Second Life: es mi mundo (virtual)
El autor del artículo pasó una semana en calidad de turista digital para desentrañar el estilo de vida de un juego on line que ya reúne a más de 1 millón de competidores globales; algunas recomendaciones para los recién iniciados
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Ben Folds no tenía la camisa puesta y murmuraba al entrar en escena, tomando enormes tragos de la lata de cerveza Duff que sostenía en su mano derecha. Luego, se desplomó en el suelo, borracho. Después se puso de pie y lanzó rayos láser de los ojos. Más tarde, las cosas se tornaron realmente desagradables: Folds sacó un sable luminoso y atacó a la audiencia. Para evadirlo, yo levité 20 pies, con la esperanza de que él no se diera cuenta. Funcionó: sobreviví.
A medida que transcurre el concierto, esto se torna bastante normal, por lo menos en Second Life , el universo de realidad virtual en donde recientemente pasé una semana en calidad de turista (virtual). En verdad, si el espectáculo de Ben Folds resultó inusual de alguna manera fue en el hecho de que marcó la apertura del primer hotel "boutique" de Second Life , una versión online de la nueva marca "con lofts urbanos" de Starwood Hotels, Aloft. (La versión de "carne y hueso" de Aloft se inaugurará en 2008).
Y la llegada de Aloft -en una isla tropical digital, ubicada en algún sitio de un vasto océano virtual- puede marcar el comienzo de Second Life como un destino turístico ocasional. Porque Second Life es, bastante literalmente, un mundo en sí mismo, con montañas, océanos, bosques y ciudades tridimensionales, que se expanden en decenas de miles de acres virtuales.
Entrar en la matrix. Un jugador -o residente, en la jerga del juego- navega por este espacio a través de un avatar, es decir, de una persona digital cuyas características se pueden adaptar prácticamente de la manera que a uno le agrade (mentón puntiagudo, iris color verde neón, la cabeza grande y repleta de cabello que recuerdo haber tenido por muy poco tiempo cuando estaba en undécimo grado).
El trailer de
Second Life
en YouTube.com
Pero, a diferencia de otros juegos online con muchos jugadores, como el insanamente popular
,
Second Life
no es verdaderamente un juego. Aquí no existen las princesas salvadoras ni los orcos que matan. En cambio, el objetivo es simplemente interactuar con el más de millón de residentes de este mundo, explorar el planeta y, en un giro inesperado, crear nuevas partes del juego.
Second Life permite a los residentes construir objetos utilizando formas pequeñas y básicas llamadas "prims". Prácticamente todo lo que usted encuentre -desde conos de helado hasta casas modernistas y latas de cerveza Duff- ha sido creado por un residente, y gran parte de eso está a la venta.
Aquí no existen las princesas salvadoras ni los orcos que matan. El objetivo es interactuar con el más de millón de residentes de este mundo, explorar el planeta y, en un giro inesperado, crear nuevas partes del juego
Es ese aspecto comercial el que ha tentado a negocios de la vida real como American Apparel a abrir boutiques con juegos en un intento no sólo por construir sus marcas sino también por ganar algunos dólares Linden, la moneda virtual denominada de esa manera por los desarrolladores de Second Life , Linden Lab, que se puede convertir a dinero real (alrededor de 250 dólares Linden equivalen a 1 dólar). Secondlife.com lleva un registro de la cantidad de dinero que se gasta en juego en las últimas 24 horas; el récord supera los 575 mil dólares -¡y en dólares estadounidenses, no en dólares Linden!-.
En verdad, fue American Apparel quien tomó mi primer "pila" de dinero digital. Yo -o mejor, Urge Gainsbourg, mi avatar- había llegado a Second Life luciendo como el turista que era, con remera amarilla común, camisa blanca, que tenía las puntas del cuello sujetas con botones, y pantalones capri de color caqui. Así que me teletransporté (los residentes generalmente caminan, vuelan o se teletransportan) al negocio de American Apparel, una estructura de vidrio, con dos pisos, decorada con las mismas fotografías alegremente sórdidas que yo había visto en los negocios de la compañía en la vida real.
No había otros clientes ni empleados parecidos a los modelos; todo lo que yo tenía que hacer era cliquear los estantes de ropa de colores brillante, y el sistema me ofrecería cobrarme por la remera escogida. Salí de allí -o sea, me teletransporté- vestido con remera verde azulado y campera con capucha azul y blanca, sintiéndome algo menos que un turista por haber gastado 600 dólares Linden.
Mi destino era un "happy hour" en Elbow Room, sitio que yo había conocido en la zona de Eventos Second Life , un listado actualizado cada hora sobre las ventas de terrenos, reuniones en clubes de aficionados a los libros y fiestas en la piscina. La pista de baile, pequeña y de madera, de Elbow Room estaba repleta de residentes con estilo, entre ellos una chica de piel azul turquesa vestida con pantalones de camuflaje y que tenía un gato con rayas grises y negras llamado Bootes Bellman.
Yo no estaba seguro de cómo comenzar a moverme, pero un sistema de notificación automática me indicó escribir la palabra "bailar"; lo hice, e instantáneamente aparecieron series de animaciones con nombres como Butt Shake Dance. Pronto me estaba sacudiendo por toda la pista al son de la música de KLF, Jane’s Addiction, Susannah Hoffs y Weird Al Yankovic.
Luego fui teletransportado al Bellevue, decorado como si fuera un bar real en Hell’s Kitchen ("fundado en 1912", dice) que regalaba remeras del blog Boinboing.net; y después llegué al club SkyClub, una discoteca futurista que estaba suspendida a cientos de pies por encima nuestro. Puede haber sido virtual, pero con seguridad parecía ser un viernes por la noche.
Ida y vuelta entre el mundo on y off line. Excepto por el hecho de que desperté en casa, en mi propia cama. Lo grandioso de pasar un fin de semana en Second Life es que no es necesario que se cuelgue, simplemente te desconectás. Yo no padecí la resaca, lo cual fue una sorpresa desde que Urge Gainsbourg se había caído del taburete del bar después de beber demasiada cerveza Duff. (Fue Urge quien le había dado la Duff a Ben Folds).
"Excepto por el hecho de que desperté en casa, en mi propia cama, lo grandioso de pasar un fin de semana en
El sábado por la mañana encontró a Urge volando por Svarga, una isla montañosa con un ecosistema en el cual las abejas volaban de flor en flor, polinizándolas. "Las semillas vuelan con el viento", dijo el creador de Svarga, Laukosargas Svarog, a New World Notes, uno de los muchos mercados de noticias de Second Life , "y si aterrizan en un buen suelo, de acuerdo con diferentes reglas para cada especie, crecen cuando reciben la lluvia que cae de las nubes. Todo es interdependiente".
Cualquiera fuera el programa, Svarga es hermoso, exuberantes helechos, cataratas y una arboleda en donde las violetas brotan alrededor de su avatar cuando él o ella coloca un pie en el pasto. En verdad, estoy tentado de llamarlo una obra de arte, mi única duda es que hay demasiadas cosas artísticamente sofisticadas en Second Life, desde los residuos de nieve de Wengen -con los cuales tropecé andando en patines virtuales sobre ruedas- hasta las fotografías con "zoom borroso" de Bucky Barkley, que las exhibió en una galería de Second Life el sábado por la noche, y donde se sirvió queso y galletas saladas virtuales.
Al igual que la mayoría de los eventos a los que he asistido en Second Life -incluyendo las misas de los domingos por la mañana- el espectáculo de Barkley terminó con toda la gente bailando. En verdad, el único sitio al que fui en donde poca gente bailaba (además del debate académico sobre el genocidio en el inusualmente serio Neufreistadt) fue la fiesta Metajams, el sábado por la noche; allí ocho músicos tocaban en vivo en una sola pista de audio. Gran parte de la multitud permaneció en silencio mientras Ricardo Sprocket, Komuso Tokugawa y otros intérpretes tocaban una mezcla de melodías de rock folk, slash y rock independiente que fácilmente podían competir con lo que he oído en los clubes de Nueva York. Y mejor aún: no se pagaba entrada.
Al mismo tiempo, me estaba sintiendo algo solo. Había tenido charlas breves con una docena de residentes de Second Life -la irrealidad hace que sea fácil acercarse a ellos- pero no había establecido una conexión real. De alguna manera, porque yo era realmente un turista. No había invertido nada en este mundo, mientras que ellos estaban construyendo casas, yates, organizando conciertos de rock y espectáculos de moda y estaban creando campos virtuales para refugiados con el propósito de educar a la gente para la paz en Darfur.
Vi cuando se saludaban como si fueran viejos amigos y se abrazaban sentados sobre manteles de picnic en las cimas de las colinas; entonces deseé que mi esposa, Jean, que estaba mirando televisión por cable en la habitación contigua, tuviera su computadora para que pudiéramos explorar juntos Second Life .
Por un momento pensé en ir al club nocturno al cual había entrado por casualidad anteriormente, pero en cambio preparé la cena – un menú real, no virtual: pechuga de pato a la plancha, hongos salteados con tomillo y papas asadas en grasa de pato, ajo y romero. Luego, Jean y yo abrimos una botella de syrah del Valle del Río ruso e iniciamos nuestra fiesta. Era, según lo acordamos, una cena especial - y yo sabía por qué exactamente: porque, como saben perfectamente bien quienes ingresan en Second Life , la preparé yo mismo.
Un fin de semana cibernético
<b> Para llegar allí. </b>
<b> Dónde alojarse. </b>
<b> Dónde almorzar, cenar y tomar algo. </b>
<b> Dónde hacer las compras. </b>
<b> Qué se puede ver y hacer. </b>
Traducción: Angela Atadía de Borghetti
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