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El santuario del Gauchito Gil está sobre la ruta nacional 123, en Corrientes. El templo de la Difunta Correa está en la provincia de San Juan. Dos lugares distantes que se transforman en uno solo unidos por la necesidad popular de buscar respuestas donde sea; y ambos lugares se parecen: son un amasijo de colores, plaquetas, velas, pedidos y agradecimientos distribuidos en el espacio con una lógica desesperada. Pero más allá de eso, la Difunta y el Gauchito no tienen mucho en común. Salvo la popularidad (de hecho hay quienes profesan devoción a los dos), no comparten género, historia ni origen.
El Gauchito se llamaba Antonio Mamerto Gil Nuñez, vivía de changas y era un hombre pacífico. Y ese era un problema. Gil nació el 12 de agosto de 1847 y la adultez lo encontró en plena lucha entre celestes y colorados. El Coronel celeste Juan de la Cruz Zalazar lo reclutó, y el paisano, que no quería pelear, huyó y se refugió en el monte. Pero hay otra versión, y es que Gil tenía un romance con una viuda que era pretendida por Zalazar; cuando lo alistaron, se vio venir una vida de colimba y dijo: "paso". Ahí empezó el mito. Sus detractores lo acusaban de desertor y bandolero, y sus seguidores decían que Gil curaba por imposición de manos. Que su mirada era hipnótica. Que mejor tenerlo de amigo. Que era la versión doméstica de Robin Hood, porque desvalijaba a los ricos y repartía el botín entre los más pobres. En realidad, no se sabe bien que hacia el Gauchito. Si se sabe que la actitud sacrificada es un recurso bastante usado por la canonización popular.
Los mitos solo reproducen una estructura tradicional: El Gauchito daba dinero a los más necesitados; y la Difunta ?mujer al fin- daba leche materna. Y aunque era hermosa y con no pocos pretendientes, murió cumpliendo los deberes de esposa fiel. Deolinda - así se llamaba - estaba casada con Baudilio Bustos, federal quien en 1841 fue enviado prisionero a La Rioja por el general unitario Lamadrid que había invadido San Juan. Desesperada, corrió tras su marido: con un brazo alzó a su hijo de pocos meses, con el otro tomó un baúl, y se lanzó a pie por el desierto. En el camino consumió las provisiones y el agua. Cayó cerca de Caucete, con el bebé prendido del pecho. Así la encontraron unos arrieros, recogieron al niño y sepultaron a la madre donde había caído: en el km 62 de la ruta de San Juan a Chepes. Al instante se convirtió en patrona de los arrieros y desde entonces dicen que la Difunta llena de leche los pechos escuálidos, une las parejas, acelera casorios y da salud a quien no la tiene. Hoy, entre los cientos de donaciones que recibe en agradecimientos de los milagros que le atribuyen, hay desde vestidos de novias hasta motos.
Si la Difunta da la vida por su prole, el Gauchito la mantiene. A Mamerto Gil lo apresaron cuando descansaba a la Robin Hood: bajo un arbolito. La historia de su caída es confusa; algunos sostienen que después de vivir un año prófugo, fue apresado por una patrulla. Otros creen que se entregó. Lo cierto es que Gil se vio ante las autoridades de turno, teniendo que explicar el por qué de su deserción. "Ñandeyara (un dios guaraní) se me apareció en sueños y me dijo que no hay razones para pelear entre hermanos de la misma sangre", contó. Pero no convenció a nadie. Fue así que decidieron trasladarlo a Goya, para ser juzgado por un tribunal. En el trayecto, y mientras los vecinos juntaban firmas para obtener su liberación, los militares lo colgaron de un algarrobo cabeza abajo, para evitar los supuestos poderes hipnóticos que tenía Gil y para quitar poderes al payé de San la Muerte que colgaba de su cuello. Fue el 8 de enero de 1878 en las afueras de Mercedes. Antes de morir, advirtió a su verdugo que al llegar a su casa sabría que su hijo padecía una grave enfermedad, que lo invoque para que pueda interceder ante Dios por la vida del chico. Al llegar a su casa, el verdugo confirmó que su hijo estaba muriendo y desesperado le rezó al Gauchito. A las pocas horas, el joven se recuperó por completo y el sargento entonces enterró la cabeza de Gil, construyó una cruz, la adornó con un trapo rojo y la clavó en la tierra que había sido manchada con la sangre del santo profano.
El Gauchito y la Difunta son lo más parecido a un ángel de la guarda, conviven con las creencias ortodoxas y hoy tienen miles de seguidores. ¿Visitaste alguno de los santuarios o tenés alguna historia sobre alguno de estos dos santos profanos? Compartí con nosotros tu experiencia y subí tus fotos.
PorJosefina Licitra. Fragmento de la nota publicada en revista Lugares nº 92.



