
Un estímulo al emprendedor social
El maestro Ismael Vilte, de 48 años, fue seleccionado por una entidad internacional por su trabajo con los aborígenes.
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EL MORENO, Jujuy.- Su infatigable labor orientada a fortalecer la identidad y el crecimiento comercial de las comunidades aborígenes le han dado proyección internacional al docente jujeño Héctor Ismael Vilte, de 48 años, conocido como El Maestro por los habitantes de El Moreno, un pueblito perdido a más de 3000 metros en el altiplano jujeño.
A través de sus organizaciones comunitarias aborígenes, cada mañana se levanta dispuesto a lograr no sólo la reactivación económica y social sino también un nuevo respeto por la ecología de la Puna.
Su tarea llegó a oídos de la asociación Ashoka, una organización internacional creada en 1980 y financiada con capitales norteamericanos que "identifica a personas sobresalientes con ideas novedosas para lograr un cambio social de largo alcance".
Así lo explicó la directora de la sede argentina de Ashoka, Verónica Viel Temperley, que acompañó a La Nación en el recorrido por la Puna jujeña, en busca del maestro Vilte, firme postulante a "emprendedor social".
Con delegados en distintas regiones, Ashoka (que en sánscrito significa "ausencia de tristeza") recorre el mundo para seleccionar a los candidatos a emprendedores sociales, que una vez elegidos reciben seguridades económicas para poder dedicarse en tiempo completo al cumplimiento de sus ideas.
Espíritu solidario
"Cuando subo al colectivo veo cómo todos los collas se van solitos a los asientos rotos del fondo. Lo que quiero es que vuelvan al frente, que revaloricen su cultura", dijo Vilte a La Nación , al explicar las razones que animan su espíritu solidario.
Nacido en la capital jujeña el 3 de agosto de 1949, se crió en Tunalito, un paraje de la quebrada de Humahuaca, en jurisdicción de Purmamarca, donde se encuentra el llamado "cerro de los siete colores".
Su arquetipo fue una maestra que tuvo entre los seis y los diez años, que lo llevó a estudiar a Salta. Egresado del magisterio, se puso al servicio de las comunidades de Potrero de la Puna y de Tumbaya Grande. En 1992 fundó el Instituto de Capacitación de Organizaciones Sociales, al que se dedicó con exclusividad, para la constitución de cooperativas, centros vecinales e instituciones comunitarias aborígenes, orientándolas a la elaboración de proyectos productivos.
"Lo que hace falta son ideas que hoy resultan novedosas para el cambio social, pero que en el pasado eran formas de vida", explicó el maestro.
La clave está en rescatar la acción comunitaria: "En mi infancia, cuando la gente se juntaba era la pirwa, y cuando todos trabajaban juntos era la minka". Con añoranza, recordó que de esa manera "nadie tenía hambre y todos sabían quiénes eran".
A pesar de que que en algunos lugares de Bolivia todavía subsisten las instituciones tradicionales, los aborígenes argentinos, en cambio, se encuentran absolutamente desprotegidos: "Hoy los collas no somos nada. No pudimos integrarnos al mercado, pero tampoco se ha preservado nuestra identidad", comentó.
El amor a la tierra
Vilte da clases informales a los chicos y grandes del pueblo y considera el respeto por la ecología como un elemento básico de su identidad.
"Imaginate lo difícil que es decirle a un padre de familia que sacrifique la mitad de sus ovejas porque si no el suelo no va a resistir. Pero de a poco he logrado que se vayan reemplazando por llamas, que son menos predadoras y además de lana más cara", precisó.
Incluso, en estas tierras donde la sequía es rutina, gracias al maestro los chicos saben de las inundaciones que azotan el Litoral. "Tienen muchísima agua como si todo fuera un río enorme que se lleva las casas", explicó Walter, que con sus nueve años y mejillas lastimadas por el viento y el sol sueña con "estudiar y ser cantante".
Un mercado común
Dadas las dificultades para insertar sus productos en la sociedad jujeña, Vilte busca que las distintas comunidades puedan formar un mercado común aborigen. Este será el punto de intercambio, el responsable de la comercialización y el regulador cualitativo y cuantitativo de las comunidades asociadas.
"Mientras otros integrantes realizan las gestiones relacionadas con el terreno, yo continúo con los emprendimientos básicos en el nivel localidad, generando las condiciones necesarias para que la futura producción sea inmediata y posible", comentó.
Con orgullo señaló los invernaderos que ha creado en los últimos meses, pequeñas manchas verdes en un paraje absolutamente árido, donde polvo y tierra parecen desafiar cualquier intento de mejora.
"Ahora las comunidades aborígenes ya son una red -aseguró-; entonces, cuando tenemos algún éxito como éste, lo podemos comunicar para que otros lo adapten a sus necesidades."
De pronto, toda la actividad se detiene: es la hora del tradicional partido de fútbol de padres e hijos, y todos corren a ponerse las remeras. "Los miro y me pregunto si pueden ser tan fanáticos de River o de Boca, ¿cómo no van a ser hinchas de su propia comunidad?", reflexionó el maestro, camino a la precaria cancha que marcaron en la Puna.
Selección rigurosa
Para seleccionar a los emprendedores sociales, la asociación Ashoka, con sede en Arlington, Virginia, desarrolla un riguroso proceso, en el que participan los siguientes grupos:
Nominadores: identifican, seleccionan y presentan candidatos.
Representantes: obtienen los formularios de solicitudes, verifican el historial de cada candidato y elaboran un perfil.
Evaluadores: revisan los perfiles, con entrevistas exhaustivas, y formulan recomendaciones.
Panelistas de selección: representan a la red mundial de Ashoka. Evalúan y deciden sobre cada caso.
Miembros del Comité Ejecutivo: evalúan las candidaturas confirmadas.
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