La Generación Z perdió el amor por el trabajo y no los culpo
Crecieron viendo salarios estancados, empleos más precarios y títulos universitarios con menor valor en el mercado laboral
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NUEVA YORK.- Cuando era adolescente, soñaba con una vida mejor. Crecí en un departamento donde los ratones corrían entre pilas de basura que me llegaban a la cintura, debido al trastorno de acumulación de mi madre. Durante un año estuve en un hogar de acogida y en otras ocasiones viví en la calle, pasando algunas noches de verano en la parte trasera de mi destartalado Corolla del 92. A pesar de todo esto, vi un camino para salir y progresar: sacaría una nota perfecta en el examen de ingreso universitario, elegiría la carrera adecuada en una buena universidad y luego me graduaría para entrar en una profesión lucrativa. Estaba lejos de ser una apuesta segura, pero aposté a que este plan podría cambiar mi destino, y así fue. Obtuve un título en ciencias de la computación en Harvard y luego un trabajo de ingeniería en Google.
Escribí un libro de memorias sobre mi trayectoria ascendente y, en los años transcurridos desde su publicación, me invitaron a hablar en universidades de todo el país. Al principio, me veía como un modelo a seguir ligeramente mayor para los estudiantes. Pero mientras hablaba con los futuros graduados este año, me sentí más como la narradora de una novela histórica. Empecé a preguntarme: ¿es mi perspectiva relevante en absoluto?
Cuando me gradué de la universidad en 2015, mis compañeros y yo estábamos inmersos en los valores de los millennials. Los asesores nos instaban a seguir nuestros sueños, a hacer lo que amábamos y, en el caso de las mujeres, a “dar un paso adelante” (lean in). Un póster en la pared de mi dormitorio mostraba una cita de Sheryl Sandberg, la personificación del feminismo corporativo de la década de 2010: “¿Qué harías si no tuvieras miedo?”. Conocí con orgullo a la mujer multimillonaria hecha a sí misma más joven del mundo, Elizabeth Holmes. El trabajo no solo nos ofrecía un salario, sino un propósito. Era salvación, identidad y trascendencia, todo al mismo tiempo.
Identificarse con el trabajo ya no es la tendencia. Empecé en Google con mucho entusiasmo y me fui tan hastiada por el acoso sexual que me prometí que nunca volvería a amar un trabajo. La caída de Holmes y de otros ejecutivos acusados de fraude creó un desencanto en toda la sociedad con los fundadores de empresas supuestamente geniales. Luego llegó el Covid-19, que obligó a reevaluar cuánto espacio debería ocupar la oficina en nuestras vidas. Media década después, las leyes estatales de salario mínimo siguen por debajo de los US$18 la hora, mientras que el mercado de valores crea nuevos millonarios en Estados Unidos a un ritmo de 1200 al día.
A menudo se acusa a los miembros de la Generación Z de restarle importancia al trabajo —de hecho, ellos mismos lo dicen— y ¿quién puede culparlos? Vieron a los trabajadores millennials agotarse, los salarios estancarse, los títulos volverse inútiles y las instituciones desmoronarse. Ahora están entrando en lo que se llama ampliamente el peor mercado laboral en años. Casi la mitad de los recién graduados universitarios están desempleados o subempleados. El costo de vida se disparó; comprar una casa parece imposible. Quién sabe dónde viviremos de todos modos una vez que la Tierra sea inhabitable. Un meme viral capturó el sentimiento predominante de que “básicamente nadie menor de 40 años espera que vuelvan a suceder cosas buenas”.
Quería entender cómo cambió la perspectiva de los jóvenes, así que contacté a las universidades que visité para hablar con los estudiantes que se gradúan sobre sus esperanzas y miedos ante su inminente vida adulta. Descubrí que, al igual que los buscadores de empleo de todas las edades, se sienten aterrorizados y desanimados. Pero algo destacó: muchos estudiantes me dijeron que la ambición tal como yo la conocía ya no tiene sentido.
No es solo que crean que la movilidad ascendente como la mía ahora es imposible. Ya no creen que el trabajo en el sentido tradicional conduzca a ninguna recompensa confiable. La economía de casino en la que están entrando reparte el éxito en forma de ganancias inesperadas y hace que esas victorias desaparezcan igual de repentinamente. La ambición requiere la creencia de que tenés un control significativo sobre tu futuro. Con tanta incertidumbre hoy en día, puede parecer inútil prepararse para el mañana.
Los jóvenes más motivados siguen esforzándose. Pero su ambición se ve significativamente diferente a la mía en la universidad, cuando me sentaba en un auditorio a escuchar a Sandberg relatar cómo se convirtió en ejecutiva de Facebook. La Generación Z valora el dinero y el tiempo libre por encima de los cargos laborales. En una encuesta global reciente, los encuestados de la Generación Z que no buscaban roles de liderazgo señalaron el agotamiento y la “demasiada responsabilidad” como sus razones principales. En otras encuestas, tres de cada cuatro miembros de la Generación Z querían convertirse en emprendedores, y más de la mitad dijo que serían influencers si pudieran. Están tratando de “conseguir el dinero” y hacer fortuna, pero no dependen de ser ascendidos por su jefe para lograrlo.
Alejandra Pérez es una estudiante que ve el emprendimiento como su futuro. Pérez, de 21 años, tiene un LinkedIn activo, un peinado impecable y un título universitario recién obtenido en marketing y administración de empresas de St. Mary’s College of California. Su familia dirige un negocio de apicultura con el que ella ayuda, y planea lanzar su propia empresa de venta de productos de miel. Considera que ser dueña de su propio negocio es la clave para una oportunidad ilimitada. Piensa que los compañeros que eligen subir una escalera corporativa están renunciando a su verdadero potencial, una opinión compartida por muchos de los estudiantes con los que hablé; ninguno mencionó una empresa de ensueño en la que aspirara a trabajar.
Las metas materiales de Pérez son relativamente modestas: quiere poder comprar una casa en un vecindario seguro, invertir en acciones y permitirse zapatillas de moda y postres elegantes. A pesar de esto, cuando se trata de su potencial de ingresos, dijo: “No tengo un límite”. Ella imagina llevar su negocio a un ingreso de siete cifras.
Estas expectativas altísimas están en línea con las de otros miembros de su generación. En una encuesta reciente, los miembros de la Generación Z dijeron en promedio que para sentirse financieramente exitosos necesitarían ganar casi US$600.000 al año, o aproximadamente lo que gana el 2% superior de los estadounidenses. La mayoría de los estudiantes con los que hablé me dijeron que necesitarían de US$200.000 a US$300.000 al año solo para sentirse estables. Para ser ricos o poder mantener hijos, muchos dijeron que necesitarían millones en el banco. Una encuesta de Pew de 2010 encontró que para los millennials que entraban en la edad adulta, el matrimonio y los hijos eran mucho más importantes que ser dueños de una casa, ganar mucho dinero o tener tiempo libre. Si bien el deseo de crear una familia feliz ciertamente no desapareció para la Generación Z, ese valor es superado en los datos de las encuestas por la “independencia financiera”: tener tanta riqueza que nunca más necesites trabajar.
En cierto modo, las ambiciones de Pérez me recordaron a las de una “jefa” de la era de 2010. Pero hay una diferencia crucial: ella no está dispuesta a sacrificar su vida personal por un título en una empresa. El prometido de Pérez se graduó el año pasado y ahora trabaja como oficial de admisiones en St. Mary’s. Se casarán el próximo año y esperan tener tres hijos, a quienes Pérez, que es católica, quiere criar ella misma mientras dirige su negocio desde casa. Uno de sus modelos a seguir es Lila Rose, una podcaster y activista antiaborto que es a la vez una persona con altos ingresos y una madre presente durante la mayor parte de las horas en que sus hijos están despiertos. Las jóvenes influencers conservadoras como Rose, Brett Cooper e Isabel Brown llevan a sus hijos a viajes de trabajo y sostienen a sus recién nacidos en entrevistas en video, mostrando visiblemente un estilo de vida que equilibra la fe, la familia y la comodidad financiera. Es una versión de “tenerlo todo” para la generación de los influencers, y una respuesta a la escasez económica redoblando la apuesta por las elecciones personales.
Pérez mira a sus compañeros con alarma, y no porque le preocupen las tasas de desempleo. “Es como si no hubiera motivación”, dijo. Otros con los que hablé emitieron juicios similares. Adreanna Marin, una aspirante a trabajadora social de 39 años en la Universidad Estatal de California, San Marcos, quien comenzó la universidad hace 20 años, me dijo: “Casi parece que la ambición ya no existe, honestamente, entre los estudiantes universitarios”. Muchos estudiantes culparon a los teléfonos inteligentes, el fantasma de nuestra era. “Somos el futuro y podemos cambiarlo”, dijo Jaasiel Hernández, de 20 años, estudiante de ingeniería en Porterville College, en California. “Pero es más fácil sentarse y hacer scroll”. Su comentario se hizo eco de un miedo común: si vivís en piloto automático, cumplirás 30 años en el sótano de tus padres, desempleado, endeudado y pegado a tu feed.
Los investigadores creen que la ambición está moldeada tanto por la personalidad como por las circunstancias. Un estudio histórico de 2012 dirigido por Timothy Judge, un psicólogo que estudia las actitudes hacia el trabajo y el éxito, analizó las trayectorias de más de 700 personas durante 70 años y descubrió que las personas más motivadas crecieron en la clase media: ni demasiado ricas para ser complacientes, ni demasiado pobres para soñar en grande. A medida que la clase media se reduce, parece que la ambición también podría estar reduciéndose. Mary Volmer, capellana y profesora en St. Mary’s, me dijo que los estudiantes ya no se preguntan “¿Qué puedo lograr?”, sino “¿Qué necesito para sobrevivir?”.
Mecca Durhal, de 24 años, es una graduada con la que hablé que piensa principalmente en la supervivencia. Durhal no tiene un plan a 10 años, un plan a cinco años ni siquiera un plan para el próximo año. Hija de un ingeniero de software, creció en la clase trabajadora a clase media en Detroit y se graduó en mayo de la Universidad de Michigan en Ann Arbor. Tomó clases de artes liberales que la emocionaban más intelectualmente —sociolingüística, cultura de internet, egiptología— y obtuvo una licenciatura en estudios generales. ¿Qué sigue? “No tengo ni idea”, dijo Durhal.
La sensación de que la promesa fundamental de la educación superior fue violada no se limita a los estudiantes de humanidades. Nathan Majeed, quien recientemente se graduó con un título en ciencias de la computación de St. Mary’s, dijo que alguna vez esperó un camino simplificado: “Ir a la universidad, dedicar cuatro años de trabajo y luego salir. El trabajo está básicamente garantizado; cae en tus manos”. Esa ya no es la situación. Majeed solicitó casi 200 trabajos de TI sin suerte, luego finalmente encontró un puesto a través de un antiguo jefe.
Antes de comenzar la universidad, Durhal esperaba convertirse en escritora o traductora de japonés. Pero en los años que estuvo en la escuela, vio cómo las plataformas de IA se volvían comunes y los trabajos creativos se evaporaban. Ahora no tiene expectativas de trabajar en un empleo que le guste. Está solicitando puestos de asistente administrativo en línea, tratando de esquivar los filtros de currículum de IA y esperando un ingreso anual de US$40.000. Eso equivale a US$3300 mensuales, antes de impuestos, aunque actualmente paga US$1700 dólares al mes por compartir una casa adosada con tres amigos. Teme que estará pagando préstamos estudiantiles hasta que muera. Cuando la gente pregunta cuáles son sus metas, responde: “La economía y la sociedad en la que vivimos no están estructuradas en este momento para que yo tenga buenas respuestas”.
La relación de la Generación Z con el trabajo es más transaccional que sentimental. Ocho de cada 10 estudiantes que se graduaron de la escuela secundaria en 2022 no esperan que el trabajo sea una parte importante de su vida, ni que su empleo sea particularmente interesante. Esta falta de recompensa presente o futura está empujando a algunos jóvenes a rechazar el esfuerzo por completo. En la visión del mundo de Durhal, la gratificación retrasada simplemente no vale la pena. “Creo que mirar solo hacia el futuro es en realidad perjudicial para ti”, dijo. Majeed me contó una versión diferente de lo mismo. “Nuestra generación reconoce un mal negocio cuando lo ve”, dijo. “Si tengo que pasar por dolor, prefiero que sea bajo mis propios términos que bajo los términos que ustedes crearon”.
En ninguna parte es más evidente este cambio que en el énfasis de la Generación Z en la “salud mental”, definida más por el autocuidado que por los trastornos psiquiátricos. Mientras que la cultura laboral millennial podría estar mejor representada por el personaje de Andy en El diablo viste a la moda, quien aplaca a su jefa abusiva para ascender al trabajo de sus sueños, la Generación Z idolatra a Alysa Liu, la patinadora olímpica de pelo teñido que dejó el deporte en 2022 porque ya no lo disfrutaba, luego regresó por voluntad propia y ganó el oro. Liu es la última de una serie de atletas elogiadas por los jóvenes por decir que no, desde la tenista Naomi Osaka, quien en un momento se negó a hablar con la prensa, hasta la gimnasta Simone Biles, quien se retiró de varios eventos olímpicos. Para muchos, la lección es que hay un límite para los costos personales del logro.
Las esperanzas de Durhal son más humildes que ganar una medalla olímpica: quiere poder hacer un viaje ocasional en avión para visitar a amigos en otros estados. En cuanto a ser dueña de una casa, eso bien podría ser una realidad alternativa. “No creo que sea factible o realista para mí querer eso, así que no lo quiero”, dijo. En esencia, Durhal hizo las paces con la idea de caer fuera de la clase media. Un estudio encontró que casi la mitad de las personas de 18 a 29 años ahora viven con sus padres, una de las tasas más altas desde la Gran Depresión. Otros estudiantes con los que hablé reconocieron que hacer un trabajo que les importa significará alquilar para siempre, si es que pueden permitirse siquiera eso.
Admiro la capacidad zen de estos estudiantes para disfrutar el hoy a pesar del mañana. Pero su impotencia me entristece. En 2024, un profesor de la Universidad de Emory, Stephen Nowicki, observó que sus estudiantes de seminario universitario sentían menos control sobre sus vidas que el prisionero promedio en 1966. La creencia de que uno moldea su propio destino se correlaciona fuertemente con la salud, los ingresos y la felicidad. Las personas que sienten que tienen capacidad de decisión tienden a comer mejor, solicitar más trabajos y recuperarse más fácilmente de los contratiempos. Es cierto que en tiempos de incertidumbre, la desesperación es una respuesta racional. Pero cuando los jóvenes dejan de creer que el esfuerzo a largo plazo mejorará sus vidas, se pierde algo más grande: la capacidad de imaginar un futuro significativo.
Pérez y Durhal tienen mucho en común. A ninguno le importa el prestigio o los cargos laborales. Ambos quieren los ingresos y la flexibilidad para vivir de acuerdo con sus valores personales. Judge, profesor de la Universidad Estatal de Ohio que dirigió el estudio fundamental sobre la ambición, me dijo que, en comparación con las generaciones anteriores, sus estudiantes actuales piensan más profundamente sobre lo que quieren de la vida. “Ahora es el momento de cuestionarlo, al principio de tu carrera, cuando estás en la etapa formativa”, dijo Judge. “Creo que es algo bueno”.
Todavía tenemos mucho que aprender de la forma en que la Generación Z aborda el trabajo. Años de investigación demostraron que los motivadores extrínsecos como el dinero y la fama hacen que las personas sean miserables, mientras que los motivadores intrínsecos como el disfrute o el dominio personal alimentan la satisfacción. En el estudio de Judge, las personas más ambiciosas murieron un poco más jóvenes que aquellas con menos impulso. Él cree que es porque quienes se enfocaron en el logro experimentaron más estrés y descuidaron su salud y sus relaciones.
Mientras hablaba con los estudiantes, me encontré cuestionando mi propia elección de adorar en el altar del trabajo. Escribí gran parte de este artículo los fines de semana, a veces mientras mi hijo pequeño me suplicaba atención; tengo dolor crónico provocado por estar sentada demasiado tiempo; no sé cómo apagar mi impulso. Antes de hablar con estos estudiantes, nunca consideré realmente lo que el “éxito a cualquier costo” me costó realmente.
Al mismo tiempo, la ambición no se trata solo de logros personales. También se trata de tener fe en nuestra capacidad para dar forma al futuro. Hablando con Durhal y otros adultos jóvenes para quienes el mañana parece incierto, veo una generación que está aprendiendo a no tener demasiadas esperanzas. Los humanos somos criaturas orientadas al futuro. No poder mirar hacia adelante nos priva de lo que más importa. Los datos recopilados en un estudio en curso sobre el bienestar de las personas mostraron que los adultos jóvenes de todo el mundo obtienen puntuaciones bajas no solo en felicidad, sino también en bienestar eudaimónico, que incluye significado, propósito y relaciones satisfactorias.
Como adolescente, encontré consuelo en el dicho: “Incluso si supiera que mañana el mundo se hará pedazos, todavía plantaría mi manzano”. Este aforismo, a menudo atribuido a Martín Lutero, no trataba sobre la alegría de cavar hoyos. Representaba un optimismo desafiante frente a la incertidumbre. En los momentos más difíciles de mi juventud, mis metas me dieron dignidad y capacidad de decisión. Cuando el presente se sentía insoportable, mis aspiraciones me permitieron trascender mi entorno. Pienso en estar sentada en el asiento trasero de mi auto oxidado, aferrada a un libro del examen de ingreso. Todavía llevo las cicatrices de mi ética de trabajo; desearía haber sabido, como los jóvenes de hoy, cómo ser más amable conmigo misma. Pero también desearía que ellos entendieran cómo el sueño mismo iluminó el camino unos pocos metros por delante de mí, hasta que pude pararme en tierra firme.
*Emi Nietfeld es periodista y autora de las memorias “ Aceptación ”.
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