Guardaparques: cómo viven la pandemia en soledad y rodeados de fauna que sorprende
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Desdeparques nacionales alejados, pero rodeados de la más imponente naturaleza, testimonios de guardaparques que vivieron estos meses en soledad, con cambios inesperados en la fauna, que se animaron a volver a sitios antes conquistados por los turistas y que se preparan para recibir visitantes pronto, cuando la pandemia nos de una tregua.
El 9 de octubre, al cumplirse un nuevo aniversario del día del guardaparque nacional, cada uno de ellos volvió a elegir esta intrépida profesión que los llevó a vivir la pandemia de una manera diferente.
"Estamos en una isla. En el extremo austral del país. Y se nota. Es lejos, pero estamos en la gloria", así habla Gabriel Willink jefe de guardaparques del Parque Nacional Tierra del Fuego. Ushuaia fue una de las primeras ciudades que se aisló este año, por la pandemia. El parque uno de los primeros que cerró en marzo. Pero luego fue de los primeros que abrió, en julio. Más tarde, al filo de la primavera, volvió a clausurarse unos días. Fue un año distinto a todos. Pero el balance fue bueno sostiene Gabriel.
"Es lindo Tierra del Fuego. Tiene mar, bosque, montañas, lagos, de todo un poco… menos sol", bromea desde la puerta de la Antártida. "La pandemia cambió todo. Nosotros empezamos una semana antes, debido a los cruceros. La visitación del parque es casi del 50 por ciento de extranjeros y eso impactó temprano", relata el guardaparques en un alto tras un patrullaje por las sendas donde habitan decenas de pájaros carpinteros.

Los viajes terrestres con el continente -que son vía Chile- se complicaron este año. Y la isla sintió el aislamiento. "No hubo visitantes. Muy pocos turistas extranjeros. A diferencia de otros años que tenemos muchísima gente", relata Gabriel.
"Hoy nos imaginamos una temporada con poco o nada visita extranjera. La salida y la entrada de la isla está muy limitada -narra-. Estamos pensando en ser anfitriones de nuestra gente fueguina. El parque es ideal para recreación con grandes espacios. Estamos mejorando los senderos, y despejando áreas de acampe para que sea seguro y amable", expresa Gabriel desde el fin del mundo.
No es el único parque nacional que se adaptó para poder reabrir durante la pandemia.
El lejano Perito Moreno
Nicolás Katuchin es intendente del Parque Nacional Perito Moreno. Este parque, de 130 mil hectáreas está situado a 200 kilómetros de la localidad de Gobernador Gregores. Y dista a unos 600 kilómetros del aeropuerto más cercano, en la ciudad de El Calafate.

"Vivimos la pandemia en una suerte de burbuja", relata desde el centro de la provincia de Santa Cruz.
"Tuvimos tiempo para desarrollar un nuevo concepto en el plan de manejo del parque: "Solitud", explica. "Se trata de promocionar la soledad que ofrece el parque con toda una carga de energía positiva para la nueva etapa de turismo", sostiene Nicolás, desde Santa Cruz.
Mil visitantes llegan al parque Perito Moreno, cada año. Quizá porque los últimos 90 kilómetros que lo separan de la ruta 40 son de ripio. Quizá porque tiene menos infraestructura que Los Glaciares, situado en la misma provincia. Quizá porque incluso en enero el visitante se puede encontrar quince centímetros de nieve.
Lo cierto es que el parque tiene cien kilómetros de sendas para recorrer, algunas con vistas a lagos azules o turquesas con agua de deshielo, donde hay diez áreas de acampe. Varias de estas son pequeñas cabañas de madera, de uso común, donde el turista debe anunciar su visita antes de llegar ya que no pueden recibir más que a cinco o seis personas. "La pandemia nos obligó a disminuir los contactos con escuelas o a vecinos. Y nos enfocamos entonces en la construcción de la página Web, para afianzar el sistema de reservas. De este modo cuando se reabra la calidad de la visita en solitud estará asegurada", expresa Nicolás.

Este año no fue sólo excepcional por la pandemia: fue uno de los inviernos más fríos de la Patagonia. Y en el parque Perito Moreno hubo un mes entero de temperatura extremadamente gélida donde el termómetro no superó en ningún momento los cero grados. Por la noche las temperaturas descendieron hasta veintidós grados, bajo cero. "Hay días que parece que hasta el lago se vuela", relata Nicolás desde allí, donde aún no llegó el coronavirus.
La soledad en La Pampa
Catalina Martínez vivió la pandemia en otro parque. En el Lihué Calel, situado en la provincia de La Pampa. Ella es una mujer ruda: antes estuvo asignada en la Antártida. Y en Sierra de la Quijadas. "Es un privilegio vivir la pandemia en un área protegida", afirma. Catalina sufrió no poder reencontrarse con sus afectos, y tuvo que posponer una mudanza al Parque Perito Moreno, que será su próximo destino, por la imposibilidad de transitar por las rutas argentinas. Aún así se siente una persona bendecida. "Salir a patrullar, a recorrer la naturaleza es parte de nuestro trabajo y nunca lo dejamos de hacer, aún en pandemia", afirma.

El parque estuvo cerrado al público, sin visitación. Una vez más la soledad fue uno de los desafíos, para esta mujer acostumbrada a convivir con la naturaleza más ardua.
Carina Rivas ya estuvo asignada en el Parque Perito Moreno. La pandemia la encontró recién llegada a la seccional Tronador del Parque Nacional Nahuel Huapi. "De pronto no estaban los miles de visitantes: tuvimos tiempo. Tiempo para monitorear la seccional, para arreglar las pasarelas y los senderos, para arreglar carteles. La pandemia nos dio libertad para recorrer cada uno de los rincones de las 45 hectáreas de esta seccional", relata la guardaparques desde Pampa Linda, base de ascenso para los refugios Roca, Otto Meiling y Laguna Ilon.

La vuelta de la fauna autóctona
Desde el norte, otros testimonios ratifican que la soledad fue acaso la marca distintiva de este año. Pero la ausencia de turistas revivió la fauna de manera inesperada en el territorio.
"Cerramos de marzo a julio. Entonces comenzamos a tener registros y avistajes de especies que hacía tiempo no veían, como oso hormigueros y yaguareté", relata Hernan Luisi, desde el Parque Nacional Iguazú.
En Misiones la pandemia fue más leve que en el resto del país. El parque re abrió a turistas locales los fines de semana, en agosto. Pero ya no es posible visitar la Garganta del Diablo a la luz de la luna. Todo cambió. El parque que recibía seis mil personas por días, ahora recibe 500 personas por fin de semana, como máximo.

Antes de abrir, los guardaparques montan operativos con las cámaras trampa para evitar sorpresas inesperadas con los animales que volvieron a transitar ante la ausencia de humanos.
No es el único parque donde las tropas de animales silvestres reemplazaron a los turistas en los meses del invierno.
"Fue distinto a lo planeado. Viví en la seccional Mesada de las Colmenas en el Parque Nacional Calilegua -relata Marcos Bernuchi- . Tenía asignado estar en Aconquija, Tucumán, pero la pandemia me detuvo aquí", narra desde la yunga de Jujuy.

Cuenta que los pueblos vecinos del parque, como San Francisco, se autoaislaron, "en fase uno, con portones cerrados y con candados". No hubo movimiento de vecinos. "No hubo visitantes. En la ruta sólo andan animales. Tropas de monos… hasta las huellas de una hembra de yaguar, con sus crías", describe uno de los dos guardaparques que se quedaron a vivir este año en el interior del parque de 76.000 hectáreas de flora y fauna exuberante.
El parque, que tiene en su interior escondidas cascadas de agua montaña -Arroyo el Negrito- es un lugar ideal para avistar tucanes, mariposas y todo tipo de aves multicolor.

"No tengo visitante que atender. Pero no dejamos de trabajar. Lo cierto es que todo lo hago en territorio, con más tiempo", relata. "Este año fue todo muy atípico: está todo muy verde. Todo muy limpio. Todo muy silvestre", expresa el guarda que vivió la pandemia en medio de la nuboselva.

