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Acá llegó el arqueólogo Manolis Andronikos en noviembre de 1977. Dentro de un conjunto de túmulos (tumbas en forma de pequeña elevación sobre la tierra), había uno mucho más grande, y mandó excavar la necrópolis. Lo que salió a la luz fueron tres templos llenos de oro, plata y piedras preciosas de los que está prohibido sacar fotos. Se trataba de las tumbas de tres reyes de Macedonia. Completa, fue hallada la de Filipo II, padre del conquistador Alejandro Magno, que reinó desde el 359 hasta el 336 a.C., cuando fue asesinado. En otra se cree que estaba Alejandro IV, hijo del gran Alejandro, que murió siendo adolescente. Todos esperaban que apareciera en el mismo lugar la tumba del conquistador de Persia, es decir de Alejandro Magno, pero la idea se descartó porque murió en Babilonia y fue enterrado en Egipto.
En el museo subterráneo se exponen, detrás de vitrinas, los objetos del ajuar funerario, intactos: coronas, urnas de oro macizo con la estrella de la casa real, una armadura, cerámicas y espadas. De la tumba de Filipo II se puede ver la puerta de mármol, dos pilares y el friso. Para protegerla, se la volvió a cubrir con el túmulo que la escondió durante siglos.
Dijo Andronikos, sobre el momento en que tuvo en frente el sarcófago de oro: "Todo indicaba que habíamos encontrado una tumba real. Yo no podía ni pensarlo. Por primera vez, sentí cómo un shock eléctrico me atravesaba. Si las fechas eran correctas, entonces, ¿tuve en mis manos los restos de Filipo II? Era demasiado para que mi mente lo asimilara".
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Por Cintia Colangelo. Nota publicada en enero de 2014. Extracto del texto publicado en revista Lugares nº 213.


