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Todos saben aquí que las crecidas son ley y que hay que esperar a que baje el agua para trasladarse. Así eso demore días o, a veces, semanas.
El camino es la principal excusa para emprender el viaje. Las vistas son impresionantes, sobre todo al atardecer, cuando la luz enciende los colores rosa viejo y verde seco del cerro Morado.
Tras cruzar el abra de 4 mil metros que separa Jujuy de Salta, el descenso por la cornisa deja ver las terrazas de cultivo de Colanzulí y sus casitas con techos de paja que parecen flequillos. El camino avanza entre pircas, que son como mini murallas chinas, por donde asoman, de vez cuando, algunas mujeres pastoras.
Cruzamos el lecho seco del río Grande, luego un túnel y, más adelante, aparecen las cúpulas azules de la capillita de Iruya. Aquí no hay restaurantes de autor sino comedores con el nombre de sus dueños. El primero fue el de Tina. Luego se sumaron el de Poroto, el de San Isidro y el de la hostería Federico III, que atiende Gloria Federico. Conocimos a Gloria en un viaje anterior y fue de su boca que escuchamos la historia de su abuelo paterno Marrow Blágota Frederich Milatovich. Este yugoslavo montenegrino fue uno de los tantos que trabajó en el tendido de rieles del Ramal C-14, que unió Salta con Socompa, en la frontera con Chile. En uno de sus viajes quedó varado en Iruya (era 1900), se enamoró de una india y allí se quedó. A Manuel Federico, como tradujeron su nombre en la Argentina, lo conocieron como el "gringo loco", no sólo por haberse instalado en ese solitario enclave donde convergen los ríos Colanzulí y Milmahuasi, sino porque entre sus inventos diseñó una máquina de volar inspirado en un cóndor. Manuel murió años más tarde de un infarto, pero con los pies en la tierra.
En Iruya, las ambulancias son 4x4, capaces de cruzar el río o de trepar las empinadísimas calles del pueblo por las que circulan jóvenes en jeans que aún cargan a sus niños sobre sus espaldas. Los chicos juegan al Candy Crush con las tabletas de los turistas, pero también dominan el trompo de madera con una destreza que no se ve en las ciudades. Las mujeres van al mercado con sus bolsas de almacén rayadas, a las que hoy los supermercados urbanos llaman eco-bags. Acá siempre fueron eco... Ironías de los tiempos modernos.
En las cercanías vale la pena visitar San Isidro, un pueblo al que se accede por el cauce del río homónimo antes de diciembre, cuando queda aislado por las lluvias y el abastecimiento de alimentos se realiza en burro, llama o a caballo. Hacia allí vamos, montadas en la camioneta de Néstor Gutiérrez, nuestro guía local. Esta vez los truenos estallan dentro del cañón del río. Néstor sugiere no avanzar.
Entonces cambiamos de rumbo hacia Pueblo Viejo. Desde lejos se ven las terrazas de cultivo, una iglesia cuya patrona es la virgen de Fátima y cuatro cóndores en busca de carne fresca. Una tranquera marca el límite del primer pueblo que hubo antes de Iruya. En el frente de una de las primeras casas de adobe cuelga una bandera que dice "Runasimi", o "la voz del chango" en quechua. Adentro funciona la FM 89.9. En el estudio, un acolchado de peluche con un tigre estampado hace de panel acústico. Enfrente, un escritorio con una potente consola, una PC conectada a internet y un micrófono que amplifica la voz de Sandro Baños, locutor de turno que pasa cumbia y algunos anuncios para los pueblos cercanos.
Al lado del estudio hay un corral con ovejas. Más adelante, una mujer con sombrero, camisa con flores celestes y saquito de punto color azul se asoma por detrás de una pirca. "Mi finado marido me ha dejado suliiiita, suliiita. Me gusta trabajar la tierra porque así me han criado. Ya no veo ni oigo. Pero igual me gusta trabajar la tierra, porque así me han criado", dice Virginia Díaz (83). Cuando nos despedimos me da la mano. "Pero están heladiiitas", me dice. Entonces las toma entre las suyas, que pelan, para contagiarme la energía del sol.
Más info: Dormir y comer en la Quebrada
Más del Norte: Salinas Grandes, el mar de sal / Nazareno y Poscaya / Entre la quebrada y la yunga.
Nota publicada en abril de 2014. Extracto de la nota publicada en revista Lugares nº 214.

