
No más ojos oblicuos
Acabamos de leer en la prensa que, en el Hospital Italiano de Buenos Aires, actúa una médica argentina de origen coreano, llamada Moon-Young Sin. Es cirujana en la Sección Plástica Ocular y Vías Lacrimales. Allí realiza dos operaciones que ya hacen furor en los países asiáticos, desde hace años: blefaroplastía oriental y epicantoplastía. Se trata de procedimientos quirúrgicos sencillos, que cambian la forma del ojo y lo hacen más redondeado. Explica la doctora Sin: "La blefaroplastía crea un surco o pliegue en el párpado, que está presente en los ojos occidentales y no en la mitad de los ojos orientales. De esta forma, el ojo se ve más grande y más bello. El epicanto es el pliegue que se encuentra en el borde interno del ojo, característico de los asiáticos, y que sólo aparece en el 4 por ciento de los occidentales. Mediante la cirugía se retira esta pequeña porción de piel. El resultado de las dos operaciones equivale a occidentalizar la cara".
Las pacientes que solicitan esta cirugía provienen de las comunidades coreana, china y taiwanesa. Son mujeres menores de 30 años, y en general se trata de señoritas entre los 12 y los 20. Este rasgo que define el rostro de una persona asiática ha sido denominado "plica mongólica" por los antropólogos. La plica puede ser interna, externa o de ambos extremos del ojo. Es un rasgo que se presenta en los grandes pueblos llamados de "raza amarilla", del continente asiático, y también entre los esquimales, más casi todas las etnias de nativos americanos.
La propia doctora Sin tiene unos bellos ojos asiáticos. No se los ha operado. Pero las chicas que quieren occidentalizar su mirada están cansadas, por lo visto, de ser "la china de la barra". Por algún motivo se sienten diferentes, raras, demasiado especiales.
Es curioso: las mujeres occidentales quieren tener ojos rasgados o algo que se le parezca, y usan hábilmente el delineador para lograr ese efecto "egipcio, misterioso, siberiano, tibetano". En una palabra, ese matiz vagamente asiático se relaciona justamente con el párpado, que al entornarse sobre la pupila crea la sensación de un velo. El resto lo hacen los pómulos altos, que de momento no se quitan ni se ponen mediante la cirugía.
En realidad, no debería sorprendernos: el eminente antropólogo Renato Biasutti ( Razze e Popoli Della Terra, 1960) anuncia que estamos en la era de la fusión de las razas. Todo el mundo proclama desde 1990 que el mundo está globalizado. Ya lo anunció el politólogo argentino Silvio Frondizi en su libro La Realidad Argentina de 1956: "Estamos avanzando hacia la integración mundial del capitalismo". Mañana mismo, un recital de Lady Gaga puede efectuarse, ante 500 mil espectadores, en Beijing, Santiago de Chile, Londres, Praga o San Petersburgo. El lenguaje musical, los gustos en el diseño de moda, las tendencias en materia de alimentación, el Twitter, el Skype, el Facebook, se uniforman de manera vertiginosa. Los idiomas que no son multinacionales, como el holandés o el catalán, pierden vigencia. El inglés predomina como "lingua franca" de este nuevo mundo.
Resultado de este proceso: todos los lugares son un poco el mismo lugar. Uno puede circular por las calles de Johannesburgo o Managua, y en todas partes verá el mismo McDonald´s, los mismos vaqueros, los mismos autos, los mismos pelos teñidos, y en los locales juveniles sonará la misma música.
La fusión de las razas tal vez haya comenzado en 1960, cuando los afroamericanos decidieron asumirse como negros e inventaron el eslogan: "Black is Beautifull". Aceptaron su pelo (difícil de peinar) y lo dejaron crecer en amplias motas electrizadas, generando el "afro look", o en crenchas yuxtapuestas a lo rastafari. Muchos blancos adoptaron el mismo peinado. De todos modos, es un hecho que millones de mujeres (y hombres) del mundo blanco usan el pelo afro, visten un kimono, un sari, una pashmina y otras prendas étnicas.
Las blancas quieren ser negras, por lo cual van a la playa o a la cama solar. Las negras quieren ser blancas, por lo cual se planchan el pelo. Otras se aclaran la piel. En un plano más profundo, el planeta está lleno de hombres que quieren ser mujeres, y también de mujeres que quieren ser hombres.
Si el mundo sigue por este camino, dentro de 100 años no habrá negros ni blancos, ni chinos ni suecos, ni hombres ni mujeres, ni gordos ni flacos, ni altos ni petisos. Todo será un agradable, potable, cordial medio tono, o mono tono, perfectamente igual. En ciudades donde se hablará un inglés neutro. Sin pasiones, ni contrastes, ni colores. Es una pena para los que admiramos las razas humanas, el cuerpo alucinante de una etíope, la magnífica postura de un atleta de Sumo, la mirada celeste de los holandeses.
En fin. Por lo visto, ese es el mundo que viene. Espero que a mis biznietos les divierta semejante bodrio: no me extrañaría. Yo no pienso estar allí.
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