Un fallo sabio y evolutivo

Alejandro Rozitchner
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26 de agosto de 2009  • 12:38

"Droga". La misma palabra supone ya un malentendido, o varios. ¿Es "droga" cualquier sustancia que tiene efectos sobre la personalidad, sobre la percepción, toda materia que incide en el cuerpo modificando su estado "normal"? Si así fuera, y parece una definición bastante aceptable, es poco serio que en las discusiones acerca de su peligrosidad que han surgido en estos días no se aluda a las dos drogas que causan el mayor daño a los seres humanos: el tabaco y el alcohol. Y no es mera retórica: 40.000 muertos anuales por tabaquismo en argentina, ¿suena grave o no? ¿Puede uno seguir desgarrándose las vestiduras por el nuevo respeto al consumo de marihuana? Nadie, en la historia del mundo, murió por consumir marihuana. La única manera en la que la marihuana puede matar es si te cae una tonelada encima. ¿Alguien puede entonces sensatamente decir que el reciente fallo de la Corte es un factor de desintegración social? Digo esto para empezar a ubicar el tema en su verdadero contexto. El verdadero peligro del consumo de marihuana es la policía y este ya no rige más.

Otro punto importante a comprender es que la droga, o los estados alterados de conciencia, han formado parte de todas las sociedades humanas desde el inicio de la civilización. Dentro de estas drogas cabría incluir tanto a la marihuana como al alcohol -¿o nos vamos a creer el verso de que tomamos vino o cerveza sólo porque son bebidas sabrosas?-, a las medicaciones psiquiátricas, como a las plantas alucinógenas y también, lamentablemente y entre muchas otras, al paco. No se trata de un accidente, o de algo ligado esencialmente al delito o a una falta frente a la naturaleza pura: es parte de la naturaleza humana crear lenguaje, enterrar a sus muertos, trabajar, jugar y también adoptar perspectivas alteradas para comprender el mundo, para realizar sus rituales religiosos, para vivir la aventura de ser un individuo en un mundo complejo. Nadie pregunta si nos gusta o no, es como la muerte, existe, es así, siempre fue así y parece que no es posible que deje de serlo.

La única manera en la que la marihuana puede matar es si te cae una tonelada encima

Dicho lo cual, hay que reconocer que la tenencia de pequeñas cantidades no es una anormalidad cultural sino una constante, que el principio de tolerancia que el fallo de la Corte propone es un paso hacia una consideración de los problemas más serios que tiene el país con las drogas. El fallo (qué difícil debe de ser trabajar arduamente para que los productos siempre sean denominados como "fallidos") no es un delirio de narcotraficantes o de monos con navaja: hay que leerlo para captar su inteligencia y su fundamentación. Recomiendo su lectura en vez de participar salvajemente de una discusión social básicamente guiada por el alarmismo y el temor, y por las ganas de opinar de todo sin entender mucho de nada.

El aludido fallo ayuda a enfocar el problema en sus facetas más graves: el destructivo consumo de drogas duras y peligrosas. Los recursos que antes se utilizaban para perseguir a quienes tenían un cigarrillo de marihuana en el bolsillo (que a partir de ahora podrán por fin caminar tranquilos) se usarán para trabajar en contra del tráfico internacional y en contra de los consumos más peligrosos. Ya no habrá maltratos injustos, innecesarios y contraproductivos a los fumadores ocasionales de marihuana, aquellos que no dañan su salud tanto como los fumadores de tabaco ni ponen en riesgo la salud ajena como los consumidores constantes de alcohol (los tests de alcoholemia son una medida que enfocan un problema más serio y ya logró reducir las muertes por accidentes de auto en la ciudad de Buenos Aires).

Otro de los argumentos más citados para evaluar negativamente la tolerancia que permite la decisión de la Corte es la idea de que el consumo de marihuana lleva a consumos peores. Esa es la llamada "teoría del escalón", pero la verdad parece ser la siguiente: es cierto que la gran mayoría de las personas que consumen cocaína empezaron fumando marihuana, pero también lo es que la inmensa mayoría de los fumadores de marihuana jamás avanzan hacia el consumo de cocaína. Si algún padre preocupado ve a su hijo involucrarse en consumos peligrosos bueno sería que indagara en el modo efectivo de su vida y la de su descendencia, antes de demonizar a la sociedad actual. Es necesario involucrarse más con la realidad que cada uno produce y no ampararse siempre en la peligrosidad de lo social para justificar imposibilidades personales.

La inmensa mayoría de los fumadores de marihuana jamás avanzan hacia el consumo de cocaína

Soporro, un usuario de twitter que se dedica a lanzar frases sobre el uso de marihuana, hace algunas afirmaciones temerarias: que la marihuana es una escuela de la sensibilidad, que si se vendiera en verdulerías costaría como una verdura car a (sugiere 50 pesos el kilo), que tendría que haber una materia en los colegios secundarios que se llamara marihuana y sirviera a los adolescentes para experimentar miradas de comprensión hacia la realidad, y también hacia su propio e insondable mundo interno. Son chistes, supongo, pero ponen sobre la mesa otro factor que habría que considerar: ¿hay espacio para pensar, más allá de la torpe alarma que limita la capacidad de comprensión de nuestro castigado y castigante sentido común, y para tratar de entender el influjo que el consumo de marihuana ha tenido en las costumbres de nuestro país? No pretendo agotar el tema, sólo señalarlo y aventurar algunas hipótesis osadas: es probable que gran parte de la evolución de nuestras costumbres, esa que incluye tanto la desaparición de la violencia política como el uso de las plazas para tomar sol en los días lindos (días lindos hubo siempre, pero sólo hace un par de décadas empezamos a aprovechar esa bendición) tengan que ver con una relajación de las pasiones negativas, de la inhibición y la pacatería, que la marihuana ayudó a gestar. Son hipótesis, ¿podemos pensarlas o hay que reaccionar con el apuro moral de siempre, con temor y limitando la inteligencia posible?

No me gusta la violencia, ni la cultura chabona, ni la dejadez adolescente (aunque la entiendo normal parte de la evolución individual), ni la incapacidad de hacer esfuerzos o de querer cosas en la vida, ni la dificultad para hacer proyectos ni el desprecio de la vida política con la mezquina y falsa versión de que "son todos lo mismo". Pero si hubiera que prohibir algo para limitar estos males me inclinaría por proponer la prohibición de los deportes profesionales, de los canales de aire con su programación idiotizante y del kirchnerismo, con su clientelismo patológico. ¿No serían medidas más adecuadas para mejorar nuestro país?

El blog del autor es 100 Volando

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