Torre de los Ingleses: la historia de un ícono porteño que hoy reabre

Fuente: LA NACION - Crédito: Silvana Colombo
Alejandro Lingenti
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27 de junio de 2019  • 11:30

"Es aquí señorita, más cerca del cielo que de la tierra", le dice un ascensorista con ínfulas poéticas al personaje que encarna Ana María Lynch en La bestia humana, película basada en una ominosa novela de Emile Zola y dirigida por Daniel Tinayre que se estrenó en Buenos Aires, en 1957. La mujer, bella, atildada, muy elegante, llega evidentemente demorada a una cita, pero su partenaire, el italiano Massimo Girotti, el inolvidable protagonista de Obsesión de Luchino Visconti, no se lo reprocha en lo más mínimo: "No tiene importancia, aquí el tiempo se pasa sin sentir. No sé... Quizás porque está cerca de la estación, quizás para que vea todo esto que tanto me gusta. El mundo y la gente se hacen tan pequeños que no parecen de verdad. Tan lejos, que no pueden hacerños daño".

El escenario de este encuentro que anuncia un posible romance es el altísimo mirador de la Torre Monumental, conocida popularmente como Torre de los Ingleses y declarada Monumento Histórico Nacional.

Tinayre eligió esa locación porque intuyó su potencial para una secuencia que podría pensarse como una versión criolla, más corta y un poco menos cargada de emociones, de aquella que protagonizaron Tom Hanks y Meg Ryan en las alturas del Empire State para Sintonía de amor (1993). Y basta con visitarla y observar el imponente paisaje urbano que lo rodea para darle la razón: el Río de la Plata (en días diáfanos se puede divisar la ciudad uruguaya de Colonia), la Plaza San Martín, el sofisticado edificio Kavanagh, la estación de trenes de Retiro, e incluso las largas vías de las líneas Mitre, Belgrano y San Martín, el Sheraton y la traza de la Avenida Leandro N. Alem con el Metrobús del Bajo. También se ve, en pleno desarrollo, la obra de urbanización de la villa 31.

Fuente: LA NACION - Crédito: Silvana Colombo

Hoy, medio centenar de personas que se inscribieron online previamente participarán del acto oficial de reapertura de la Torre, cuyo mirador estará habilitado a partir del próximo lunes para que lo visiten vecinos y turistas. Estará abierta de lunes a viernes de 10,30 a 16,30, y los sábados, domingos y feriados de 9,30 a 18,30. El costo de la entrada al mirador será de $100 (jubilados, estudiantes y menores de 12 años podrán ingresar gratis). En la inauguración estará presente el Ministro de Cultura porteño, Enrique Avogadro, para quien la reapertura "forma parte del mejoramiento continuo y la puesta en valor de patrimonio histórico y cultural de la Ciudad".

Donación británica

Donado por los residentes británicos en la Argentina con motivo del centenario del primer gobierno patrio, el monumento -una obra de estilo neorrenacentista propia del tardovictoriano- fue inaugurado el 24 de mayo de 1916, con las presencias del presidente argentino Victorino de la Plaza y el primer ministro británico Herbert Henry Asquith.

Su exterior está revestido con una combinación de piedra labrada y los ladrillos rojos típicos de las construcciones inglesas. Su diseñador, el arquitecto londinense Ambrose Macdonald Poynter, parece haber tomado como modelo trabajos de su abuelo, Ambrose Poynter, como la iglesia St. Paul's de Cambridge. En su fachada pueden reconocerse los escudos del Reino Unido y la República Argentina. También la decoración con flores de cardo, rosas, dragones y tréboles, emblemas de Escocia, la Casa Túdor, Gales e Irlanda.

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El reloj ubicado debajo de la cúpula fue fabricado por la prestigiosa casa Gillett & Johnston de Croydon (Inglaterra) y su melodía es la misma del popular Big Ben: los Cuartos de Westminster, la sintonía más común en los relojes con carillón para señalar cada cuarto de hora y cada hora en punto.

El trabajo de restauración de la Torre incluyó un acondicionamiento edilicio, la reparación y puesta en marcha del ascensor existente (más moderno que el original) y la readecuación del área de servicio del primer piso (incorporación de un office y renovación del baño). Además, en la planta baja se montó una exposición fotográfica del antiguo barrio de Retiro y una intervención artística sobre las ventanas y los muros que anticipa la vista desde el balcón del sexto piso.

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El reloj

El reloj de la Torre es, sin dudas, uno de sus atractivos principales. Luce muchísimo en horarios nocturnos (gracias a los grandes reflectores colocados detrás de su cuerpo de opalina blanca), y visto de cerca es un artefacto realmente impresionante: una majestuosa pieza mecánica construida con madera de roble, bronce y hierro fundido. Tiene un péndulo de cuatro metros que provoca el deplazamiento y acople de engranajes gigantes, poleas de con pesas de 100 kilogramos y motores electromecánicos que se activan automáticamente cuando se termina la cuerda del reloj, cada cuatro días.

A cargo de su mantenimiento está Javier Terenti, un técnico en electrónica que aprendió el oficio gracias a Carlos Caserta, hoy jubilado. Terenti trabaja en una dependencia del Ministerio de Ambiente y Espacio Público, a cargo de Eduardo Macchiavelli, y también controla los 60 relojes electrónicos que funcionan en la vía pública de la Ciudad.

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No es casual que un monumento diseñado por ingleses tenga un reloj tan admirable. Para ellos, la relación entre el tiempo y el espacio es muy importante, entre otros factores porque para el transporte marítimo -uno de sus fuertes- es fundamental el tema de la puntualidad.

Todo el material usado en la construcción de la Torre (incluyendo la boiserie, los aceros, las campanas -la más grande pesa siete toneladas-, los relojes y los pisos) vinieron directamente de Inglaterra. La cúpula, de cobre y con una fragata en su extremo, ha sufrido un proceso de oxidación que obligará a restaurarla. También tiene una fuerte relación con Inglaterra el espacio donde fue levantada: en 1806 y 1807, las milicias del Imperio británico desembarcaron muy cerca del solar que hoy ocupa el monumento, situado en la plaza Fuerza Aérea Argentina (antigua plaza Británica), a metros de la estación de trenes de Retiro, y donde también se instaló la compañía de gas que alimentó el sistema de iluminación de Buenos Aires hasta los primeros años del siglo pasado.

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Piedra fundamental

"En 1909 se hicieron las propuestas para concretar aquel regalo de la comunidad británica -cuenta Esteban Leis, Gerente Operativo de Patrimonio del Gobierno de la Ciudad-, en 1910 se colocó la piedra fundamental y en 1916 se inauguró el monumento. La ganadora fue la de Poytner, una torre más liviana y esbelta que la que obtuvo el segundo premio, alguna vez exhibida en Galerías Pacífico. Primero era apenas una columna, pero después se agregaron el reloj y el mirador".

Leis trabaja ahora con la Universidad de San Andrés para encontrar los registros que permitan dilucidar, entre otras cosas, quiénes integraban esa comunidad británica que obsequió la Torre a la Ciudad y quiénes fueron los obreros que trabajaron en la construcción. Y también planifica la habilitación del segundo piso de la Torre, que tiene cuatro balcones con vista panorámica.

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La Torre Monumental también está marcada por una serie de particularidades que fueron noticia en su momento: en 1999, cuando gobernaba la Ciudad Fernando de la Rúa, se llevó a cabo una tarea de recuperación del edificio y se organizaron algunas transmisiones ocasionales de Radio Ciudad desde el lugar; en 2012, un grupo de ex soldados continentales reclutados durante el conflicto bélico de Malvinas que no habían llegado a combatir en las islas la tomaron para reclamar que se los reconociera como veteranos de guerra y recibir una compensación económica de parte del Estado.

Datos que se acumulan alrededor de un monumento que ya es parte indiscutible de la identidad de Retiro, puerta de entrada a Buenos Aires de millones de inmigrantes que llegaron al país entre fines del siglo XIX y la Segunda Guerra Mundial y, como tal, también disparador de miles y miles de historias.

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