El lado b de Copenhague: un viaje a la nueva capital danesa

Cambios de hábitos, diversidad étnica y modernización aportan a la capital nórdica un recorrido hipster por barrios que supieron ser peligrosos pero ahora marcan tendencia; historia vikinga, música y buena gastronomía en un tour por el lado b
Cambios de hábitos, diversidad étnica y modernización aportan a la capital nórdica un recorrido hipster por barrios que supieron ser peligrosos pero ahora marcan tendencia; historia vikinga, música y buena gastronomía en un tour por el lado b Crédito: shutterstock
María Fernanda Lago
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10 de febrero de 2019  

Se podría decir que hay dos maneras de pasear en Copenhague. Una, según el manual del buen turista que se limita al recorrido de los guías, los autobuses turísticos y los botes que navegan por los canales. La otra, libre de circuitos y paradas, es la que demarcan los barrios emergentes que muestran una Copenhague moderna, de nuevas tendencias, y hasta quizás más auténtica, donde visitar a La Sirenita no es prioridad.

La estación de Nørreport es una de las entradas a la peatonal céntrica. Al combinar subte con tren concentra pasajeros que viajan alrededor del centro o hacia localidades más alejadas, y sea día o noche el movimiento es constante.

A pocos metros, sobre Frederiksborggade, hay otro gran ir y venir de gente por los pasillos de Torvehallerne, un mercado a la calle que abrió en 1889 como feria de productos frescos, cerró en 1958, y tras una reestructura se volvió a inaugurar en 2011.

La parte exterior de Torvelhallerne, con gran oferta de productos frescos y flores
La parte exterior de Torvelhallerne, con gran oferta de productos frescos y flores Crédito: shutterstock

Mientras una mujer ordena un canasto bajo una sombrilla, un señor envuelve flores, y en un carrito cercano preparan tacos mexicanos. Hoy a esos puestos callejeros, se suma un predio cerrado con librerías, cafés y bares de comida nórdica e internacional. Entre la variedad gastronómica se puede pedir desde empanadas hasta smørrebrød, una rodaja de pan negro con huevo y camarones u otras variantes (como si fuese un sándwich abierto) que es el típico almuerzo danés. Por ubicación y oferta, en Torvehallerne converge lo cotidiano con lo turístico, y antes de desobedecer al manual del buen turista es el lugar para despedirnos del Copenhague tradicional.

Nørrebro se desestructura

Al caminar por Frederiksborggade y cruzar el puente Dronning Louises, los guías y sus banderines quedan atrás. A partir de este cruce, varias cosas cambian. La calle pasa a llamarse Nørrebrogade, hay una transición de casas pintadas en colores pasteles, a muros intervenidos por arte callejero, y el clásico modo de vestir danés -entre negro, gris y azul-, transmuta a colores vivos. Menos tacos, muchos negocios de bicicletas y el toque vintage con una seguidilla de anticuarios y ferias americanas.

Entre Ravnsborggade y Sankt Hans Gade, hay tiendas que huelen a tiempo estancado. Son pequeños mercados de pulgas con muebles, porcelanas, cristales del siglo XVIII y cientos de chucherías, todo con su precio marcado como para revolver sin preguntar.

Algunas veredas parecen una extensión de las tiendas, con percheros donde un tapado de Burberry se airea junto a camisas de seda usadas que no bajan de 499 DKK (alrededor de 67 euros cada una). Hacia el atardecer, las perchas ceden espacio a las mesas, mientras las luces se encienden en dirección a Elmegade y aumenta la oferta de bares.

Quién te ha visto y quién te ve, se podría decir sobre la transformación de Nørrebro en el último tiempo. Décadas atrás el barrio no era seguro, ni tranquilo. Las guerras entre bandas, los episodios de violencia y drogas en Assistens, el cementerio donde están los restos de Hans Christian Andersen y el filósofo Søren Kierkegaard, quedaron en el pasado. De hecho en 2011, cuando Hans Larsen abrió su bar de vinos, la zona estaba encaminada hacia su nueva identidad hipster.

Hans habla español y aunque es arisco con las palabras, se le siente el acento argentino que le dejó una estadía de año y medio en Buenos Aires. Por suerte, al dialogar sobre el barrio deja los monosílabos de lado y se explaya: "Cuando Kødbyen, el meatpacking danés, puso de moda a Vesterbro a metros de la Estación Central de Trenes, nada le hizo sombra hasta que Nørrebro creció para disputarle la noche".

Y el resultado fue efectivo, si se considera que por la zona hay dos estrellas Michelin: la del tailandés Kiin Kiin y la del orgánico Relæ. Al recordar su paso por Argentina, Hans no lo duda: "Si la comparo con Buenos Aires, Nørrebro tiene un estilo parecido al de la calles de Palermo, pero en proporciones nórdicas".

De día y noche, el ir y venir de las bicicletas le da al ambiente un ritmo relajado.Incluso por Nørrebrogade que es la avenida principal y marca un camino paralelo a esas callecitas que se cortan por dentro. Paso a paso, la diversidad étnica de Copenhague empieza a ser cada vez más visible. Los locales de comida árabe son vecinos de las tiendas con objetos de la India o vestimenta islámica, uno al lado del otro, hasta llegar al parque Superkilen, un ejemplo de tolerancia e integración.

Esta obra resultó del trabajo entre tres grupos de arquitectos, paisajistas y artistas en consulta abierta con los vecinos. Al equipo de Bjarke Ingels, Topotek1 y Superflex los unió un objetivo: integrar a 60 culturas y miles de habitantes a lo largo de un jardín de 800 metros. Sin dudas, lo lograron.

El parque se inauguró en 2012, con tres sectores diferenciados por color: el rojo centrado en actividades físicas, el verde cubierto de pasto como espacio natural, y el negro con mesas de ajedrez y bancos para generar puntos de encuentro. A la vez es una especie de exposición internacional de objetos, como para que todos se sientan en casa, hay desde carteles de neón de Rusia, postes de luz ingleses, hasta parrillas argentinas listas para usar.

Religión, vikingos y rock & roll

Réplicas de barcos vikingos en Roskilde
Réplicas de barcos vikingos en Roskilde Crédito: shutterstock

Al viajero que le guste la historia, la arquitectura y la música, no se le debería escapar el tren que sale de Nørrebro hacia Roskilde. Una ciudad que fue la capital de Dinamarca entre los siglos XI y XV, y está a orillas de un fiordo a 35 kilómetros del centro de Copenhague.

La Catedral es su edificio más importante, muy cerca del sitio donde en 1962 excavaron cinco embarcaciones vikingas y en 1967 construyeron el lugar para exhibirlas. Un museo dedicado a los vikingos con documentación de la época, mapas de viajes, un astillero y la posibilidad de pasear en una barca típica como si el tiempo se pudiera rebobinar a más de mil años.

Por otro lado, esta región suena hace tiempo en el mundo de la música. Desde 1971 cuando se organizó el primer Roskilde Festival y el público empezó a acampar, cada año durante la primera semana de julio, para escuchar artistas de todo el mundo; pero también a partir de 2006 con la inauguración de Ragnarock, el museo de pop, rock y cultura joven que sumó música para el resto del año y otra razón por la que muchos viajeros toman el tren hacia el sur.

Los dos techos en punta de la Catedral se ven al bajar al andén. Una marca que identifica su estilo gótico danés, y sirve como referencia para caminar 10 minutos por una peatonal sin perderla de vista. Como centro religioso de la antigua capital, conserva cerca de cuarenta tumbas de la monarquía danesa. La mayoría construidas para parejas reales. Un tema que generó polémica tras la muerte del marido de la reina Margarita, el 13 de febrero del año pasado, y una paradoja del día anterior a San Valentín. La voluntad del príncipe consorte Henrik fue no ser enterrado junto a su esposa. Rechazó el sarcófago, diseñado por el artista Bjørn Nørgaard para ambos y a cambio pidió que lo cremaran. Todo un revuelo en la prensa porque el ataúd con la imagen de esta pareja real quedará solo para la Reina.

Distrito creativo

Otro templo, pero de la música, está a 15 minutos a pie desde la estación de tren. Algunos se toman el ómnibus 202 A, con la idea de llegar más rápido, aunque se tarda casi lo mismo. Ragnarock es un museo para experimentar y es la atracción principal de Musicon, un distrito creativo que empezó a crecer hace 10 años con viviendas para estudiantes, una escuela de arte y un campo de deportes, en donde antes funcionaba una fábrica de hormigón.

La alfombra roja está pintada en el piso de cemento. Si el objetivo de Ragnarock es que los visitantes experimenten lo que se siente ser una estrella de rock, algo de eso logran desde la primera pincelada. Reflectores y parlantes aumentan la temperatura y musicalizan el camino hacia la entrada a un edificio dorado por fuera y rojo por dentro. Este lugar merece la visita por su contenido y en especial por su arquitectura que estuvo a cargo de dos estudios: el danés, COBE, y el holandés, MVRDV.

Si se escapó adorar alguna década musical, adentro está la historia de generaciones jóvenes desde 1950. La estimulación sonora es constante: son acordes, pero también son gotas, pasos, voces, ritmos, alarmas, risas y ya uno no sabe si vienen de la gente o de los parlantes. Grandes y chicos caminan en silencio entre paredes llenas de autógrafos, cartas de admiradores, documentos del primer Roskilde Festival, rankings de los más escuchados y diferentes salas para interactuar. Recuerdos de Elvis Presley, Jerry Lee Lewis y Mick Jagger comparten vidriera con fotos de Ella Fitzgerald, Aretha Franklin y Tina Turner. El recorrido lo marca el piso con fechas en forma de cadena genética, o lo decide uno al seguir los sonidos que más llaman la atención.

Camino de vuelta a tomar el tren, el edificio de Ragnarock reluce como un grano cuadrado de purpurina a lo lejos. Cuesta dejar de mirarlo, tiene contenido para todas las edades y una estructura fascinante. Dan Stubbergaard, arquitecto MAA y fundador de COBE, no duda que la construcción del museo marcó nuevos estándares que lo convertirán en ícono de la ciudad y del Gran Copenhague. El tiempo lo dirá.

Datos útiles

Cómo llegar: Desde Ezeiza viajan con escalas Air France, KLM y British Airlines. Se consiguen pasajes desde $42.000.

Qué hacer

  • Torvehallerne: Frederiksborggade 21, 1360 København K. Abre de lunes a jueves de 10 a 19, los viernes cierra a las 20, los sábados a las 18. Domingos y feriados, de 11 a 17.
  • Assistens: Kapelvej 2, 2200 København N. Está abierto desde octubre hasta marzo, de 7 a 19; y de abril a septiembre, de 7 a 22.
  • Catedral de Roskilde: Domkirkestræde 10, 4000 Roskilde. Entre octubre y abril abre de lunes a sábados entre las 10 y las 16; y los domingos de 13 a 16. Durante mayo y septiembre cierra una hora más tarde; y entre junio y agosto la apertura se extiende hasta las 18. La entrada tiene un valor de 60 DKK (8 euros) para adultos. Los menores de 17 no pagan.
  • RagnaRock: Rabalderstræde 16, Musicon 4000 Roskilde. Abre los martes y de jueves a domingo de 10 a 17. El horario del miércoles es de 10 a 22. Los lunes está cerrado. El costo de la entrada para adultos es de 95 DKK (13 euros), mientras que los menores de 17 entran gratis.
  • Museo de los Vikingos: Vindeboder 12, 4000 Roskilde. Los precios de la entrada varían. Hasta el 21 de octubre de este año, la entrada tiene un valor de 130 DKK (17,5 euros). Entre el 22 de octubre y el 30 de diciembre se reduce a 90 DKK (12 euros). Los menores de 18 tienen entrada libre todo el año.
  • Ticket de tren: para viajar a Roskilde hay trenes directos desde Nørreport. El recorrido es de 35 minutos y el precio del boleto de ida, que se compra en las máquinas expendedoras de la estación, es 84 DKK. El mapa de trenes se divide por zonas de color. Roskilde está en una de las más alejadas, la rosa.

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