
Llegaron a Buenos Aires más de cien íconos del Museo del Kremlin
Unico: se trata de piezas de arte sacro de los siglos XV al XIX; muchos de los objetos que se exhiben no habían salido nunca de Rusia.
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En el siglo X se presentaron ante el príncipe Valentín de Kiev embajadores búlgaros, alemanes y griegos para convencerlo de adoptar sus religiones (musulmana, católica y ortodoxa, respectivamente). Pero según el manuscrito ruso más antiguo, fue la impresionante belleza de los templos ortodoxos la que finalmente determinó la elección de la nueva fe.
A partir de hoy, los porteños pueden visitar algunos de los máximos exponentes de este arte sacro: los iconos del Museo del Kremlin de Moscú, -algunos de los cuales nunca salieron de Rusia- que se exponen hasta el 16 de julio en el Centro Cultural Recoleta. Pueden ser visitados de martes a viernes, de 14 a 21, y sábados y domingos, de 10 a 21.
Se trata de más de cien obras realizadas entre el siglo XV y el XIX, que incluyen a las tres vírgenes más veneradas de las lejanas estepas: la de Vladimir, la de Kazán y la de Smolensk en grandes figuras inclinadas que representan la resignación y la obediencia a la voluntad divina.
La imagen de Vladimir fue trasladada a Rusia en el siglo XII y, según la leyenda, su versión original, que se encuentra en la Catedral de la Anunciación del Kremlin, fue pintada por San Lucas. A la muestra del CentroCultural Recoleta llegaron varias réplicas, pintadas en su mayoría durante la Edad Media.
"Es una de las muestras más importantes de los últimos años -aseguró a La Nación la secretaria de Cultura porteña, Teresa Anchorena-, y decidimos realizarla en un ámbito dedicado al arte contemporáneo porque sus figuras simplificadas tienen mucho que ver con éste."
La funcionaria recordó, además, que cuando Matisse vio por primera vez estos retratos planos, de apariencia lacónica, se sorprendió por lo parecidos que eran a su propia obra.
"Esto ocurre porque el objetivo del icono (que jamás está firmado) no es mostrar apariencias, sino esencias", aseguró Olga Mirónova, vicedirectora del Museo, que acompañó a las obras en su visita a la Argentina.
Y explicó que cada detalle en las obras tiene un significado: la frente alta simboliza la profundidad del pensamiento; los ojos grandes, la penetración en los misterios divinos; los labios finos, ascetismo, y la cabeza gacha, atención a la voluntad de Dios.
Pero no todo es iconos en la muestra: otras de las joyas son los tejidos con rostros bordados, como el del famoso Metropolita Iona, jefe de la iglesia rusa en el siglo XV, bordado en hilos metálicos con el Evangelio en la mano izquierda.
Mirónova, que trabaja desde hace décadas en el Museo -por donde pasa un millón y medio de personas por año- aseguró que junto al nuevo fervor que la religión está tomando en la ex Unión Soviética se incrementó notablemente el interés por el arte sacro.
Y consultada sobre las diferencias de trabajar en el Museo del Kremlin bajo los comunistas y hoy, sonrió con un dejo de ironía: "Los museos de todas partes del mundo, en cualquier momento histórico son muy parecidos: instituciones conservadoras. Y los problemas, también son compartidos, ¡porque a nadie le parece el presupuesto suficiente!", aclaró.




