Campéon bajo el Sol Naciente
Por César Luis Menotti
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Es curioso, pero en Japón me sentí como en la Argentina, porque éramos totalmente locales. Tuve la suerte de conducir en Japón, en 1979, a la selección argentina Sub 20 por el Campeonato Mundial. En el equipo estaban Diego Maradona y Ramón Díaz, entre otros jugadores. Fue una experiencia inolvidable.
Me acuerdo que los escenarios en los que nos tocó jugar eran buenos y la gente muy afectuosa; eso nos ayudó no sólo en la competencia, sino también en la vida diaria.
No hay que olvidar que estábamos lejos de casa y en un país con pautas culturales muy diferentes a las nuestras.
Tengo que aclarar que la visión que me quedó de los lugares que visité gracias al fútbol está muy ligada con mi actividad como director técnico.
Si el equipo funciona y juega bien, todo lo demás siempre parece mucho mejor. Pero en Japón, más allá de que el equipo salió campeón, la gente fue muy atenta con nosotros. Quizás haber llegado siendo campeón del mundo con la selección mayor un año antes ayudó a que recibiéramos un mejor trato. Aunque a decir verdad, la sensación que tuve es que la gente trata de maravillas a todos los visitantes.
Aunque los compromisos futbolísticos no dan mucho tiempo pra recorrer, nos hicimos un espacio para hacer una que otra visita. Viajamos en el famoso tren bala y recorrimos algunos parques milenarios. Hay que destacar el cuidado que le dan a esos parques y, en general, a todos los espacios verdes.
Como un relojito
Hasta que no se conoce Japón se hace muy difícil pensar cómo se puede ordenar un país tan chico territorialmente y con una población tan numerosa. Pero es fácil: allí todo se mueve dentro de reglas muy claras y precisas. Se respetan los horarios. Hay un constante ordenamiento de la vida cotidiana y eso a nosotros, los argentinos, nos sorprende un poco, porque tanto orden nos parece un poco exagerado.
Uno de los temores que se tienen cuando uno viaja a un lugar desconocido es si se podrá adaptar a sus costumbres, si le va a gustar la comida.
En general, la gastronomía japonesa es rica y tiene muchas variantes. El único inconveniente, al principio, fue que los jugadores comen mucho por el desgaste físico y los japoneses no lo entendían, pero con el correr de los días el problema se solucionó, sobre todo por la predisposición que tenían todos de hacernos nuestra estada agradable.
Otro de los aspectos que más me gustó de Japón fue la formalidad de su gente. Particularmente soy muy respetuoso de los horarios y, cuando no se respetan los compromisos, me pone mal. Allá no tuve ese problema. Por ejemplo, si una conferencia de prensa se programaba a las 14, se hacía a las 14, y no a las 14.30 o las 15, como acá. Si la partida de un tren estaba programada para las 4.53, salía a las 4.53. Y así todo. Eso me hizo sentir muy a gusto, porque me muevo con mucha comodidad cuando hay orden.
En Japón hay mucho para descubrir, desde ver cómo va la gente al trabajo hasta los lugares de esparcimiento. Hay que bucear en la historia del país para entender bien cómo es Japón. Creo que es como una aventura.
Uno va a España, que ofrece lugares fantásticos, pero en definitiva tiene similitudes con lo nuestro. En Italia pasa lo mismo. En Japón es diferente, sobre todo porque la cultura del país y de su gente no nos es familiar y cuando se la descubre resulta apasionante.
Tierra de futboleros
Lo que más recuerdo de los días que pasé por esas tierras lejanas es el aliento de la gente. Nos trataron con mucho afecto. En cada lugar al que íbamos, encontrábamos entre 20 y 30 chicos palmeándonos las espaldas y regalándonos banderines de las escuelas. Los japoneses son muy futboleros. A los entrenamientos iba mucho público y los partidos eran muy intensos. Quizá la gente no lo sepa, pero Japón es un gran escenario futbolístico.
Comprar en Japón es muy distinto que en la Argentina. Los vendedores son muy atentos y amables. Se desviven por complacerte. Recuerdo una anécdota que los pinta de cuerpo entero: fui a comprar un piano para regalarle a mi hijo. Entré en un local de Yamaha y me trajeron a una chica que tocaba el piano como los dioses, como si yo supiera tanto como para que escuchándola pudiera decidir sobre cuál era el indicado.
Tocó en todos los pianos, uno de cola, uno de media cola, otro más chiquito, y cuando terminó yo no tenía ni idea de cuál comprar.
El vendedor empezó a preocuparse, no porque perdiera la venta, sino porque no podía dar con lo que yo estaba buscando, pero encontró una solución; me dijo algo que me decidió. Señalando uno de los pianos comentó: Este piano es igual al que compró Osvaldo Pugliese . Entonces no dudé y dije: Me lo llevo .



