En el fondo a la derecha, los toilettes onerosos de París
Artimañas para salir del apuro, cuando pagar una tarifa es obligación
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Cada vez es más frecuente el cartel advirtiendo que el baño es sólo para los clientes. Aunque hay maneras de eludir la limitación, siempre que no esté con llave. La más conveniente es entrar como quien no quiere la cosa y preguntar por el teléfono público que suele estar al lado, al fondo a la derecha.
El problema es que no tengan teléfono y uno deba blanquear sus necesidades requiriendo un toilette, rest room, un servicio, el privado o un lugar para empolvarnos o peinarnos, como dicen algunos con un eufemismo anacrónico en tiempos unisex.
En Europa, la solución era el baño público con una señora que lo cuidaba ubicada estratégicamente en la entrada. El peaje era la propina. Hablo en pasado porque pasó de ser voluntario a estar tarifado. En París, por ejemplo, el precio promedio no baja de 30 centavos de euro. En números redondos multiplicar por cuatro para tenerlo en pesos, es decir, lo que aquí cuesta un café.
Orgullosos de mantener su antigüedad, los baños no abundan demasiado en París porque en el Medievo no había tantos turistas. Una de las soluciones son las cabinas automáticas en Champs Elyssées o en Montmartre, entre otros lugares muy concurridos. Funcionan con monedas, euros, y cuestan 40 centavos. Si no tiene cambio, se hace encima porque tampoco es fácil conseguirlo a menos que uno compre algo en los quioscos vecinos. Una idea es comprar el Pariscope, la revista de espectáculos que sólo vale 40 centavos, y al pagar con un billete de 5 euros no pueden negarse a darle el vuelto en monedas.
Impecables como un quirófano
Estas cabinas habrían divertido a Jacques Tati, el genial creador de las Vacaciones de Monsieur Hulot que enfrentó a las pesadillas tecnológicas. No tienen humo ni olor, y se desinfectan en el nivel de un quirófano. Son impecables en su equipamiento de acero inoxidable, pero nos hacen sentir robots que en lugar de hacer pipí están jugando a la Guerra de las Galaxias.
En la ultramoderna construcción de La Défense también hay escasez de baños para los visitantes que llegan en esa escala obligada del City Tour. Uno se encuentra con un molinete a monedas para el uso de los sanitarios, mientras una cuidadora trata de facilitar el cambio en monedas que nadie tiene en un shopping casi desierto donde no hay un quiosco a mano como en el centro.
Algo parecido pasa con un escenario dos mil años más antiguo, en el subsuelo frente a la Catedral de Notre Dame. También cara a cara, porque hombres y mujeres usan la misma entrada, hay una señora que cobra 40 centavos de euro en su Martín Pescador porque el que no paga, no pasa.
El servicio, es innecesario reiterarlo, está muy limpio. Lo mismo que los habilitados en los parques, en el Jardín de Luxemburgo o la plaza de Sévres-Babylone frente al Bon Marche. El sistema es similar. Siempre cuidadoras e igual tarifa. La diferencia es que sin molinete parecen más humanos.
Por supuesto que hay maneras de hacerlo gratis. Una de ellas es el Carroussel del Louvre, por el acceso al Museo desde el metro donde siempre hay menos cola que a través de la pirámide. Al lado de una escalera, casi inadvertido salvo por las siglas WC, sólo cobran los gabinetes. Es el único lugar donde los hombres llevan ventaja. En el interior de los museos generalmente no se paga.
Tampoco en la mayoría de las Grandes Tiendas, no en todas porque algunas tienen cerraduras con monedas.
Aunque hay sorpresas. En el recién remodelado Pompidou, en esa maravilla que es el Museo Nacional de Arte Moderno, no hay mingitorios y los gabinetes son pocos en relación con la multitud que lo visita. Eso sí, si logra lugar no tiene que pagar.
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