Una acertada síntesis del descanso: la amabilidad de sus habitantes, los tragos que trascendieron las fronteras, el sabor de sus tabacos y su rica historia
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LA HABANA (El Nacional, de Caracas. Grupo de Diarios América).- El reloj puede decir que son las 21, pero en La Habana aún es de día. Y uno se pregunta si será, acaso, un efecto más de la sensación de haberse detenido en el tiempo que transmite esta ciudad. Así de frágil es la frontera entre lo real y lo mágico cuando se pisan las calles de la capital de Cuba, tan versátil dentro de su misma esencia, que mientras mejor se conoce más fascina e intriga.
La evidencia salta a la vista sólo con hacer una panorámica de esta urbe y ubicar las tres zonas que se conjugan entre sus coordenadas: Vedado, Centro Habana y La Habana Vieja -al Oeste, centro y Este-, cada una con características muy propias que las diferencian. Y siempre, a lo largo de los ocho kilómetros por los que se extiende la ciudad en su límite norte, una nota común prevalece: el Malecón prolongándose imperecedero como el gran paseo de la ciudad y de su gente, que cada noche, sobre todo los viernes y sábados, se vuelca en él casi hasta el amanecer.
A la hora de movilizarse en La Habana, el Malecón es un punto de referencia que anula cualquier posibilidad de pérdida, ya que su avenida recorre la ciudad de punta a punta y basta salir hasta ella para volver a conectarse en el punto de orientación deseado. En su camino se puede cruzar con automóviles que datan de los años cincuenta y sesenta, pero con seguridad que lo que más llamará su atención es ver cómo la bicicleta se impone como el medio de transporte por excelencia.
Si se anima, no tema pedir que le presten alguna. La afabilidad del cubano con sus visitantes es tan bien conocida que hablar sobre ello sería redundar. Tampoco debe preocuparse por su integridad física. En primer lugar, porque en La Habana no existen las colas; en segundo, porque sus vías -la del Malecón incluida- cuentan con un carril especial para los que andan en dos ruedas. Y es que el uso de este vehículo se ha generalizado de tal modo que muchos incluso lo han convertido en fuente de trabajo, transformándolo en un taxi muy particular al adaptarle un pequeño asiento en la parte trasera para llevar hasta dos pasajeros. Esta puede ser una opción tan simpática como económica para sus traslados, tomando en cuenta que los taxis convencionales utilizan taxímetro y no resultan demasiado convenientes para el bolsillo.
Pero aún existe una vía más:tomar una guagua o su versión renovada: el camello, un autobús cuya forma recuerda al animal del desierto. Definitivamente, ésta es la opción más económica, pero sólo recomendable para los muy arriesgados.
El sabor de lo viejo
Aquellos que gustan hurgar entre las raíces del pasado, saborear historias, colores y olores, encontrarán en los predios de La Habana Vieja el lugar ideal. Aquí está su casco histórico, declarado patrimonio de la humanidad por la Unesco debido al valor arquitectónico de sus edificaciones, muchas con más de tres siglos de vida. En estas calles se hallan numerosos sitios que el lugareño nunca dejará de alabar:"Si no fue allí, no estuvo en La Habana".
Para empezar, es obligada una visita a la Plaza de Armas -o Carlos Manuel de Céspedes-. En sus alrededores, museos, cafés, heladerías y pequeños restaurantes con mesitas al aire libre pugnan por llamar la atención del turista; sin olvidar el son, ese perenne telón de fondo con que el cubano siempre destacará las memorias del visitante. Este es también el territorio de los libreros , en donde la mitología económica del mercado literario cubano se comprueba como cierta.
Esas calles, pequeñas, estrechas, cálidas, albergan numerosas librerías -casi todas de segunda mano- tiendas de recuerdos y lugares tan curiosos como la Casa del Ron, la del Café y la del Agua. En la primera disponen de una carta con más de 20 tragos y le facilitan sus propias provisiones a muy buenos precios, con la ventaja de que puede asegurarse la mejor compra instalándose en su barra y catar cuanto quiera. Justo al lado se encuentra la Casa del Café, más o menos en el mismo estilo, mientras que la del Agua es una muestra típica del sentir -y vivir- de esta gente, tan orgullosa de su historia que del más mínimo detalle hace todo un motivo. Las jarras y vasijas que tienen a la venta son lo de menos; lo más sorprendente es experimentar cómo aquellos dos señores extremadamente amables que lo reciben convierten en un cuento tan agradable el relato de los padecimientos sufridos por la ciudad a causa de la escasez de líquido, al tiempo que se toma un vaso de común y silvestre agua fresca.
Pero si de hablar de sitios se trata, existen dos en La Habana Vieja inmortalizados nada menos que por boca del escritor norteamericano Ernest Hemingway, cuando ilustró en una frase sus preferencias en la isla a la hora de los tragos:"Mi mojito en La Bodeguita y mi daiquirí en el Floridita".
En La Bodeguita del Medio el mojito , la bebida más típica de La Habana, es el rey. Su carta recoge los platos tradicionales de la comida cubana, mientras que sus añejas paredes de azul desvaído nombres y mensajes de todo el mundo se disputan los espacios con las fotos del autor de El viejo y el mar .
El Floridita, por el contrario, es toda sana reminiscencia europea, característica que se aprecia desde el circunspecto portero que lo recibe a la entrada hasta el delicado mobiliario que lo decora en matices rosados. Mundialmente conocido como la cunba de daiquiri -por ser este trago su especialidad-, aquí Hemingway aparece una vez más como el emblema del lugar, tanto que su puesto sigue en el mismo sitio, resguardado con una cadena.
Finalmente, el recorrido no estaría completo sin haber pasado por la Plaza de la Catedral, también conocida como Plaza de los Artesanos debido a que diariamente decenas de estos trabajadores se instalan en ella para comercializar sus productos y ser la delicia de los cazadores de souvenirs. Muy cerca está el Palacio de Artesanía, un centro comercial donde se pueden conseguir desde perfumes y cosméticos hasta prendas de vestir, música y licores.
Igualmente obligatorias son las visitas al imponente Museo de la Revolución, el Memorial Gramma, la fortaleza de El Morro -que ahora sirve como mirador- y el Museo de Bellas Artes.
Varadero, entre el golf y los viajes submarinos
VARADERO, Cuba (El Tiempo. Grupo de Diarios América).- Durante muchos años, los cubanos han anunciado a Varadero como un paraíso, sin nada que envidiarle a otros puntos turísticos del Caribe. La realidad era otra. Si bien Varadero ostentaba algunas de las más bellas playas del Caribe, en otros aspectos dejaba mucho que desear.
Sin embargo, las autoridades turísticas de la isla se encuentran embarcadas desde hace varios años en una campaña para cambiar esta situación y, a todas luces, han tenido éxito.
Otro aspecto que ha mejorado considerablemente es la oferta de servicios y entretenimiento. Anteriormente el visitante tenía que conformarse con pasar días y días echado en la playa, pues no había otras opciones de diversión. Poco a poco este problema fue enfrentado y ahora es posible disfrutar de diversas actividades.
La moda es, sin duda, el golf. Un campo de 18 hoyos fue construido a la altura de la casa Dupont. Geoffry Ivers, jugador profesional británico, comenta: "El diseño del campo es excelente, verdaderamente de primera clase. Como todo campo junto al mar, añade el imponderable de la brisa marina, que aumenta la importancia del factor suerte. El paisaje es espectacular, a veces uno se detiene sólo para saborear el entorno".
Otra actividad que ha alcanzado una gran popularidad es el paracaidismo. El Centro de Paracaidismo de Varadero ofrece la opción de saltar en tándem, o sea en pareja con un instructor. El turista es recogido en su hotel por un colectivo. Pasa dos horas en manos de un instructor que le explica la física y mecánica del salto.
Luego es vestido con un overol especial y con un arnés que lo conecta al instructor. Un biplano de fabricación soviética los eleva hasta 3000 metros de altura sobre la península de Varadero, desde donde saltan.
Primero experimentan 35 segundos de caída libre, momento en el que el instructor se encarga de abrir el paracaídas. Luego descienden bajo el gran paraguas, disfrutando del paisaje durante poco más de un minuto y medio. El aterrizaje se hace en la playa, junto al propio hotel del turista. La seguridad es óptima; en dos años de operaciones no han tenido un solo incidente, ni siquiera un raspón.
En cuanto a los deportes acuáticos, se ofrecen algunas opciones. El turista puede alquilar un velero pequeño o una balsa en varios puntos de la playa. Las motos acuáticas son menos comunes. Otra novedad en Varadero son los botes con fondo de vidrio, los cuales le permiten al visitante observar la bellas fauna y flora marinas, mientras se toma un cuba libre.
Las excursiones en estos botes son más bien cortas -de una a dos horas- y sólo incluyen bebidas.
Para aquellos con mayor inclinación marinera, existe la posibilidad de tomar una excursión de un día en catamarán o velero, que incluye bar libre, almuerzo con langosta y visitas a cayos y arrecifes donde se puede practicar snorkeling. Sin lugar a dudas, la atracción actual que a más turistas llama, pero que irónicamente a menos puede atender, es el delfinario que se encuentra en el extremo de la península.
A diferentes horas del día ofrecen espectáculos con delfines adiestrados; sin embargo, su éxito de debe al baño con los delfines.
Todos los días a las 11 y a las 16, algunos turistas pueden bañarse con los delfines, tocarlos y realizar algunos trucos con los ellos. La experiencia es sobrenatural. Existe una relación inexplicable entre el hombre y estos animales, que hace el contacto inolvidable.
Realmente es algo muy especial, sin embargo, quien quiera disfrutar de esta experiencia, debe madrugar y estar antes de las ocho de la mañana en el delfinario, para reservar un cupo. Debido a razones de salud de los delfines, el número de turistas que pueden bañarse con ellos diariamente esta estrictamente limitado.


