Vivir en el mar: cómo surgió la idea

Lo que nació como una aventura individual se convirtió en un proyecto familiar.
Lo que nació como una aventura individual se convirtió en un proyecto familiar. Fuente: Brando - Crédito: Constanza Coll
Constanza Coll
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17 de mayo de 2019  

Juan y el Tangaroa2 zarparon en julio de 2017 de la Bahía de Núñez, en la Capital Federal, con la idea de llegar a Florianópolis, y luego navegar de regreso en el verano, con vientos portantes del norte. O eso pensábamos, nos decíamos, probablemente porque no podíamos vislumbrar la oportunidad de vivir de viaje, navegar sin tiempos, un sueño demasiadas veces soñado como para concretar en la vida de los lunes a lunes. Juan lo vio claro cuando pasó el mástil por debajo del puente Hercílio Luz, y lloró, porque nosotros no estábamos, porque no sabía si yo iba a entender, si iba a decir que sí, con nuestro hijo tan chiquito, y si no, entonces qué haría. Para él no había vuelta atrás.

Pasamos un mes y medio separados, él navegando a Brasil, Ulises conmigo en un viaje por trabajo en otro mar. Hablamos muy poco en ese tiempo, casi nunca teníamos señal, es difícil tener 4G incluso a pocas millas de la costa. Cuando nos reencontramos en casa nos abrazamos y enseguida le descubrí un tatuaje en el antebrazo, su primer tatuaje, nuestro primer tatuaje, y no me había adelantado nada. Era la figura de Tangaroa, el dios polinesio del mar, junto al perfil de la isla de Florianópolis, con una estrella señalando la bahía de Sambaquí, donde el barco nos esperaría hasta que decidiéramos qué hacer.

En marzo de 2018, a modo de prueba piloto, volamos al encuentro del Tangaroa2, que nos esperaba ansioso, cabeceando las olas, era evidente que necesitaba izar velas y sacudirse los caracoles que se le habían pegado en el fondo. Dedicamos un mes completo, todos los días que teníamos de vacaciones, a navegar la costa de Santa Catarina: Camboriú, Bombas y Bombinhas, Porto Belo, Itajaí. Nos la jugamos, porque si la prueba no salía bien el barco iba a tener que quedarse un año más, hasta que pudiéramos juntar los días necesarios para llevarlo de vuelta a Buenos Aires. ¿Ulises se sentiría cómodo en el barco? ¿Se asustaría con la escora o las olas grandes? ¿Podíamos cocinar con una hornalla, no tener heladera, ducharnos afuera con agua calentada al sol? ¿Y los días de lluvia? ¿Y nosotros como pareja y como equipo tripulante?

Hubo un momento llave. El Tangaroa2 estaba fondeado en la bahía de Tinguá, era el único barco, y nosotros los dueños de toda la playa. Atardecía y la arena estaba dorada. Ulises corría desnudo de una punta a la otra, y nos pedía que corriéramos con él. "¡Vamos mamá! ¡Vamos papá!" Cada tanto metía los pies en el mar y saltaba con fuerza para salpicar, se mataba de risa. Saqué el teléfono y lo filmé, era hermoso y tenía miedo de que se terminara, de no animarme, de despertar. Me acuerdo que le pregunté a Juan si se podía vivir así, y juntos repasamos los testimonios de otros navegantes que habíamos conocido en estos años de romance con el mar.

En Nueva Zelanda nos había impresionado una pareja que había vendido su casa en Australia y vivía hacía 18 años con los intereses que le daba el banco por el plazo fijo; en Belice, nos cruzamos con varias familias europeas que habían cruzado el Atlántico y cuyos hijos hacían la escuela a distancia; en Montevideo conocimos a Eduardo Rejduch y su velero Charrúa, más pequeño que el nuestro, decorado con muchos souvenirs de su improvisada vuelta al mundo; en Croacia dimos con unos jubilados que hacían rendir sus euros con la austeridad que obliga la vida en el mar. Y también recordamos ese video de Youtube que vimos varias decenas de veces, sobre el viaje a bordo del Bicho Papão, con música de Arnaldo Antunes: "Na nossa casa amor perfeito é mato, e o teto estrelado também tem luar (...) Na nossa casa passa um rio no meio, e o nosso leito pode ser o mar (...) A nossa casa é onde a gente está, A nossa casa é em todo lugar".

La decisión estaba tomada. Sólo había que resolver qué haríamos con la vida que llevábamos hasta ese momento y de qué viviríamos a partir de ahora.

La vida austera en el mar

El mar es libre y, salvo raras excepciones, se puede tirar el ancla en cualquier bahía, sin tener que pagar ni pedir permiso. A bordo no hay cuentas de gas ni de luz (en el Tangaroa2 usamos paneles solares), no hay ABL, ni expensas. Y el bote auxiliar, que hace las veces de auto, para ir y venir del barco, es a remo. El único gasto fijo que elegimos tener es la prepaga, por si llegamos a necesitar algo por fuera del seguro al viajero. El resto es comida, diésel para cuando no hay viento y cuestiones relativas al mantenimiento del barco. Lejos del imaginario colectivo, la vida en el mar es barata.

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