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Picadas legales y autos para ver en familia: el plan ideal para hacer los domingos a solo 10 minutos de la Ciudad

Con competencias todos los fines de semana, El Picódromo de Esteban Echeverría se consolida como una alternativa que ofrece carreras cortas y amateurs ante la remodelación del autódromo porteño

El Pico, el plan familiar ideal para el domingo: picadas y autos a solo 10 minutos de Buenos Aires

Con competencias todos los fines de semana, El Picódromo de Esteban Echeverría se consolida como una alternativa que ofrece carreras cortas y amateurs ante la remodelación del autódromo porteño

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Hoy, carreras. Premio triple”. Ese es el mensaje que se lee en un cartel publicitario ubicado en una de las esquinas del cruce de Camino de Cintura (RP4) y avenida Olimpo, a menos de 10 minutos de la Ciudad de Buenos Aires. El cartel marca la entrada a El Picódromo de Esteban Echeverría, más conocido como “El Pico”, donde cada fin de semana decenas de aficionados a los automóviles se reúnen para poner a prueba sus reflejos y sus vehículos en una picada donde nada queda librado al azar.

El Pico es, desde el Día del Padre de 1999, el refugio para los amantes del ruido de motores y caños de escape. Allí todos los domingos se congregan grupos de familias y amigos que van por lo efímero: carreras cortas, pequeñas reacciones y charlas entre el bullicio y los motores de alta cilindrada. LA NACION acudió a una de las fechas para conocer qué hay detrás de un pasatiempo que, con los años, se convirtió en una misa dominical obligatoria y familiar, aunque no exenta de peligros. El desafío está en conseguir la sinergia entre la diversión y la seguridad, con el pedal a fondo.

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El Picódromo De Esteban Echeverría Por Dentro
El Picódromo De Esteban Echeverría Por Dentro

A las 14, a través de un parlante, una voz aguda y distorsionada llama a los competidores. En cuestión de segundos, se arma un desfile de autos que se encaminan hacia el ring de asfalto. Es el preámbulo de una manada de motores que gruñen, corredores que se alistan para acelerar y fanáticos que se acomodan en las gradas de madera. Sin embargo, los más apasionados no se sientan, buscan un lugar en la primera fila contra la reja que los separa de la pista de carreras de 201 metros de largo, en línea recta. Mientras tanto, el ambiente se tunea con picnics, embutidos y juguetes.

En El Pico, los protagonistas son los corredores y sus autos, y los perfiles de quienes compiten son muy variados: algunos participan desde hace años y otros van por primera vez a probar sus reflejos y descargar adrenalina. También hay jóvenes que, tutelados por sus padres, mejoran sus habilidades semana a semana en un ambiente controlado. Algunos, en cambio, participan inspirados por los más chicos de la familia e, incluso, hay quienes se desafían a sí mismos por el recuerdo de algún ser querido. “Por siempre, papá. Te extraño”, se lee en una calcomanía fijada a la luneta trasera de un Fiat Spazio TR, con la suspensión delantera al ras del suelo.

La jornada es un sin parar de picadas: una competencia de velocidad en línea recta donde dos vehículos arrancan desde cero con el fin de llegar antes a la meta en una distancia corta.

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Una de las primeras en acercarse a la línea de salida es una joven de 17 años que, temeraria e intrépida, se prepara para participar en la Copa Damas. Con su Fiat Uno marca un tiempo de 7.7 segundos. Al volver, hace una parada en una zona improvisada de boxes y, sin bajarse del auto, es recibida por su padre, que la felicita y le da indicaciones para la próxima salida. “Es una pasión que heredé”, le reconoce a LA NACION.

Detrás suyo, se invierte la historia: un hombre se prepara para correr acompañado por su hijo de diez años. “Esto me gusta desde chiquito. Me ponía a llorar si no me traía. Prefiero mil veces esto antes que la Fórmula 1”, comenta el niño frente a la mirada sonriente del padre, antes de verlo largar cuando se apagan las luces de salida.

Entre los autos se observan algunos plenamente equipados con escapes ruidosos y calcomanías, mientras que otros parecen recién salidos de una concesionaria: impolutos, nacarados y brillosos. Sin embargo, todos coinciden en los neumáticos, los cuales se utilizan casi sin aire, para que se peguen mejor al asfalto. No obstante, dicen que el secreto está en el piloto.

Una hora y media antes del inicio de las pruebas, los pilotos ya pueden ingresar al predio para acondicionar los autos -regular el aire de las ruedas, revisar motores, probar los frenos- y ultimar detalles
Una hora y media antes del inicio de las pruebas, los pilotos ya pueden ingresar al predio para acondicionar los autos -regular el aire de las ruedas, revisar motores, probar los frenos- y ultimar detallesFabián Marelli
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Así como hay variedad de participantes, hay diversidad de autos. Modelos que van desde un Chevrolet 400 RS de 600 caballos de fuerza y un Peugeot 207 modificado específicamente para picadas, hasta un Ford Falcon con motor V6. En la pista, los detalles son los que marcan la diferencia y cada competidor intenta exprimir al máximo su vehículo para rascar una milésima.

Los requisitos para anotarse son básicos y universales: uso de cinturón de seguridad y casco; tenencia de registro de conducir habilitado; matafuegos en regla; y todos los vidrios y puertas de los vehículos en condiciones.

Cuando estás en la pista sentís adrenalina pura”, explica Alejandro, quien hoy tiene 36 años y participa de picadas desde los seis. “Esto te da mucha experiencia. Vengo fecha tras fecha y siempre se aprende algo distinto. Es un evento muy especial para venir con la familia”, comenta. Para él, que recién pudo empezar a competir a los 17, su fin de semana no sería igual sin El Pico. Este domingo no compite y es un espectador más. Por momentos toma mate en el alambrado con otros visitantes, después deambula por el lugar: pasa por la estación mecánica, por las filas e, inclusive, se mete a la pista para ordenar los autos y aconsejar en las pruebas de motores para mantener a los coches direccionados.

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La impronta familiar que menciona Alejandro la generan los asistentes, pero también la promueve la organización, que realiza fechas también los viernes y los sábados tanto de día como de noche. Matías Cristallini, el organizador de El Pico, explica a LA NACION: “Trato de que tanto el piloto como el público se diviertan”. Y cuenta: “Hay mucha gente que viene acá a comer y de paso miran las corridas. Es un plan para compartir, con un ambiente muy familiar ideal para hacer asados con amigos”.

Con la intención de pregonar ese atractivo para las familias, Cristallini sostiene que la seguridad es uno de los puntos fundamentales para que el picódromo siga funcionando. Al final de la recta de picadas se ve una ambulancia y, a unos metros, efectivos policiales, atentos para intervenir en cualquier emergencia.

En el predio no está permitida la venta de bebidas alcohólicas tanto para pilotos como para espectadores y la pista tiene restricciones de acceso para evitar intrusos en la zona de mayor velocidad. El objetivo, afirman, es crear el marco adecuado para un espectáculo alejado de la peligrosidad que es inherente a cualquier deporte automotor.

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Sebastián, de 27 años, es el encargado de pista. Con una planilla y un walkie-talkie le asigna el turno a cada competidor y arma la extensa fila de picadas y eliminación, como si de un torneo de fútbol se tratase. Es, además, quien acciona el semáforo que da luz verde en la largada y realiza el cronometraje de cada picada –tarea que se ve reflejada en un marcador público a la vista de todos los espectadores–. “Vengo desde hace nueve años, desde los 18. A mí nunca me llamó la atención correr. Me gusta bastante pero siempre estuve más de este lado”, comenta a LA NACION.

En las últimas semanas, la actividad en El Pico se vio favorecida tras el cierre del picódromo de Wilde y el inicio de la remodelación del Autódromo Oscar y Juan Gálvez de la ciudad de Buenos Aires, ubicado apenas a 11 minutos de distancia. Ambos ofrecían una pista para picadas que ya no funcionan, y en el caso del autódromo no está previsto que vuelva a funcionar. “Lo sacaron porque lo están refaccionando para traer la Fórmula 1 [y Moto GP]. Desde el Ministerio de Movilidad e Infraestructura porteño me dijeron que, por ahora, no se va a volver a hacer”, indica Cristallini.

“Trato de que tanto el piloto como el público se diviertan. Es un ambiente muy familiar y para asados con amigos”, sostiene Cristallini
“Trato de que tanto el piloto como el público se diviertan. Es un ambiente muy familiar y para asados con amigos”, sostiene CristalliniFabián Marelli

A pesar de la larga tradición automotor de la Argentina, que data de 1937 con el inicio del Turismo Carretera (TC) -la carrera más antigua que aún sigue en vigencia en el mundo-, y se potenció en el último tiempo con el fenómeno Franco Colapinto en la Fórmula 1, Cristallini lamenta que en la actualidad “hay muy pocos lugares donde las picadas legales se pueden realizar”, y espera que en el futuro logren captar nuevamente la pasión del público.

En El Pico ese encanto está intacto, alimentado semana a semana por las familias que le inculcan a los niños el amor por la velocidad y la adrenalina, con seguridad. “Vivimos para esto”, afirma el organizador, quien no deja lugar a dudas de lo que significa el automovilismo para él: “El auto es un músculo más de nuestro cuerpo. Dejamos la vida y el alma, es lo más importante para nosotros”.

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