
La vigilia continúa en la terapia intensiva del hospital Argerich
La larga asistencia de los familiares
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Una chica sale disparada por la puerta del sector de terapia intensiva y corre hacia sus familiares. Les cuenta algo muy bajito y sonríe con los ojos bien abiertos, como si le costara creerlo. Después, abraza fuerte a una de sus hermanas. Las dos se apartan un poco y se miran llorar de alegría en silencio.
Valeria Romagialli acaba de ver a su hermana Eliana, de 26 años, que sonrió por primera vez desde aquella noche trágica del 30 de diciembre. Además de Eliana, otros 14 jóvenes víctimas del incendio en República Cromagnon siguen internados en el Hospital de Agudos Cosme Argerich. Sus familiares los acompañan, entre la esperanza y el desconsuelo.
"¡Está divina!", dice Valeria a LA NACION, todavía emocionada. "Cuando sonríe, se le achinan los ojos. Me dejó pasmada."
La madre de las dos, Patricia, tampoco sale de su asombro. "Hoy pidió un Sandy de chocolate. ¡Es una ídola!", dice, casi a los gritos. Según relata, fue a comprarle el postre y ella se lo comió todo. Después, claro, se ligó tremendo sermón de la nutricionista, pero mucho no le importó.
"Todavía hay algunos pacientes en estado grave", informa a LA NACION el jefe de la Guardia, Luis Capalbo. "Dos de los chicos están críticos y tres están en internación de guardia. Estos ya pueden moverse pero siguen con controles. Otros 10 chicos están en terapia intensiva o intermedia, y en salas de clínica. Son 15 en total. Tres fueron dados de alta estos días."
Es la hora de visitas y los pasillos del hospital se llenan de familiares ansiosos por ver cómo evolucionan los chicos. En los pisos de las salas de espera, donde muchas familias durmieron los primeros días después del incendio, hay bolsos, botellas, sillas e incluso reposeras de playa.
"Yo pasé el Año Nuevo acá, con él", dice Sergio, hermano de Rodolfo Cartozzolo, de 19 años, que sigue grave. "En mi familia estamos colgados, esperando alguna noticia buena. Un doctor viene y dice una cosa, y después el de otro turno te dice lo contrario. Ya ni duermo", suspira. Sus ojos están hinchados por el llanto, como los de muchos otros que deambulan por el lugar.
Hay un grupo de chicas sentadas en el piso. Son amigas de Victoria Nocitto, una maestra jardinera de 22 años, que está estable. Ellas le llenaron el cuarto de fotos y dibujos para distraerla.
Ahora, soportan como pueden un calor agobiante. "Para comer vamos al McDonald’s de abajo, sólo porque tiene aire acondicionado", cuenta Ana Fuentes, que estudia medicina. Gabriela Ivan explica que las lesiones en el sistema respiratorio de su amiga "Vitu" son muy delicadas. "Las heridas internas son más difíciles de curar que las externas", dice.
Jorge Sachetti es padre de Pablo, uno de los cuatro jóvenes a los que ayer les sacaron el respirador. "Hoy estoy feliz, pero cuando vine a buscar a mi hijo encontré despojos humanos. Estaba lastimado y todo negro, con un tubo en la boca. Cuando vi eso no entraba en mi cuerpo. Es algo espantoso. Jamás lo voy a olvidar", afirma.
Sachetti expresa el agradecimiento de todos los padres hacia el hospital. "Los médicos tratan a nuestros hijos como si fueran suyos."
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