En dos ruedas, a un volcán que pocos conocen
Desde Chile, cuatro montañistas subieron el Maipo, bicis al hombro, para luego bajar a toda velocidad
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Desde al menos cuatro mil años antes de Cristo, el curso superior del río Maipo ha sido uno de los pasos más utilizados por quienes pretenden cruzar la cordillera. Los alrededores de este gran río, que nace en el volcán del mismo nombre y riega todo el valle de Santiago, eran el escenario ideal donde, en distintos períodos, se asentaron variados grupos de cazadores-recolectores y, más tarde, alfareros, que aprovechaban la baja altitud, la menor gradiente y mayor amplitud de este paso -que está a 3470 metros de altura- para ir a pie de un lado al otro de los Andes.
Así lo han dicho arqueólogos como Luis Cornejo y Lorena Sanhueza, de la Universidad de Chile, quienes identificaron aquí una veintena de sitios de gran valor, algunos que datan incluso del período Arcaico III (3950 a.C.), en los que han aparecidos restos líticos, puntas de flechas, aleros y estructuras rectangulares de piedra y trozos de cerámica.
En tiempos actuales, este paso también ha sido utilizado por arrieros y otras personas que han recorrido la parte más alta del río, camino desde Chile hacia Argentina o a las vegas donde está su nacimiento. Entre ellos, montañistas.
La perfecta forma cónica del volcán Maipo y su inmensa caldera magmática -cuya última gran erupción ocurrió hace 450 mil años-, sumado al salvaje entorno de la zona, lo convirtió en uno de los desafíos más apetecidos por escaladores y aventureros. El primer ascenso documentado de este volcán data de 1883: lo hizo el alemán Paul Güssfeldt. Desde entonces no muchas personas lo han repetido.
Queda lejos
Resulta que el volcán mismo nunca ha sido muy accesible, pues está justo en la frontera con Argentina, casi en línea recta con la ciudad de Rancagua, y acercarse hasta su base implica atravesar un solitario valle durante alrededor de 60 kilómetros.
O sea, queda lejos.
No solo eso: desde Chile, hoy su acceso se encuentra restringido (no así desde Argentina, donde incluso existe una desarrollada industria turística). El gasoducto que a fines de los 90 se construyó en esta zona para traer gas natural desde Argentina hizo que este valle fuese cerrado al libre paso de personas. Hoy, la vertiente chilena de este volcán se ubica completamente dentro del fundo Cruz de Piedra, propiedad de Gasco S.A., que, por razones de seguridad, exige cumplir con un protocolo muy estricto a quienes quieran entrar al valle y subir el volcán. Uno que incluye, entre otras cosas, acreditar conocimientos de alta montaña e, incluso, contar con un servicio de rescate en helicóptero, en caso de necesitarse.
"Nosotros conseguimos todo eso en un mes y pudimos subirlo", dice Patricio Goycoolea, joven montañista chileno que el pasado 31 de marzo lideró un ascenso en bicicleta hasta su cumbre. Goycoolea es el creador de un proyecto llamado Bigmountainbike, que consiste en subir bicicleta al hombro algunas de las cumbres más altas del país, para luego bajarlas sobre ruedas, en un descenso que garantiza pura adrenalina.

Una disciplina de la que, aseguran, ellos son pioneros en el país. "Chile es un país extraordinario para una disciplina como esta", afirma Goycoolea: "Aquí hay senderos que te permiten subir montañas de hasta 7 mil metros, lo que no ocurre en todos lados. En el caso del Maipo, es un lugar espectacular, donde hay mínima intervención humana. Está rodeado de cerros inexplorados. Yo siento una conexión muy espiritual con las montañas, y este lugar tiene una energía muy especial".
El desafío
Subir el volcán Maipo no estaba en el plan original de Patricio Goycoolea y su equipo, formado en esta aventura por cuatro ciclistas (él junto a Thomas Samsing, Benja Molina y Federico Scheuch), un camarógrafo (Sebastián Prieto Donoso) y dos montañistas de apoyo (Javier Silva y Andrés Pérez). En un comienzo se habían planteado subir solo cuatro cumbres emblemáticas y "sagradas" de Chile, es decir, donde se han encontrado vestigios o están ligados a las creencias de pueblos indígenas: el Plomo, el Ojos del Salado, el San José (también en el valle del Maipo) y, finalmente, el Aconcagua (la última parte de este proyecto, aún no conseguida).
Pero resulta que, mientras intentaban la cumbre del San José, en febrero pasado, un amigo que conocía el Maipo le habló a Goycoolea de las laderas de ese volcán -cuyo terreno con piedrecillas más compactas permitía hacer un descenso mucho más expedito que el San José, donde es muy difícil pedalear- y entonces sus ojos comenzaron a brillar. Tenían que incluirlo en el proyecto.
"Más que ciclismo, esto es ir a la montaña con una bici", dice Goycoolea. Para lograrlo, primero se acercan lo más posible en camioneta a la cumbre. En el caso del Maipo, hay que pasar el pueblo de San Gabriel, continuar por el camino hacia Termas de Colina y doblar a la derecha, por un camino que sale cerca de la localidad de El Volcán. Unos kilómetros más adelante se llega al sector de Las Melosas -un reconocido sitio de escalada- y, luego, al portón del fundo Cruz de Piedra.

Con el permiso ya conseguido, Goycoolea y su equipo pasaron el control, manejaron alrededor de 60 kilómetros por esta antigua zona de paso de indígenas y arrieros, documentada por arqueólogos, dejaron atrás el retén de Carabineros -donde tres funcionarios cuidan de la frontera en absoluta soledad- y llegaron hasta la base misma del cerro.
El jueves 29 de marzo, de noche, montaron un primer campamento a 3000 metros de altura. Como no había agua, tendrían que derretir nieve para abastecerse. "El Maipo no es como otros cerros, que tienen varios campamentos definidos. Se sube a la cumbre y se vuelve en el mismo día", explica Goycoolea.
Así lo terminaron haciendo, claro que con una sabia decisión que les terminó facilitando el ascenso: al segundo día llegaron en auto hasta los 3200 metros, luego caminaron con todos los equipos -bicicletas, carpas, comida, equipo técnico- hasta 3600 metros, hicieron un segundo campamento allí y aprovecharon ese día para portear las bicicletas hasta los 4100 metros. El sábado salieron a las dos de la madrugada y caminaron la primera parte solo con una mochila con 8 kilos de comida y equipos hasta donde estaban las bicis (que pesan alrededor de 15 kilos cada una). Allí se las echaron al hombro y, tras 12 horas totales de ascenso, alcanzaron los 5323 metros de la cumbre.
Momento cumbre
"Es una ruta empinada, ventosa y muy fría", dice Goycoolea. "En la cumbre puedes admirar el tamaño de este supervolcán, que tiene una de las calderas volcánicas más grandes del mundo (mide unos 20 por 15 kilómetros). Además, se logra una vista espectacular hacia las cumbres aledañas, como el San José, el Cerro Castillo, el Tupungato y el Marmolejo, y hacia la laguna Diamante, que está en el lado argentino".
En la cima estuvieron alrededor de una hora, y luego iniciaron el adrenalínico descenso en bicicleta, que en definitiva era el gran objetivo de esta aventura. Para subir este tipo de montañas hay que ir muy abrigado, con parkas, cascos y mitones. Pero para bajar en bicicleta, hay que estar un poco más cómodo, esto es, sacarse al menos los mitones.
"El viento hace que la sensación térmica baje aún más y los dedos se te empiecen a congelar", explica Goycoolea. "Además, tampoco da el físico ni los pulmones para bajar todo de una vez, por lo que hay que ir parando. La pendiente de bajada es muy fuerte. Íbamos con los frenos apretados a fondo, la rueda frenada hasta la muerte".
Como su idea era registrar la aventura para un proyecto audiovisual, el descenso les tomó cuatro horas. Podrían haberlo hecho más rápido, dice Goycoolea, pero la idea también era disfrutar la bella soledad del paisaje en las laderas del gran volcán Maipo.
El regreso
Una vez cumplida la meta, el equipo bajó al campamento de 3600 metros, desarmaron todo y, a eso de las siete de la tarde, volvieron de inmediato a la camioneta. A la una de la madrugada, los siete miembros del proyecto Bigmountainbike figuraban en la base del Maipo, preparando probablemente el asado con mejor panorámica de su vida.
"Suele decirse que subir montañas es como la conquista de lo inútil", comenta Goycoolea. "¿Para qué sufrir tanto y cargar con esta cruz? Creo que al final es algo único, una satisfacción muy tuya. A mí me gusta la montaña y la bici. Pedaleo al menos cuatro veces a la semana y siempre tengo la necesidad de ir al cerro".
Para Goycoolea, además, subir un volcán como el Maipo tiene un valor agregado. "Es una montaña preciosa y está en un valle rico en todo sentido. Hay glaciares, penitentes (un tipo de formación de hielo), montañas de bellas formas escarpadas que no tienen ascensos", dice. "Vimos halcones peregrinos e incluso guanacos, lo que es muy raro para la zona central. Además, está todo el tema arqueológico, toda la gente que pasó por aquí hace miles de años. Vimos pircas incas, puntas de flecha, restos de cerámicas con dibujos, cuevas. Incluso encontramos un cajón con monedas de fines del 1800 que seguramente usaban los arrieros. Nadie pasa por estos lugares, por lo que se han mantenido intactos".
Sebastián Montalva Wainer El Mercurio/ GDA



