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NUEVA YORK.― Más o menos cada década, los adultos descubren que los jóvenes consumen contenidos que corrompen sus mentes, y se desata un pánico moral. Se decía que los cómics crearían una generación de delincuentes; que la televisión convertiría a los niños en seres sedentarios y pasivos; que los videojuegos y el rap los incitarían a la violencia; y que internet los mantendría encerrados en el sótano, escribiendo en salas de chat con desconocidos peligrosos.
Ahora, el pánico gira en torno al fenómeno conocido como brain rot (o «podredumbre cerebral»): ese estado de fascinación hipnótica ante un flujo infinito de vídeos sin sentido en TikTok e Instagram Reels. Quizás escuchó alguno de estos vídeos este verano: capuchinos que bailan, inodoros que cantan, frutas musculosas... Estallidos repentinos de ruido, luces estroboscópicas y efectos visuales frenéticos. Todo esto no puede ser bueno.
Investigo cómo los entornos digitales moldean el comportamiento humano. Mi colega Anna Götzfried y yo publicamos recientemente un estudio en el que entrevistamos a jóvenes de la Generación Z (de entre 13 y 26 años) sobre cómo viven esta experiencia de «podredumbre cerebral»: qué significan para ellos estos vídeos y por qué los ven.
Descubrimos una generación dolorosamente consciente de los efectos que este fenómeno tiene en sus mentes. Luchan por desenvolverse en el entorno de las redes sociales que les ha tocado vivir y buscan una salida.
El pánico en torno a la «podredumbre cerebral» parte de la premisa de que el problema reside en el contenido mismo. Se asume que el hecho de que los jóvenes de la Generación Z consuman vídeos absurdos y de baja calidad —al ser impresionables por su edad— conduce inevitablemente a un deterioro cognitivo. Sin embargo, los participantes en nuestro estudio describieron lo contrario: el estado mental es lo primero. Tras navegar durante un tiempo prolongado por feeds seleccionados algorítmicamente, experimentan esa sensación de «podredumbre cerebral»: un estado de embotamiento y falta de criterio selectivo en el que simplemente consumen cualquier cosa que aparezca en pantalla.
Este fenómeno surgió en plataformas como TikTok y YouTube, donde el éxito depende de la cantidad de atención que se logra captar. Todo contenido en estas plataformas compite por la atención limitada de los usuarios. Esta competencia empuja los contenidos hacia formatos más rápidos, ruidosos y estimulantes, pero también más simples. El contenido sencillo es el que logra captar nuestra atención.
El modelo de negocio de las redes sociales trata la atención del usuario como una mercancía que se extrae y se vende. Cuanto más tiempo pasamos en ellas, más ingresos publicitarios generamos para los propietarios de las plataformas. Esta economía de la atención fomenta la interacción, pero no promueve contenidos de calidad.
Sin embargo, lo que nos llamó la atención en nuestras entrevistas fue la claridad con la que la Generación Z comprendía esta dinámica. (Las entrevistas son anónimas, siguiendo las convenciones de las ciencias sociales). Un participante nos dijo: «De todos modos vas a ver algo, así que ¿por qué no brain rot? En realidad es mejor que un anuncio, porque no te exige nada». Otro argumentó: «Si ahora todo es contenido, entonces el brain rot es anticontenido. Es la única forma de ser libre en línea: hacer algo tan estúpido que no se pueda monetizar».
Al hablar con miembros de la Generación Z sobre el brain rot, escuchamos reflexiones sofisticadas —aunque incómodas— que describían la respuesta de una generación ante las condiciones culturales y el entorno informativo abrumador que heredó. Como todas las generaciones anteriores, están sacando partido de las circunstancias que les tocaron vivir; en este caso, participando en un sinsentido deliberado.
Para describir este proceso, mi colega investigador y yo introdujimos el concepto de «antigratificación». La teoría tradicional de los medios, que se remonta a la década de 1970, parte de la premisa de que las personas eligen los medios para satisfacer necesidades: buscan información, conexión emocional, vínculos sociales o relajación. Pero en un entorno inundado de contenidos que pretenden monetizar la atención bajo la apariencia de educar, entretener, motivar o mejorar al usuario de alguna manera, el contenido que se enorgullece de no ofrecer nada se convierte en un alivio.
El brain rot rompe los moldes de las redes sociales mediante el absurdo y el rechazo deliberado a cualquier narrativa, propósito o mensaje. Hace un siglo, los artistas respondieron a los horrores de la Primera Guerra Mundial creando obras deliberadamente irracionales y antiestéticas. El dadaísmo rechazó la lógica cultural que había conducido a una matanza industrializada.
A su manera —impulsada por los memes—, el brain rot se niega a participar en la economía de la atención bajo las reglas de dicha economía. El chiste es que no hay chiste. El significado es que no hay significado. Y para una generación que creció viendo cómo cada una de sus interacciones digitales era rastreada, medida y monetizada, esa negativa se percibe como una forma de honestidad dentro de un sistema deshonesto.
Los participantes nos dijeron explícitamente que, dado que el contenido de brain rot es visiblemente falso o generado por inteligencia artificial, resulta menos explotador que las publicaciones pulidas de los influencers que fingen espontaneidad. «Todo el mundo sabe que está generado», comentó un participante, «así que resulta menos manipulador que las publicaciones que pretenden reflejar la vida cotidiana». Cuando la simulación admite ser una simulación, inspira más confianza que el contenido que finge ser real.
De ninguna manera pretendo idealizar el fenómeno del brain rot. Nuestros hallazgos estuvieron marcados por una profunda ambivalencia. Los mismos participantes que describieron el brain rot como liberador, también confesaban sentirse agotados y culpables, y se referían a la costumbre de mirar contenidos hasta quedarse dormidos como death scroll (desplazamiento infinito hasta el agotamiento).
Una de ellas nos dijo: «Me aterra no encontrar algo en lo que realmente sea buena, sobre todo porque no tengo aficiones. Supongo que mi afición es el brain rot [deterioro mental por consumo excesivo de contenido digital]. Además, se te acaba el tiempo del día en cuanto empiezas a mirar». Otra comentó, en términos generales, los hábitos de consumo de sus compañeros: «Saben que no les hace bien, pero les proporciona ese pequeño estímulo y una vía de escape». Simplemente te dejas llevar, igual que ocurre con cualquier otro vicio».
Esta ambivalencia refleja el estado emocional de quienes viven dentro de un sistema del que no pueden escapar. Perciben la manipulación y entienden qué hacen los algoritmos. Sin embargo, siguen desplazando la pantalla, pues son incapaces de imaginar una vida fuera de este sistema; la mayoría de ellos nunca ha conocido otra.
En consecuencia, prácticamente todos los jóvenes de la Generación Z con los que hablamos reclamaron explícitamente un cambio sistémico y estructural en las plataformas de redes sociales. No mediante aplicaciones de autocontrol o recordatorios sobre el tiempo de uso, sino a través del único mecanismo que consideran eficaz: la regulación. Un participante estableció un paralelismo directo con el tabaco: «Antes de que el gobierno regulara la industria tabaquera, todo el mundo fumaba, aunque supieran que era perjudicial. El entorno fomentaba y permitía que eso sucediera. Sí, hasta los médicos fumaban. Ahora necesitamos llegar a un punto en el que el entorno cambie para que también cambien los hábitos de los jóvenes».
El pánico moral oculta la verdadera historia que hay detrás. El brain rot no demuestra que los jóvenes se estén volviendo más tontos; demuestra que la economía de la atención funciona exactamente según lo previsto, y que quienes están más inmersos en ella lo perciben con mayor claridad que los observadores externos.
El brain rot representa el reconocimiento colectivo de un estado cognitivo compartido; todos hemos pasado por la misma trituradora algorítmica. «El humor está profundamente ligado a la sensación de formar parte de una broma interna», señaló un participante. «El brain rot te da la impresión de estar al tanto de algo». Las frases recurrentes de estos vídeos trascienden los espacios digitales y se filtran en las conversaciones cotidianas, integrándose en el habla habitual sin que nadie «entienda siquiera qué significan realmente esos términos». De este modo, el fenómeno del brain rot (o «podredumbre cerebral») funciona como la jerga: carece de sentido para los ajenos al grupo, pero está cargado de significado social para quienes forman parte de él. Los observadores externos ven vídeos de inodoros que cantan o de un híbrido entre chimpancé y plátano con un audio en bucle, y perciben un deterioro cognitivo. Quienes han experimentado el *brain rot* ven una señal de pertenencia al grupo y un breve respiro frente a un entorno mediático que, por lo demás, les exige algo a cada instante.
Durante la Gran Depresión, el Pato Donald —un personaje que fracasaba constantemente en todo— ofreció alivio emocional a millones de personas al transformar sus condiciones sociales en comedia. Del mismo modo, el brain rot canaliza el estado de ánimo colectivo de la Generación Z. La diferencia clave radica en que el Pato Donald era un producto corporativo impulsado desde arriba, mientras que el *brain rot* es generado por los usuarios y se difunde a través de memes. Esto le confiere una autenticidad de origen popular que los medios tradicionales no pueden replicar, aun cuando las plataformas que lo albergan sigan siendo corporativas.
Esto nos lleva al problema central que hemos hallado en nuestra investigación: la paradoja de la «antigratificación» es que permanece arraigada dentro de los límites del sistema al que se opone. El contenido de brain rot sigue generando métricas de interacción, alimentando algoritmos y reportando beneficios a sus creadores, lo que, en última instancia, retiene a los usuarios en la plataforma. Es cierto que los ingresos de los influencers humanos pueden verse afectados a medida que el contenido patrocinado que publican pierde cuota de mercado, pero las plataformas continúan captando la atención de los usuarios sin que ello suponga una amenaza para su modelo de negocio. Cabe señalar también que los peluches y otros artículos basados en personajes de *brain rot* están ampliamente disponibles y gozan de gran demanda. El sentido de rebelión de la Generación Z al consumir contenidos absurdos es genuino; otra cuestión muy distinta es si resulta eficaz.
Se atribuye a Henry David Thoreau el primer uso de la expresión «podredumbre cerebral» o brain rot en su obra Walden, con el fin de criticar cómo la sociedad tradicional reprimía la curiosidad, algo que, a su juicio, fomentaba un pensamiento simplista y superficial. Hoy en día, esa represión emana de una infraestructura tan omnipresente y bien diseñada que las personas que viven inmersas en ella son capaces de describir sus mecanismos con detalle, pero aun así no logran escapar de ellos.
Deberíamos preocuparnos. Pero no por nuestros hijos ni por el contenido que producen y consumen. Deberíamos preocuparnos por la infraestructura de las redes sociales, que ha hecho que la atención sostenida y concentrada —esa capacidad esencial para el crecimiento individual, la conexión personal profunda y la participación social— parezca inalcanzable para toda una generación. En lugar de debatir si los adolescentes se están arruinando el cerebro con el «Ballerina Cappuccina», deberíamos preguntarnos por qué las empresas tecnológicas más sofisticadas del mundo optimizan sistemáticamente sus sistemas para provocar el agotamiento cognitivo y así captar nuestra atención.
Para tratar el deterioro cerebral,Debemos abordar el problema de infraestructura que esto deja al descubierto. Las plataformas podrían medir el éxito no por el tiempo de permanencia, sino por la sensación de los usuarios de haber invertido bien su tiempo. Podrían esforzarse por hacer que la toma de decisiones algorítmica sea más transparente en lugar de más opaca. Cuando detecten que los usuarios han llegado a un estado de agotamiento cognitivo, podrían diseñar soluciones que ofrezcan alivio, en vez de explotar esa situación para generar más interacción. Podrían permitir que los grupos de usuarios se apoyen mutuamente para respetar los límites de tiempo en redes sociales, en lugar de aislar al individuo frente a un algoritmo diseñado para saltarse cualquier restricción. Nada de esto es técnicamente difícil, pero sí comercialmente inconveniente. Y por eso no sucederá de forma voluntaria.
En mis más de diez años de investigación sobre la distracción tecnológica, ningún participante ha declarado jamás haber pasado demasiado tiempo usando mapas, consultando el tiempo o identificando canciones con Shazam. Todos sabemos dónde reside el problema. La Generación Z se comporta tal como cabe esperar en el sistema en el que la hemos situado. El deterioro cognitivo —ese fenómeno a veces llamado brain rot— es una llamada de auxilio.
Por Maxi Heitmayer
El Dr. Heitmayer es profesor adjunto en la Universidad de Rowan y estudia la distracción tecnológica, la economía de la atención y la cultura digital.



