además, se encargan de hacerles una misa a los familiares de los que están en la cárcel.
Con ellos colaboran el Servicio Jurídico Diocesano y la Secretaría de Justicia bonaerense. "Pretendemos recuperar a la persona", dijo el padre García Cuerva.





