“Meta entra en su era zombi”: advierten que las redes sociales deben proteger a todas las edades y no solo a los chicos
Así lo plantea Julia Angwin, autora especializada en políticas tecnológicas; dudas sobre el real alcance del acuerdo histórico de Instagram y Facebook con la Justicia de Estados Unidos
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NUEVA YORK.- Durante mucho tiempo, las grandes empresas tecnológicas parecían imparables. En 1996, el Congreso les otorgó protección legal, haciendo que fuera casi imposible responsabilizarlas en los tribunales. Y, pese a las crecientes evidencias de cómo la tecnología facilitaba la difusión de mentiras, la discriminación, el acoso y las estafas, legisladores de ambos partidos, inundados de dinero del sector tecnológico y presionados por sus lobistas, fracasaron repetidamente en su intento de regular la industria.
Ahora, por fin, estamos entrando a los tumbos en una era de rendición de cuentas. No es un proceso tan reflexivo e integral como podría haber sido si hubiéramos seguido el ejemplo de casi todos los demás países y aprobado leyes amplias para proteger nuestra privacidad y seguridad de los datos, además de limitar las manipulaciones algorítmicas. En cambio, estamos optando por una estrategia de muerte por mil cortes. A medida que jueces y jurados se muestran cada vez más escépticos frente al argumento de las grandes tecnológicas de que no deberían asumir ninguna responsabilidad por los daños que sus productos causan a los consumidores, las demandas y las multas se acumulan.
Esta última semana, 47 estados, el Distrito de Columbia y algunos territorios estadounidenses dieron un fuerte golpe a Meta al lograr que la propietaria de Facebook e Instagram aceptara pagar hasta US$17.100 millones en sanciones por acusaciones de haber engañado deliberadamente al público sobre el daño que sus plataformas estaban causando a los usuarios adolescentes.

La multa, aunque enorme, es mucho menor que los US$1,4 billones que, según Meta, reclamaban los estados. Además, palidece frente al acuerdo de US$206.000 millones alcanzado por la industria tabacalera en 1998. Y Meta solo desembolsará la totalidad de la suma si sus principales rivales, YouTube, TikTok y Snap, también limitan el tiempo que los menores pueden pasar en sus aplicaciones, una maniobra inteligente considerando que los adolescentes ya dedican más tiempo a algunas de esas plataformas que a las de Meta.
Tal vez por eso las acciones de la compañía apenas se resintieron tras el anuncio del acuerdo. Soy escéptica respecto de que las medidas de protección prometidas para los jóvenes produzcan cambios significativos en la salud mental de los adolescentes.
Pero cada golpe cuenta mientras Meta entra en su era zombi, caracterizada por una base de usuarios estancada, beneficios en declive, crecientes responsabilidades legales y los costos astronómicos de intentar abrirse camino en el mercado de la inteligencia artificial.
“Imperfecto”
Este acuerdo, aunque imperfecto, puede ser una señal de lo desesperada que está Meta por desprenderse de parte de sus responsabilidades legales antes de afrontar una avalancha independiente de más de 100.000 demandas individuales presentadas por usuarios que sostienen que las plataformas de la compañía fueron diseñadas deliberadamente para generar adicción y carecen de protecciones adecuadas para menores. Los tribunales han agrupado estas demandas en un único proceso que podría desembocar en otro acuerdo global.
Ante la perspectiva de esos casos, y con sus viejos argumentos legales perdiendo eficacia, Meta ha aceptado introducir cambios sustanciales en Facebook e Instagram. Llegó a un acuerdo con los fiscales generales para limitar a los adolescentes a dos horas diarias de uso de las redes sociales, bloquear notificaciones durante la noche y en horario escolar, desactivar los feeds algorítmicos y prohibir los filtros de belleza, entre otras medidas. Los padres tendrán derecho a anular o modificar esos límites, obteniendo por fin herramientas significativas para controlar las cuentas de sus hijos.
Por mucho que me gustaría aplaudir cualquier esfuerzo destinado a reducir los daños, es poco probable que simplemente dar a los padres unos cuantos controles adicionales produzca cambios importantes en la conducta de los adolescentes en las redes sociales.
Por un lado, es posible que los jóvenes encuentren formas sencillas de evadir las nuevas restricciones. Cuando Australia prohibió en diciembre pasado que los menores de 16 años utilizaran redes sociales, muchos simplemente encontraron maneras de sortear la prohibición utilizando redes privadas virtuales (VPN) que les permitían aparentar que se conectaban desde fuera del país, además de crear cuentas falsas.
“Una proporción considerable de los niños australianos menores de 16 años sigue manteniendo cuentas, creando nuevas cuentas o superando los sistemas de verificación de edad de las plataformas”, afirmó un informe del gobierno australiano en marzo pasado.
En el acuerdo, Meta ha evitado cuidadosamente asumir responsabilidad por los adolescentes que eludan las limitaciones. La empresa se comprometió a garantizar que sus herramientas de verificación de edad, que incluyen identificaciones virtuales y escaneos faciales, tengan tasas de error inferiores al 10%. Sin embargo, Meta solo se comprometió a realizar sus “mejores esfuerzos” para combatir los métodos más comunes utilizados para burlar esos controles.

Además, el acuerdo no aborda dos de las decisiones de diseño más perniciosas de las redes sociales: el desplazamiento infinito o infinite scroll, es decir, la carga constante e interminable de contenido para mantener enganchados a los usuarios; y las recompensas variables generadas por los “me gusta” y comentarios de otras personas, que llevan a los usuarios a actualizar sus páginas repetidamente con la esperanza de obtener una nueva dosis de dopamina.
De hecho, los cambios de Meta no hacen nada para ayudar a los usuarios adultos, que también son vulnerables a las manipulaciones de las grandes tecnológicas. Entiendo que sea políticamente popular concentrarse en la protección de los menores, cuyos cerebros aún están en desarrollo y, por lo tanto, son más susceptibles a la manipulación. Pero existen abundantes pruebas de que las redes sociales también perjudican a muchos adultos, especialmente a las personas mayores, que son víctimas de estafas en línea en niveles cada vez más altos, según el FBI.
El énfasis en la verificación de edad también es peligroso para nuestra capacidad de permanecer anónimos en internet, una libertad que damos por sentada en el mundo real, pero que hemos estado demasiado dispuestos a sacrificar en el mundo virtual. Nunca aceptaríamos mostrar nuestro pasaporte antes de leer un volante pegado en un tablón de anuncios del barrio. Entonces, ¿por qué hacemos el equivalente en internet? Vivimos en una época en la que un padre de Texas casado con una manifestante contra ICE puede ser condenado a 30 años de prisión por conspirar para ocultar documentos (había trasladado una caja de revistas impresas en su hogar). Necesitamos la libertad de compartir y consumir información sin ser vigilados.
Aunque celebro que Meta esté incorporando algunas medidas básicas de seguridad para los menores, una opción mucho mejor sería hacer que estas plataformas fueran seguras para todos. Todos nos beneficiamos de los cinturones de seguridad en los automóviles o de los cascos en las obras de construcción. ¿No deberíamos estar todos protegidos también de las prácticas depredadoras de las grandes tecnológicas?
La autora es fundadora de Proof News, escribe sobre políticas tecnológicas y es autora del libro “Sobre el coraje: cómo ser un disidente en una era de miedo”
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