La huella del futuro santo argentino
Cómo vivió y murió en Asturias el beato Héctor Valdivielso, fusilado hace 64 años.
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TURON, España.- Desde la terraza de la escuela Nuestra Señora de Covadonga, el pequeño cementerio es un perímetro tapiado por el que asoman bóvedas y nichos modestos. Una llovizna sostenida cae sobre este pueblo de Asturias, treinta kilómetros al sur de Oviedo, y aunque acaba de comenzar el otoño, las gotas parecen de hielo.
Hace 64 años -que se cumplieron ayer-, en este pequeño pueblo de montaña murió un argentino que tal vez en los próximos meses sea santificado. Se llamaba Héctor Valdivielso Sáez, fue beatificado en 1990 y su causa de canonización está sorteando con éxito los últimos trámites de la burocracia vaticana.
En las montañas que rodean el estrecho valle de Turón quedan pocos recuerdos de él. Apenas las estructuras metálicas de las minas de carbón, activas en su época. Hoy son estructuras muertas, porque las minas ya casi no trabajan, y este pueblo a orillas del río Aller, que supo tener más de 20.000 habitantes, ahora apenas si alberga siete mil.
El cementerio está en una ladera de tierra negra, detrás de la calle principal, que se llama La Salle. Dentro de sus muros de piedra, una madrugada de octubre de 1934, empezó la historia que puede acabar con la consagración del primer santo argentino.
Héctor Valdivielso Sáez fue fusilado en este cementerio. Cuando murió tenía entonces 24 años, una vocación a prueba de balas y los ojos gastados de leer. Había nacido en Buenos Aires en 1910, segundo de cuatro hijos de padres inmigrantes, y de regreso a España había ingresado a la congregación de los Hermanos de La Salle.
Asturias era, en 1934, una caldera a punto de estallar, y la explosión de octubre encontraría en Turón a Valdivielso, que había adoptado el nombre de Benito de Jesús.
Quién sabe si tuvo tiempo de darse cuenta de lo que pasaba. Aquella madrugada de hace 64 años, unas manos rudas de minero lo arrancaron de la casa donde estaba detenido, lo llevaron a empujones hasta el cementerio y le ordenaron pararse ante una fosa recién abierta.
Antes de que los fusiles dispararan sus sentencias, lo último que vio fue a sus siete compañeros de la orden y a un sacerdote, que apretaban los dientes y rezaban ante el pelotón.
Después, sólo el ruido de la descarga, y un futuro que, aunque no lo sabía, abriría el camino hacia la santificación.
Prehistoria de un futuro santo
Héctor Valdivielso Sáez nació en una casa de la calle Castro, en Buenos Aires, a fines de octubre de 1910. Hacía dos años que sus padres, Benigno y Aurora, habían llegado desde Burgos a la Argentina, con las exageradas esperanzas de los inmigrantes.
Los primeros años de Valdivielso son los más confusos de su vida. Aunque la versión más difundida dice que vivió en Buenos Aires hasta 1920, lo cierto es que en España hay documentos que prueban que estaba allí en julio de 1915, cuando fue confirmado en la parroquia de Santa María de Briviesca, cerca de Burgos.
Los documentos, sin embargo, no son enteramente confiables. La partida de nacimiento indica que nació el 31 de octubre de 1910, y en el acta del bautismo en la parroquia de San Nicolás de Bari se lee que nació el 29 de octubre de ese mismo año.
Para abundancia de dudas, otra contradicción: el acta está fechada el 26 de mayo de 1913, y treinta y un años más tarde, en julio de 1944, Benigno y Aurora Valdivielso declararon bajo juramento ante el párroco de Briviesca que su hijo había sido bautizado "entre el 20 de mayo y el 10 de junio de 1912".
Ni los historiadores de la congregación lasallana ni los propios familiares del futuro santo han podido despejar las incógnitas de su infancia.
Pedro Valdivielso, un sobrino que vive en San Martín de los Andes, conoció la vida de su tío a través de los testimonios de su madre y de su abuela, pero admite estar más emocionado con la futura canonización que con la controvertida historia familiar.
Briviesca es un pueblo edificado sobre los restos de una antigua ciudadela romana, 80 kilómetros al nordeste de Burgos. Tiene dos mil habitantes, una iglesia del siglo XIV y otra del XV, y una característica insólita: sus calles son paralelas y perfectamente perpendiculares.
En el pueblo cuentan que Isabel la Católica, cuando los moros destruyeron el campamento de Santa Fe en 1492, durante el sitio de Granada, mandó levantar otro a cal y canto, y ordenó: "Que sea como Briviesca".
En una casa ya demolida de la calle de Cantón Salazar, en Briviesca, Héctor Valdivielso Sáez pasó los años de su infancia. En este pueblo fue confirmado y tuvo sus primeros maestros en el colegio de las Hijas de la Caridad y luego en la Escuela Municipal.
Mariano Valdisán tiene 78 años y es el mayor y más apasionado especialista lasallano en Benito de Jesús. Aunque vive en Burgos, es un guía perfecto en Briviesca.
"La infancia de Valdivielso tiene que haber sido muy dura -cuenta-. Aún no había cumplido ocho años cuando el padre se fue a trabajar a México y la madre quedó sola al cuidado de los cuatro hijos. En este pueblo se educó y fue aquí donde nació su vocación religiosa."
Para esa vocación, dice Valdisán, contribuyeron dos personas: "La influencia más fuerte fue la de Celestino Pedro, un hermano lasallano que enseñaba en el convento de Bujedo, y a ella se sumó la de José, el hermano mayor de Héctor, que ingresó en la orden un año antes que él".
De Bujedo a Bélgica
Desde 1892, el colegio fundacional de la orden de La Salle en España está en Bujedo, al norte de Briviesca.
Valdivielso ingresó allí el 31 de agosto de 1922, y estuvo poco más de un año. "En 1924, la orden seleccionó algunos novicios para seguir estudios en la casa central de Lembecq-le-Hall, en Bélgica, y el hermano Benito viajó en octubre para allá", relata Melchor Peirotén, el actual director.
Tres años más tarde, en 1927, hizo sus votos en Lembecq, e inmediatamente regresó a Bujedo para luego pasar a Astorga a dar clases en el colegio de la orden. "De aquí tengo que salir hecho un sabio, para emplear mi ciencia en la salvación de las almas", escribió a su padre, que seguía en México, el 10 de noviembre de ese año.
Ignoraba, naturalmente, que saldría de allí para morir fusilado y que casi no le quedaría tiempo para salvar a nadie. En los últimos días del verano de 1933, Héctor Valdivielso Sáez llegaba a Turón, en la provincia de Oviedo.
Desde 1931, en España una república había sustituido a la monarquía. Hasta mediados de 1934 se habían ido sucediendo gobiernos socialistas cada vez más débiles, y una Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA) había comenzado a crecer oponiendo la militancia católica a los embates republicanos.
A principios de octubre, la CEDA había logrado colocar a tres ministros en el gobierno, y eso fue más de lo que anarquistas, comunistas y socialistas radicalizados pudieron soportar. Las primeras reacciones ocurrieron en Madrid y en Barcelona, y fueron rápidamente sofocadas. Después llegaría el turno de Asturias.
Conventos saqueados
La cuenca de Turón, adonde Valdivielso había llegado un año antes, quedó enseguida bajo control de los sublevados, quienes asaltaron la sede de la empresa minera, rodearon los cuarteles de la Guardia Civil, saquearon conventos e incendiaron el palacio del obispo.
La noche del 4 al 5 de octubre de 1934 comenzaron las detenciones de los sacerdotes, que eran alojados en la Casa del Pueblo. En la mayoría de los casos, la sospecha que pesaba sobre ellos era que ocultaban armas para las juventudes católicas. La cuñada de uno de esos curas, una mujer llamada Juana Fernández, fue quien dio la alarma a los lasallanos.
En ese momento en la escuela, un edificio de dos plantas que aún funciona, había ocho miembros de la orden y un cura, el padre Inocencio, al que habían dado refugio. Presurosos, trabaron las puertas y las ventanas y el sacerdote comenzó a oficiar misa.
Fue apenas unos minutos más tarde, a las seis en punto de la mañana del 5 de octubre, cuando escucharon los golpes en la puerta.
El fusilamiento
El piquete que detuvo a los lasallanos estaba integrado por treinta mineros, que entraron al colegio intempestivamente. "Buscaban armas, pero no las encontraron", dice Telmo Meirone, director de la Editorial Stella de Buenos Aires, que acaba de publicar un folleto sobre Valdivielso. Mariano Valdisán, el especialista de Burgos, prefiere no hablar sobre el tema.
Después de una requisa desordenada y tumultuosa, los ocho lasallanos y el cura Inocencio fueron llevados al cuartel de los sublevados en la Casa del Pueblo. Allí estuvieron los cuatro días siguientes, hasta la madrugada del 9 de octubre.
La tarde del día anterior, alguien -nunca se supo quién- había ordenado cavar una fosa en el cementerio de Turón. "El pozo tenía nueve metros de largo por 50 centímetros de ancho, y la profundidad era variable", dice Miguel Ramos Fernández, el actual director del colegio Nuestra Señora de Covadonga. "Era un cementerio nuevo -agrega-; había sido habilitado unos meses antes y todavía había pocas tumbas en el sector más cercano a la entrada."
A la una de la mañana del día siguiente, un piquete de ejecución dirigido por Silverio Castañón, minero y anarquista, condujo a los condenados a través del pueblo. Ya dentro del cementerio, a boca de fusil se les ordenó alinearse frente a la fosa abierta.
Las montañas negras de Turón, ennegrecidas aún más por la noche, fue lo último que vieron. Cuando Silverio Castañón dio la voz de "¡Fuego!", el padre Inocencio y los lasallanos José Sanz Tejedor, Filomeno López López, Claudio Bernabé Cano, Vicente Alonso Andrés, Román Fernández, Vilfrido Fernández Sapico, Manuel Seco Gutiérrez y Héctor Valdivielso Sáez, argentino de 24 años, cayeron bajo las balas que los hicieron mártires.
La víspera
En vísperas de su fusilamiento, la idea del martirio ya se había instalado fuertemente en el joven Héctor Valdivielso. Le había escrito a su padre:
- "No tenga miedo a ninguno de esos revolucionarios. Si le matan yo lo sentiría mucho, pero acuérdese de que entonces usted sería mártir, y Nuestro Señor lo llevaría al cielo."
- "Usted muéstrese valiente luchando por la Iglesia y no renunciando nunca a la religión, pues es la verdadera y debemos combatir por ella con coraje y energía."
- "¡Cuántos desearíamos estar ahí para demostrar con actos que amamos a Nuestro Señor! En las oraciones decimos mucho a Jesús: te amo. Pero cuando hay que probarlo, ya es otra cosa. Usted no sea así. Muéstrese católico contra todos. ¡Qué importa la muerte! Al contrario, es una gracia que Dios da a los escogidos."
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