
Una computadora en las manos de Pablo Picasso
¿Sirve la PC para crear arte?
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Es bastante raro que un técnico en informática sea un experto en arte, que haya leído las poéticas y las obras de los filósofos sobre esta cuestión, que conozca la historia de los grandes maestros de la pintura, la música, la escritura. Es igualmente poco común que un teórico del arte tenga alguna idea de computación. Esta debe ser la causa de que existan dos discursos tan increíblemente cismáticos acerca de la PC como herramienta de creación artística.
Oigo a menudo frases muy despectivas respecto de las posibilidades artísticas de la computación, especialmente desde algunos círculos de crítica cultural, y esas frases me recuerdan al nombre que se le dio al movimiento de Matisse y Derain. "Donatello entre las fieras", escribió, hostilmente, el crítico Louis Vauxcelles, en referencia a una estatuilla de un joven rodeada por los cuadros de los fauvistas, durante la Exposición de Otoño de 1905. En la Sala VII se habían acumulado los coloridos cuadros de un movimiento nuevo que ni siquiera tenía nombre o manifiesto. Fauve significa fiera en francés. El insulto, sin embargo, y como solía ocurrir, se transformó en marca, y a mucha honra.
Lo que se hace hoy con el arte digital se parece demasiado a la estrategia de Vauxcelles. Esta costumbre de despreciar a un artista novedoso ha desaparecido en el ámbito donde todavía reina el caballete, la orquesta de bronce y madera, la escultura de mármol. Uno estaría tentado de pensar que hemos aprendido algo, que la lección de Picasso fue por fin incorporada.
No es así. Las vanguardias siguen siendo golpeadas por algunos críticos con los mismos prejuicios. La diferencia es que ahora la vanguardia ha cambiado de lugar, lo que es por otro lado propio de las vanguardias.
La pintura sobre tela ya no tiene el hábito de producir indignación. No importa lo experimental que sea, nadie lo va a despreciar por ponerle arena al óleo para imitar ciertas texturas, o por pegar un pedazo de papel de diario en el cuadro.
Entre las muchas aprensiones que Picasso supo vencer para revolucionar la pintura estuvo la de usar materiales y formas prohibidos por la convención artística de su tiempo. De nuevo uno estaría tentado de pensar que hemos superado eso, que hoy ninguna regla prohíbe ningún material, ninguna forma. Es así mientras no haya una computadora de por medio.
No me preocupan los artistas que se resisten a crear con las computadoras, mientras no lo hagan desde el prejuicio. No me preocupa Bach resistiéndose a los dos primeros pianos que Gottfried Silberman había fabricado basándose en el mecanismo de martillo de Bartolomeo Cristofori.
Lo que me preocupa es que una parte de la crítica del arte no pueda aprender que el hombre va a hacer arte con cualquier herramienta que quede a su alcance. Es el sello del artista, y poco importa (no importa en absoluto, de hecho) que sea una computadora, una tela, un sintetizador o un Stradivarius. El arte es la expresión más alta de la mente y el alma, ¿a qué viene ponerle un andador y decirle qué colores usar, qué sustancia, qué método? Si Einstein hubiera restringido su imaginación (la palabra es de Einstein, no mía), si le hubiera puesto el guardrail aconsejable, nunca habría llegado a la conclusión de que el tiempo es una variable.Caramba, basta ver el reloj para darse cuenta de que es constante.
Picasso no hacía esculturas con desechos que encontraba por la calle para irritar a los ocasionales espectadores, sino porque al artista le ocurre algo extraordinario y difícil de entender: crea sin poder evitarlo. Dele un Photoshop a Picasso y vamos a ver si hace arte o no. Bueno, él ya no está; me pregunto cuántos Picassos hay germinando delante de un monitor de PC, hoy.
Se viene un mundo digital. ¿Qué puede estar más en sincronía con ese nuevo mundo de ceros y unos que una obra binaria? Desde un punto de vista social, el que estén hechos de bits les proporciona un alcance del que otros materiales carecen.
Lo que está ocurriendo, y me temo que los críticos hostiles a la informática no llegan a verlo, es que -una vez más- las artes están buscando su camino. Hay un magnetismo indomable entre el artista y su público. Los bits proveen un vínculo magnífico para ese magnetismo.
He dejado para el final a la escritura porque fue la primera y la que con mayor facilidad adoptó los bits para su provecho. Pero hay algo más: un escritor puede hoy elegir todo un espectro de herramientas, desde la estilográfica hasta la PC. No importa qué elija, su literatura se convertirá en algún punto en bits. Si va a ver su obra publicada, es decir, si va a llegar a sus lectores, que son los que en verdad culminan un libro, entonces pasará por los bits.
Se me dirá, y es verdad, que la impresión no tiene nada que ver con la producción del libro. Creo que era Balzac el que seguía corrigiendo pruebas al lado de la imprenta. Me imagino cuánto le hubiera gustado contar con un buen procesador de textos.





