
Millones de madres y padres están usando los nuevos medicamentos para adelgazar: ¿cómo deberían hablar de eso con sus hijos?
La omnipresencia de estos fármacos plantea nuevas preguntas sobre temas complicados como la salud, la nutrición y la imagen corporal con niños que son testigos de sus efectos
11 minutos de lectura'

WASHINGTON.- Cuando Carey Moreno-Hunt comenzó a tomar un medicamento para bajar de peso tipo GLP-1 hace unos tres años, supo de inmediato que hablaría de ello con sus cuatro hijos. Su familia siempre fue muy abierta entre sí, dice, y como médica entendió que los efectos del fármaco podrían volverse evidentes rápidamente para su hijo y sus tres hijas, cuyas edades oscilaban entre los 12 y los 18 años.
“Cambia tu frecuencia de alimentación, cambia el tamaño de tus porciones, cambia tus elecciones de alimentos –advierte–. Mis hijos notaron todo eso y hablamos al respecto”.
Esas conversaciones se centraron en temas como la planificación de las comidas familiares (“Ahora es un poco más saludable; hay un mayor equilibrio entre proteínas y carbohidratos”, afirma Moreno-Hunt), así como en su historial médico; Moreno-Hunt es portadora de mutaciones genéticas que la ponen en mayor riesgo de desarrollar miocardiopatía, un tipo de enfermedad cardíaca. Habló con sus hijos sobre su deseo de vivir más tiempo y sentirse mejor, tanto por su propio bien como por el de ellos.
Pero lo que Moreno-Hunt no enfatizó, apunta, fue la pérdida de peso, aunque el impacto del fármaco fue drástico: finalmente perdió más de 40 kilos. “Nunca usé la palabra ‘gorda’. Nunca hablé mal de mí misma, jamás, con respecto a mi peso. Todo estuvo centrado en la salud”, detalla.
La cantidad de personas que consumen GLP-1, una clase de medicamentos para la pérdida de peso y la diabetes que se venden bajo nombres comerciales como Ozempic, Wegovy y Zepbound, se disparó en los últimos años. Millones están atravesando la experiencia de un nuevo medicamento transformador en el contexto de la paternidad, tratando de descifrar si, o cómo, hablar con niños curiosos que podrían notar una caja de jeringas en la heladera, una porción más pequeña en un plato o el cambio en el tamaño corporal de uno de sus padres. La omnipresencia de estos fármacos plantea nuevas preguntas sobre cómo abordar temas complicados como la salud, la nutrición y la imagen corporal con niños que son testigos de los efectos de gran alcance de estas drogas, tanto dentro de sus familias como en la cultura en general.

A esto hay que añadir que los padres que enfrentan esas preguntas –en particular los de la Generación X y los millennials– se encuentran entre las normas que definieron su propia infancia en los años 80 y 90 y las que ahora dan forma a la orientación parental convencional sobre los mensajes de la “cultura de la dieta”. Es posible que no les llamara la atención tener alacenas llenas de alimentos dietéticos, pero en las décadas siguientes, un sólido cuerpo de investigación demostró cuán dañinos pueden ser para los niños las conversaciones centradas en el peso y el comportamiento de hacer dieta, y muchos expertos y líderes de opinión promueven mensajes de positividad corporal y alimentación intuitiva. Los padres que toman GLP-1 deben equilibrar todo esto: el bagaje obsoleto, las pautas modernas y un medicamento innovador para bajar de peso.
A Leah, madre de tres hijos en Maryland, quien habló bajo la condición de ser identificada solo por su nombre de pila para proteger su privacidad médica, le pareció correcto abordar el tema con sus hijos de quinto y sexto grado poco después de que comenzara a tomar uno de esos productos hace un par de meses. “Mis hijos son muy curiosos –comenta–. Siempre tienen la nariz metida en la heladera y sabía que se estarían preguntando: ‘¿Qué es esto?’”.
Su hijo mayor no estaba particularmente interesado, expresa, mientras que su hijo menor se centró principalmente en las jeringas; él también tomó medicamentos mediante inyecciones, por lo que se sentó con ella para ofrecerle apoyo durante sus primeras inyecciones semanales. Cuando Leah explicó por qué estaba tomando el medicamento, describió su reciente diagnóstico de apnea obstructiva del sueño. Evitó hablar específicamente sobre su peso; no quería que eso estuviera en la mente de sus hijos.
Sin embargo, sí está en la suya. Desde que comenzó con la medicación hace semanas, Leah se pesa a diario, fuera de la vista de sus hijos. “Soy muy consciente de la imagen corporal y, cualesquiera que sean mis luchas, no quiero transmitirlas, especialmente a mi hija”, sostiene, refiriéndose a su hija menor, una niña en edad preescolar: “Esa es la única parte que trato de mantener en privado. No quiero enviar ningún mensaje subliminal”.
Para los padres que quieren controlar su propia narrativa en torno de los GLP-1, existe el desafío particular de la glorificación de la delgadez profundamente arraigada en muchas culturas, y la omnipresencia de los medicamentos para bajar de peso, así como sus campañas de marketing, solo intensifican el enfoque en la imagen corporal.
En un viaje familiar reciente a Nueva York, Jennifer Anderson –dietista registrada, autora de Feed Them Well: A Guide to Raising Healthy, Confident Eaters for Life y fundadora del recurso para padres centrado en la nutrición Kids Eat in Color– notó a su hijo adolescente hipnotizado por una publicidad masiva de tratamientos con GLP-1, que presentaba una imagen más grande que la vida real de la exestrella de básquetbol Charles Barkley con una jeringa clavada en el brazo. El texto del anuncio tenía una flecha hacia abajo junto a las palabras “45 libras” (aprox. 20 kilos).
No era la primera vez que sus hijos veían publicidad de un fármaco GLP-1. “Estoy recibiendo publicidad directamente en mi buzón con fotos de personas... y está muy claro que se trata de peso. Como adultos, podemos pensar: ‘Oh, tengo el colesterol alto, tengo prediabetes, estoy haciendo esto porque podría mejorar mi vida o extenderla’; hay muchas razones por las que un adulto podría hacer esto como parte de su atención médica. Y, sin embargo, la publicidad y el atractivo para cualquiera en los Estados Unidos es: ‘Puedes ser más delgado, porque ser más delgado es mejor’”, agrega.

Esos mensajes dejan una impresión en todos, incluidas las audiencias más jóvenes, afirma Anderson, “así que, aunque me encantaría que no tuviéramos que hablar de peso con los niños, y recomiendo a los padres que eviten hablar de su peso con ellos, me temo que va a tener que surgir cada vez más debido a esto”.
Estas discusiones deben abordarse con mucho cuidado, advierte, teniendo en cuenta que los padres y particularmente las madres que hablan sobre el peso o las dietas son un factor de riesgo para que las niñas desarrollen conductas alimentarias desordenadas.
“Si es posible, no hables de tu cuerpo en términos de peso, o pérdida de peso, ni digas nada despectivo sobre tu cuerpo –aconseja Anderson–. Podrías decir: ‘Estoy tomando un medicamento nuevo para mi diabetes y me va a ayudar’. Eso es todo lo que tenés que decir. No tenés que hablar sobre cómo tu cuerpo podría cambiar de forma o no”. (Por lo general, no hacemos esto con otros medicamentos, señala; la mayoría de los padres no alertaría a sus hijos sobre un nuevo antidepresivo que podría causar aumento de peso).
Esto supone que un padre no está tomando un GLP-1 puramente por razones estéticas. Pero si lo está haciendo, si un cuerpo más pequeño es el objetivo principal, entonces es aún más importante que los padres no hablen de esto con sus hijos, considera Anderson, “porque eso realmente está perpetuando el ideal de delgadez de la cultura de la dieta”.
Anderson sugiere que los padres dejen que los niños guíen la conversación. Algunos podrían no notar ningún efecto de la medicación en absoluto. Otros podrían hacer preguntas si sus padres comen alimentos nuevos o diferentes. Y si un niño comenta sobre el cambio en el tamaño corporal de un padre, añade Anderson, lo mejor es responder con un lenguaje neutral.
“Podemos describir nuestros cuerpos de manera objetiva. Podemos decir: ‘Oh, mi cuerpo cambió. A veces los cuerpos se vuelven más pequeños, a veces los cuerpos se vuelven más grandes, nuestros cuerpos están destinados a cambiar de tamaño con el tiempo’”, ejemplifica.
Ellyn Satter, autora de Child of Mine: Feeding with Love and Good Sense y una autoridad destacada en la alimentación infantil, se hace eco de esta guía. “Estás tratando de no dar a entender que la pérdida de peso es algo bueno”, indica. Un niño podría internalizar ese mensaje, y “necesitamos aceptar los cuerpos de los niños tal como son”.
La medicación de un padre podría afectar el apetito o las elecciones de alimentos hasta cierto punto, recuerda Satter, pero eso no es necesariamente una preocupación siempre que esto no afecte la forma en que se alimenta a un niño. Una familia debería seguir ofreciendo todo tipo de alimentos en su planificación de comidas y evitar imponer una “mentalidad de dieta”, dice.
Incluso ve una ventaja potencial: debido a que se sabe que los GLP-1 silencian el “ruido alimentario”, una preocupación constante o incluso intrusiva por la comida, los padres que toman el medicamento podrían encontrarse más capacitados para seguir las señales naturales de hambre de su cuerpo, suma Satter, que es exactamente lo que sus hijos también deberían estar haciendo.
“Siempre llevá la conversación de vuelta a ‘qué tanta hambre tengo’ y ‘qué tan lleno estoy’. Abordala de una manera que se centre en escuchar esos reguladores internos de hambre, apetito y saciedad. Si [los padres] pueden salir de esto con actitudes y comportamientos alimentarios más positivos de los que tenían al entrar, y si se alimentan fielmente y se dan permiso para comer, entonces ese es un paralelo perfecto con lo que están haciendo con sus hijos”. describe.
Así es como Lindsay Maggio piensa sobre comer frente a sus hijos. Maggio, médica especializada en medicina de la obesidad y autodenominada madre soltera por elección, comenzó a tomar un medicamento GLP-1 hace cinco años. “Siempre estuvo en mi mente como madre: ¿cómo abordamos la comida con los niños de una manera diferente a como se hacía con nosotros en los 80 y 90? –dice–. Siempre estaba preocupada, porque definitivamente estaba comiendo menos”.
Maggio no habló con sus hijos sobre la medicación al principio porque tenían solo 2 y 4 años, pero cuando ocasionalmente notaban sus patrones de alimentación cambiantes, ella señalaba las mismas señales intuitivas e internas que quería que ellos siguieran: “Si alguna vez preguntaban: ‘Mami, ¿por qué no estás cenando esta noche?’, yo decía: ‘Bueno, es mejor comer cuando sentís hambre’”, explica.
En los primeros dos años con la medicación, perdió más de 45 kilos. “Cambió totalmente mi vida”, admite. Sus hijos tienen 7 y 9 años ahora, y ocasionalmente comentaron lo diferente que se ve cuando hojean fotos de hace años en su teléfono, pero su apariencia no es el cambio más significativo que notaron: “He corrido tres maratones en los últimos años. Se trata de lo que mi cuerpo puede hacer ahora”.
Leah todavía se está acostumbrando a tomar el GLP-1, pero ya siente que está mejorando su relación con la comida. Solía ser que cuando su familia se sentaba junta para una noche de película, “sacábamos todos los bocadillos, e incluso si no estaba interesada, comía de todo”, comenta. Esa compulsión desapareció. “Poder modelar una toma de decisiones más saludable frente a mis hijos fue realmente útil”, dice.
Los hijos de Moreno-Hunt notaron un cambio similar en su comportamiento: que ella no come algo por reflejo solo porque está ahí. “Creo que eso los ayudó a aprender a escuchar a sus propios cuerpos: ¿tienen hambre o no tienen hambre?”, señala.
Aun así, ella permanece muy atenta a las formas en que la experiencia de su familia con los GLP-1 podría estar moldeando a sus hijos adolescentes. Hace aproximadamente un año, Moreno-Hunt y su esposo notaron que su hija adolescente había hecho algunos cambios notorios en sus hábitos de alimentación y ejercicio: centrarse en el entrenamiento para deportes, reducir los carbohidratos, comer más proteínas.
Hablaron de ello en familia y con el pediatra de su hija, y sus preocupaciones iniciales se calmaron; su hija es una comensal saludable y una atleta fuerte, dice Moreno-Hunt.
Pero ella no da esto por sentado. “Todos nuestros hijos tienen amigos que tienen trastornos alimentarios, especialmente en los deportes con chicas adolescentes. “Lo seguimos muy de cerca”, concluye.
1
2En el corazón de los Andes: el inédito geoglifo que pudo ser un centro ceremonial e intriga a los arqueólogos
3Gabriel Rolón: “Podemos alcanzar la faltacidad, la mezcla de falta y felicidad, que es una felicidad en falta”
4Así sintieron los vecinos de Ezeiza las explosiones en el motor de un avión de Aerolíneas Argentinas que debió regresar a pista
