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Nico tiene 9 años. Corre, juega a la pelota, tiene su grupo de amigos y una energía que parece no agotarse. “Nico hoy está bárbaro”, cuenta su madre, Soledad Descalzo, mientras lo mira jugar en la plaza. Y se emociona. “Parece mentira todo lo que pasó”, dice. Porque para llegar a esa escena cotidiana hubo que atravesar meses de incertidumbre, guardias, estudios, médicos que no encontraban una explicación y una familia que, aun sin saber qué tenía su hijo, estaba convencida de que algo no estaba bien.




