
Encontrá las guías de servicio con tips de los expertos sobre cómo actuar frente a problemas cotidianos: Adicciones, violencia, abuso, tecnología, depresión, suicidio, apuestas online, bullying, transtornos de la conducta alimentaria y más.


Con apenas 24 años, Juliana “Juli” Savioli construyó un universo propio en el que conviven el humor, la actuación y la creación de personajes. Actriz, comediante, cantante, guionista, directora y artista visual, reúne a más de ocho millones de seguidores en TikTok y otros dos millones en Instagram. Este año estrenó su primer cortometraje de ficción y se sumó al elenco de una serie de Disney+. Pero detrás de los personajes que la hicieron conocida hay una joven que también se anima a mostrar sus contradicciones y a poner en palabras experiencias que atraviesan a toda una generación.
Durante 16 años, el ballet marcó su vida y le dejó una disciplina que todavía reconoce en su manera de trabajar, pero también una autoexigencia difícil de desarmar. En distintas oportunidades, Savioli habló públicamente de los problemas de salud mental que atravesó, entre ellos, trastornos de la conducta alimentaria, con períodos de atracones y restricciones. También reconoció que no se trata de un capítulo completamente cerrado: todavía convive con pensamientos vinculados a la comida, el cuerpo y la necesidad de control.
En esta entrevista reflexiona sobre las huellas que esas experiencias dejaron en su manera de mirarse, la comparación constante y la sensación de que nada de lo que hace es suficiente.
Muchas de esas vivencias encontraron un canal de expresión en su arte y, especialmente, en el humor. “Me gusta que después de reírte te quedes pensando”, asegura. Pero la exposición en las redes sociales también tuvo su costado más oscuro: descubrió que imágenes suyas habían sido manipuladas y sexualizadas mediante inteligencia artificial.
En esta nueva edición de Conversaciones, Savioli habla de su relación con el cuerpo, la autoexigencia, la necesidad de aprobación y las herramientas que fue construyendo para reconocer cuándo necesita ayuda. También reflexiona sobre la violencia digital, los mandatos que todavía pesan sobre las mujeres y las conversaciones que los adultos deberían animarse a tener con los adolescentes.
-Muchos son jóvenes que llegan a vos a través del humor y de tu arte, pero también te animás a contar experiencias muy personales que resuenan en ellos. ¿Qué cambió en vos a partir de que pudiste poner en palabras y compartir esas vivencias?
-Yo creo que se fue formando con los años la noción de cómo devenían mis caras, mis voces, mis movimientos corporales. Al principio era como un abanico, pero sin las maderitas. Entonces abanicaba para cualquier lado, se me cerraba para uno, para el otro. La gente no entendía: “¿Pero eso qué es? No te entiendo”.
Y yo seguí yendo por ese lado porque, aunque al principio no tenía tanta noción de lo que hacía, sabía que era extraño. Entonces dije: “Bueno, voy por lo raro, por lo extraño. Después se verá qué pasa”. Pero sabía que quería apuntar ahí, porque era algo diferente y quería que impactara.
Con el tiempo, a medida que fui creciendo y me fueron pasando cosas, me di cuenta de que eso que tenía estaba relacionado con lo que vivía, lo que observaba, lo que me dolía, lo que amaba, lo que me hacía mal o lo que veía que les hacía mal a otros. La vida está llena de miedos.
Entonces, es una manera de llevar todo eso al cuerpo y de que podamos sentirnos acompañados. Mis videos son para eso. Algo que pensaste vos, yo también lo pienso. Algo que te pasa a vos, a mí también me pasó. Siempre con diferentes historias, pero todos estamos viviendo casi lo mismo.
-¿Y pudiste reconocer algo en vos a partir de ponerlo en palabras? Contaste experiencias vinculadas con la salud mental y con la relación con tu propio cuerpo. ¿Te pasó que, al verbalizarlas, te diste cuenta de algo que estaba ahí y que todavía no habías reconocido?
-No, antes de subir un contenido hago todo un análisis en mi cabeza. Primero lo reconozco en mí. Para dárselo a otro, antes tenés que haberlo reconocido en vos, haber sacado alguna conclusión sobre algo que te pasó en los últimos meses o semanas, algo que observaste o que escuchaste decir a una persona con un tono extraño que te llamó la atención.
Entonces empezás a preguntarte por qué, hasta que llegás a un punto en el que decís: “Bueno, esto lo puedo representar con un personaje, con esta historia o con algo que está pasando ahora mismo en las redes sociales”. Y ahí se coordina todo.
-Vos hablás mucho de tu autoexigencia. Contaste en otras entrevistas que a veces sentías que tenías que ser la mejor en todo. Empezaste con una disciplina muy grande desde chiquita, a los tres años, y la sostuviste durante 16 años. Incluso hablaste del ballet como una segunda madre y reconocés ahí el inicio de esa autoexigencia. ¿Qué cosas te dejó esa segunda madre que al día de hoy todavía estás intentando desarmar?
-Me dejó esto que ves, con todas sus contradicciones. Siento que pude darle otro marco, llevarla para otra casa. Ya no soy bailarina clásica, estoy haciendo esto, pero utilizo todo lo que aprendí.
No es que le cierro la puerta, sino que es como decirle: “Vení, mamá. Este es mi mundo. Entrá, también sos bienvenida, pero con otras formas”. Actuando, cantando, bailando, creando historias, haciendo películas y series.
Fue cuando le permití hablar al cuerpo, porque en la danza siempre es calladita la boca, obedecer y ya está. Ahora pude revertir eso y utilizar todo lo que viví durante esos años, convirtiéndolo en algo muchísimo más amplio para todos. No solo para un nicho.
-¿Y qué pasa con las cosas que no estuvieron buenas? ¿Qué sentís que todavía te quedó de esa disciplina o de esa mirada sobre cómo tiene que verse el cuerpo y los estándares que hay que cumplir?
-Sí, todo lo que tiene que ver con el cuerpo. No me pude deshacer de eso. Creo que no, que no se va a ir.
Tengo una sobreexigencia, unas ganas y un hambre de más todo el tiempo. De tener que demostrar, de recibir aplausos de otros, porque la danza es eso: que te mire otro, que te observe. Mucho espejo.
Antes, en la danza, quería ser la mejor, entrar al Colón. Y ahora quiero ser la mejor, llegar a determinado lugar, hacer una película, trabajar con tal director, tal persona o tal actor. Hay mucha exigencia.
Porque sé que, tanto en el mundo de las redes como en el de la danza, y en cualquier otro ámbito, siempre está el miedo de desaparecer, de que te reemplace otro, de que no valgas nada. Hay mucho látigo, esa sensación de que no sos nadie todo el tiempo.
Entonces, como no sos nadie, tenés que estar reivindicándote constantemente, sacando cosas nuevas, una mejor que la otra. No puede haber una idea peor que la anterior, porque tenés que estar en crecimiento y ese crecimiento tiene que verse desde afuera. Todo lo que te pasa, lo que mejorás y lo que hacés tiene que quedar para otro.
Tenés que dar lo mejor. No un poquito, todo. Que la vara siempre quede en el máximo. Y te terminás acostumbrando a vivir así. Yo estoy acostumbrada a pretender mucho de mí.
Pero lo vengo trabajando. Ya entendí que toda esa base que tengo me ayuda en un montón de cosas. Sé que las puedo ver y hablar de ellas. Hay gente que no puede verlas y, entonces, tampoco puede hablarlas ni interactuar con ellas. Queda como una lona que tapa algo que les está haciendo mal, pero que no se atreven a enfrentar.
Yo todo el tiempo me estoy enfrentando a eso. Siento que la vida es un poco eso: reconocer todo lo que te pasó y por qué estás viviendo las cosas de determinada manera ahora.
-Es una mirada que puede ser constructiva en algunos aspectos, como vos lograste al transformar esas experiencias, pero que también es muy dura. ¿Cómo lograste construir una red de sostén para esos momentos? ¿Tu hermana, terapia, amigos?
-Total. Yo creo que siempre me quise hacer cargo sola de muchas cosas. Como decir: “Bueno, esto lo paso sola porque yo decido vivir las cosas así”.
Hace bastantes años que vivo sola y siento que ya me construí mi propia red. Tengo que estar fuerte porque sé que el otro se puede ir en cualquier momento. No tengo certezas de absolutamente nada. Tengo las herramientas diarias para seguir en esta carrera.
Porque si te parás un momento y mirás todo lo que estás haciendo, decís: “Ah, pará, boludo. ¿En cuál estoy? Me bajo”. Pero no. Siento que estoy muy mentalizada en que esto es así. Quiero que me vaya de determinada forma y sé que voy a tener que atravesar ciertas cosas para lograrlo.
Obviamente, agradezco que tengo un sostén familiar desde siempre. Hay tres personas que son los pilares más importantes y preciados de mi vida: mi papá, mi hermana y mi mamá. Los amo con toda mi vida.
Obviamente, tuvimos nuestras cosas durante mi infancia y empecé a llevarme mejor con ellos cuando me fui de casa. Necesitaba hacerlo, sabía que tenía que hacerlo. Y el hecho de que me lo hayan permitido, que me amen con tanta libertad, también me permite a mí amar y hacer las cosas desde la libertad.
Para mí, con eso ya puedo tirar para toda la vida. No hace falta que estén todo el tiempo encima mío. Les cuento mis cosas, obviamente, pero sé que el camino es sola. Estamos solos todos.
Después podés cruzarte con un montón de gente muy linda con la que interactuar y hablar. A veces con el psicólogo; en su momento tuve un psiquiatra. Con algunos amigos podés hablar de ciertas cosas y con algunas amigas te das cuenta de que pasaron por situaciones muy parecidas a las tuyas.
Entonces vas empatizando, escuchando, vinculándote. Siento que la vida es un poco eso: ir conociendo, absorbiendo y reconstruyendo con otros..
-¿Cuándo empezaste a sentir esa mirada externa? ¿Te acordás de algún momento o alguna anécdota en la que sentiste que había estándares y exigencias sobre cómo tenías que verte, comportarte o cómo tenía que ser tu cuerpo?
-Creo que más que nada en el salón, con mis compañeras. Siempre veía los cuerpos de las otras. Tenés un cuerpo enfrente todo el tiempo, te das vuelta y tenés otro. Te comparás.
Yo siempre les miraba los huesitos del tórax. Decía: “Ah, qué lindo que se te marquen así los huesos”. Y siempre ibas tomando algo de cada una: las piernas de tal, las manos de otra, los pies, ese empeine, esa elongación. Era como ir construyendo tu ideal perfecto con algo de cada una.
Construís esa imagen y después te mirás, te comparás y decís: “¿Yo debería tener esto?”. Y aunque vos misma construiste ese ideal, lo querés alcanzar.
Todo el tiempo estuvo eso. Además, en la danza siempre tenés que mirarte al espejo. En realidad, es para corregirte, pero es inevitable compararte porque llegás y está todo lleno de espejos.
-Y además están los adultos, que me imagino que también deben marcar cuestiones en esa misma línea.
-Claro. En el mundo de la danza, si tenés determinado cuerpo, ni entrás. Es así.
Y creo que también lo veo mucho en las redes sociales. Cierto cuerpo te habilita cierta carrera; cierto cuerpo y cierta forma de comunicarte te habilitan otra.
Tenés que estar muy consciente de lo que decís, de lo que no decís, de cómo querés que te vean y de cómo te ves realmente. Es algo muy estratégico.
Yo lo uso como una forma de separar las cosas. No me tomo todo personalmente porque, desde afuera, me veo como un producto. Lo soy. Entonces construyo desde ahí, como si fuese un muñequito.
Digo: “Bueno, sé que tengo esto. Perfecto. ¿Qué pide la sociedad? ¿Qué pretenden? ¿Qué sirve? ¿Qué puedo dar? ¿Qué resigno y qué no?”.
Porque la realidad es muy dura y tenés que romper puertas, tocarlas todo el tiempo, susurrar por abajo a ver si te escuchan. Tenés que estar en una presentación constante para que te aprueben, porque conectándote con más personas podés llegar a donde querés.
Son cosas muy superficiales que, al mismo tiempo, es trabajo.
-¿Qué cosas lograste dejar atrás de esa mirada del ballet y qué cosas todavía sentís que tenés que elaborar? ¿Hay algo que reconocés que te hace daño, pero que te cuesta soltar?
-Lo que mejoré tiene que ver con algo que me pasó el año pasado, que fue un momento bastante complicado a nivel emocional y de autoestima.
Me daba con un caño. Decía: “Nadie me quiere, a nadie le importo, todos son mejores que yo, nunca voy a tener un grupo de pertenencia”. Todo lo veía con mucha negatividad. Me comparaba muchísimo.
La comparación está constantemente, más que nada cuando tenés un complejo de inferioridad. Porque desde la superioridad decís: “Todos me parecen una mierda, no me importan”. Pero desde la inferioridad todo te parece: “Ay, ¿y esa qué? ¿Y por qué yo no?”.
Eso siempre estuvo muy presente en mi vida. Sé que tengo que trabajar un montón de cosas, como todos. A veces lo puedo surfear mejor y a veces peor.
El año pasado fue un estallido. Fueron como dos años en los que me sentí menos en absolutamente todo. Pero ¿cuánto trabajé desde sentirme menos? Un montón. ¿Cuánto investigué y cuánto me nutrí de sentirme inferior? Un montón.
Entonces voy apreciando y agradeciendo cada etapa, porque observo las cosas desde una mirada que sé que después va a cambiar.
Pero hoy puedo mirar todo lo que observé desde ese lugar de sentirme una inferior de mierda y decir: “No quiero volver más”. Porque no me hizo nada bien.
-Cuando estabas en ese momento de más oscuridad, ¿pudiste ponerlo en palabras? ¿Decirle a alguien: “Che, la estoy pasando mal, necesito ayuda”? ¿Pudiste buscar a alguien que te ayudara a salir de ese lugar?
-No tanto. A veces tenía sesiones con el psicólogo o le contaba más o menos a mi familia.
Pero hacía videos. Hice un corto: lo escribí, lo dirigí, lo actué, hice todo. Y puse todo ahí para decirme: “Juliana, mirá lo que sabés. Juliana, mirate. Mirate, Juliana, la puta que te parió. ¿Podés mirarte? Mirá lo que hacés, mirá lo que podés lograr”.
Y para mí era nada, absolutamente nada.
Era como decir: “Bueno, pero tal hizo tal cosa”. “Sí, pero mirá lo que hiciste”. “Pero tal ya llegó antes que yo”. Todo el tiempo era así.
Todo era tan descartable. Entonces, ¿cómo hace uno para, con esa fuerza y esa convicción, apreciar, ver y abrazar todo lo que es?
Hoy veo a esa Juliana del año pasado y digo: “Mamita, lo fuerte que estás hoy. Qué bien. Vamos piba”.
-Sé que te escriben muchas chicas contándote diferentes problemáticas a partir de que vos pudiste hablar de cuestiones vinculadas con la alimentación y otros temas. ¿Qué te pasa cuando te llegan esos mensajes? ¿Qué respondés? Porque también debe ser difícil querer acompañar, pero saber que uno no puede sacar al otro de ese lugar.
-Yo tampoco siento que tenga el poder de dar una solución. Me pasa que les digo: “Te mando un abrazo enorme. Tratá de practicar la fuerza y de hablarte con más amor”. Es lo mínimo que puedo decir. Es muy difícil ayudar a alguien simplemente con palabras.
Por eso trato de que mis cuentas de redes sociales transmitan constantemente ese mensaje, a veces de manera más explícita y otras menos. Que puedan ver que hay una piba que está pasando por lo mismo y que hay otras chicas que también lo están viviendo.
Siento que depende mucho de la vida, de la historia de cada uno y de cómo quiera atravesar lo que le está pasando.
Te puede durar años, un día o puede haber sido un pensamiento del que después te olvidaste. También hay gente que se tortura mirando las redes sociales, elige sentirse así y entra en un nivel de victimización del que no puede salir, incluso durante toda una vida.
Entonces, siento que depende de cómo quieras ejercitar tus herramientas y de qué tan consciente seas.
No todo el mundo puede despertar a todos. No todo el mundo quiere despertar.
-¿Te escriben también varones? Porque siento que hay problemáticas, como los trastornos de la conducta alimentaria, que están mucho más invisibilizadas en ellos. ¿Te llegan mensajes de varones?
-De varones tengo otro tipo de mensajes (ríe). Pero en ese sentido, no tanto. El otro día un chabón me dijo en persona: “Che, yo paso por esto”. Pero no es tan común.
-¿Se acercó a vos en una situación y te lo contó?
-Claro. Me estaban haciendo una entrevista y, al final, me dijo: “Che, hablaste de esto. A mí me pasó lo mismo”. Pero sí, más que nada son mujeres las que se acercan por estos temas.
-El año pasado también pusiste sobre la mesa el impacto que estaba teniendo la inteligencia artificial en la sexualización de imágenes. Hombres que tomaban fotos tuyas, las transformaban, las sexualizaban e incluso las hacían circular en diferentes plataformas online. ¿Cómo te impactó a vos todo lo que pasaste?
-Fue bastante fuerte. No me gusta ver mi cuerpo desnudo en un celular ajeno.
-¿Cómo te enteraste de que estaba circulando eso?
-Me lo mostró un amigo. Y yo dije: “¿Qué? No puede ser”.
Es mi cuerpo. Con todo lo que uno lo cuida para preservar lo poco que podemos preservar. Fue feo. Sentí como que mi cuerpo es de todos y ya está.
Igual, cuando te metés en las redes sociales, tu cuerpo y tu cara, con o sin inteligencia artificial, ya son de otros. Cualquiera puede hacer lo que quiera con una imagen tuya, con un video, con un recorte o con una captura de pantalla.
Una persona puede hacerse una cuenta específica para subir cada fragmento que aparezca de vos en cualquier momento de tu vida. De esta entrevista te pueden hacer algo sexual. De una intervención en una conversación, en la que justo abriste un poco más los ojos y la boca, te pueden hacer algo sexual.
También tenés que tener cierta noción de que estar en este mundo es tierra de nadie. Por más que uno se cuide, un tipo puede hacer lo que quiera con tu imagen. Bueno, también debe haber mujeres, no lo sé, pero la mayoría de los casos son hombres.
Pueden transformar lo que ven en lo que quieran. Como también cualquier conversación: lo que vos me dijiste yo lo puedo transformar en lo que quiera pensar o imaginar. Entonces, todo el tiempo te pueden estar agarrando y haciendo lo que ellos quieren.
-¿Qué respuesta tuviste por parte de las plataformas? Porque también hay mucha soledad ahí. Cuando uno dice: “Che, bajen este contenido que está circulando”, ¿sentiste que había una respuesta o que estabas sola?
-No, por suerte tengo a mi familia, que son abogados, que me ayudó. Mandaron un mail a esa página y bajaron el contenido. Sé que a otras chicas que les pasó lo mismo también pudieron bajárselo.
Pero las fotos pueden seguir circulando por otros lados que uno no conoce. Hay una persona que ahora mismo puede estar pensando en mí. Hay alguien que puede estar subiendo una foto mía y sacándole todo.
Todo el tiempo puede estar pasando y no te das cuenta. Hay toda una red que nosotros no consumimos, que es el lado B de absolutamente todo, donde pasa de todo y no tenemos ni idea. Nosotros vemos apenas el principio del vaso, pero no el fondo.
-¿Y qué necesita una adolescente que está pasando por esto?
-Mirá, si no se dedica a las redes sociales, creo que puede buscar ayuda a través de su familia o de algún conocido que pueda contactarla con alguien que la asesore legalmente según la situación.
Pero después, más allá de eso, ¿qué te voy a decir? ¿Que no suba más fotos? ¿Que no suba fotos en malla? No. Eso va a estar siempre.
-Todavía está presente la culpabilización de la mujer: “Che, pero vos subiste esa foto en malla”. Me parece que esa mirada también hay que deconstruirla. Por suerte está cada vez menos presente, pero sigue existiendo esa tendencia a señalar a la mujer.
-Constantemente. Siento que hay todo un cuadrado ya escrito y firmado por absolutamente todos sobre la mujer. Siempre la vuelven a encasillar en lo mismo y no la muevas de ahí. Por más que una quiera salir, te devuelven: “Vení acá”. Por más que una grite, le tapan la boca.
Es muy difícil que alguien no llegue a pensar eso que decís. Son muy pocas las personas que no lo hacen. Por cada una de las que hablamos de que esto no es así, hay trillones que te van a decir: “Bueno, flaca, vos subiste la foto”. Y te cortan ahí. O te dicen: “Bueno, no muestres tanto el culo”.
-Hablabas del humor, de tus videos y de tu arte como formas de expresión. ¿Cómo describirías el rol del humor en tu vida?
-Yo creo que es un gran compañero. El humor es como si te sentaras en una reposera con él al lado y estuvieras mirando toda la vida, todo el desorden, todo el desastre, todo el fuego, y haciendo chistes.
Es una forma de sacarle un poco ese peso constante que tiene la vida, de volverla más respirable. Como que todo forma parte de un juego constante y es preferible poder compartirlo desde el humor.
Para mí hay una parte del humor que podés compartir con más gente. Obviamente, el humor también contiene mucho llanto, mucha angustia. Para mí está todo ahí: toda la oscuridad, lo negativo, lo positivo, la ironía, el absurdo. Siento que es una de las mejores formas de abrirte con alguien y que alguien te pueda abrazar desde una risa.
-Ver el dolor a veces es más incómodo, o por lo menos nos pone más en alerta. En cambio, entrar desde el humor también es una manera de conectar.
-Claro, porque lo podés comunicar de la misma forma. Todos mis videos parten de algo bastante heavy que quiero filtrar desde el humor. A veces lo hago más explícito y otras menos, pero me gusta que después de reírte te quedes pensando.
Es como una risa de: “Claro, esto es por esto, pero mirá cómo me río”. Es una escapatoria linda de todo lo que está pasando. ¿Qué vas a hacer? Prefiero reírme, tratar de reírme o hacer un chiste.
-Volviendo un poco al tema de la autoexigencia, es algo que atraviesa a muchos jóvenes: esa sensación de que no alcanzan, de que lo que hacen no es suficiente. ¿Qué les dirías? ¿Qué aprendiste? Si un joven te dijera que se siente igual que vos, ¿qué mensaje le transmitirías?
-Es muy difícil sacar a una persona del estado en el que está, porque tiene que atravesarlo, sobrellevarlo y aprender muchísimo de lo que está viviendo en ese momento.
Una persona que está muy preocupada por el tiempo, que siente que lo está perdiendo, que su carrera no avanza… Todos tenemos esas preocupaciones. A veces te dejan más inmóvil y otras veces te permiten utilizar todo eso que estás pensando para actuar, hablar y comunicarte más.
Siento que, siempre que puedan, tienen que elegir el camino de la comunicación y de la observación, tanto de ustedes mismos como de los demás. Y el agradecimiento, más que nada. No te digo el camino de la felicidad ni el de la angustia, sino el del agradecimiento.
Les recomiendo que puedan agradecer y abrazarse un poquito más, pero también que puedan vivir y experimentar. Si tienen ganas de gritar, griten. Si tienen ganas de llorar, lloren todo lo que necesiten.
No traten de saltearse esa etapa en la que la vida les está diciendo: “Che, quedate acá. Ya sé que la estás pasando mal, pero te juro que vas a aprender un montón. Quedate y aprendé”.
Pero no hay fórmulas exactas para nadie. Tienen que encontrar la de ustedes. Ahí es donde se forman muchísimo más la identidad y la personalidad, en cómo uno toma y transforma todo lo que tiene.
-Te hubiese gustado que algún adulto viera a esa Juli que sufría, cuando eras pequeña, adolescente o incluso más recientemente, y te hubiese dicho algo o facilitado alguna posibilidad. Te lo pregunto porque hay muchos adultos que nos miran y que quizás tienen cerca a adolescentes o jóvenes que están atravesando algunas de las problemáticas de las que conversamos.
-Es muy difícil que un adolescente quiera escuchar a un adulto. Podemos estar hablando, me podés ayudar, te puedo escuchar todo lo que quieras, puedo llorar entre tus brazos, pero siempre va a existir esa resistencia de decir: “Yo voy a hacer mi propia vida. Te voy a escuchar hasta donde quiera escucharte”.
Hay una rivalidad muy grande. Por más que te digan lo que te quieran decir, a veces te entra por un oído y te sale por el otro. Es como decir: “Dejame vivir lo que tenga que vivir. Y si lo quiero sufrir, lo voy a sufrir”.
Entonces es muy difícil. Depende de cómo sea la familia y de qué adultos tengas al lado. Capaz que no es un adulto, sino un amigo de tu misma edad o algo que dijo un niño en algún momento y te quedó resonando.
No sé si la ayuda siempre viene de un adulto. Incluso puede pasar que el adulto piense que te está ayudando y, al mismo tiempo, esté alimentando esas ganas de enfrentarlo. Es muy difícil acertar con una palabra o una forma.
Siento que hay que estar presente y amar desde la libertad. Obviamente, me hubiese gustado que mis padres me hablaran un poquito más de sexualidad, porque no lo hicieron. Que me explicaran que, si vos no querés, no querés.
Eso es algo en lo que me gustaría que los adultos, los profesores y los familiares pudieran profundizar más. Sé que es muy generacional, pero háblenlo.
Mi papá nunca me dijo absolutamente nada de eso. Mi mamá estaba ahí, pero era más un “bueno, cuidate”. Era todo muy de “el sexo no se toca”. No, toquémoslo. Papá, mamá, dale, hablame.
Eso es algo que hoy miro y digo: “Claro, mis papás nunca me dijeron esto”. Capaz que, si me hubiesen hablado de qué hacer cuando viene un tipo y vos no querés, o de cómo construir herramientas si tenés una personalidad a la que le cuesta decir que no, me hubiese servido.
-La sexualidad, sin duda, pero también las problemáticas vinculadas con el cuerpo y la relación con el propio cuerpo. ¿Esas conversaciones deberían estar presentes?
-Sí, obvio. Pero capaz que esas cosas las podés hablar más con un psicólogo, porque a tus padres quizás les estás escondiendo más cosas. Entonces, tomate el tiempo y andá al psicólogo.
Por suerte tengo a mi vieja, que es psicóloga y siempre me ayudó, a su manera, a sobrellevar la vida y a ver las cosas muy crudamente, como ella siempre me las explicaba.
Pero después vas aprendiendo sola. Vas rescatando cosas. Y si sabés que hay algo que te está punzando mucho, no seas orgullosa, como yo lo fui un poco cuando decía: “No, no quiero que me ayuden”. Permitite recibir ayuda.
-Hablábamos de esta necesidad de control que estuvo presente en tu vida de diferentes maneras, desde controlar lo que comías hasta controlar cuántas visualizaciones tiene un video. ¿Qué soltaste de eso? ¿Todavía está presente esa necesidad de control?
-Está un poquito mejor sobrellevada, pero siento que el control siempre va a estar. A veces te agarra más por el lado de los números, después por la comida, de vuelta el cuerpo, los números, la comida, el cuerpo, los vínculos, el control, la inseguridad, la comparación.
Siento que parte de tratar de dejar el control es distinguir cada vez más cuándo estás recayendo en eso que te hace mal, justamente por querer volver a tener el control. Ahora, con ciertas cosas que me estuvieron pasando, muchos duelos, entendí que la vida siempre la tenés como atrás tuyo. Nunca la vas a poder ver.
Vos ves un camino adelante que es tuyo, pero a veces la vida te tira cosas y decís: “Pará, yo no tenía esto en la mano”. Y la vida te dice: “Tomá, tomá”. Entonces, es como dejar que ella también te vaya respondiendo.
-¿Hay algo de Juli que buscás preservar de todo eso, del control, de los algoritmos, de lo que mostrás en los videos? ¿Algo que digas: “No, esta Juli me la guardo para mí”?
-Lo de la intimidad. Eso sí me lo guardo para mí. Hay algo ahí, como una puertita cerrada, que sé que va a quedar cerradita. Es algo muy íntimo que se abre cuando tengo un vínculo de amistad y de profundidad con otro. Te la puedo llegar a abrir si nos conocemos más. Pero preservo mucho todo lo que estoy construyendo. Entonces tengo mucho cuidado con muchas cosas.
Esta nota forma parte de Hablemos de Todo, una iniciativa de Fundación LA NACION que busca cuidar y acompañar la salud mental de los niños y adolescentes. El proyecto ofrece herramientas, visibiliza historias en primera persona y acerca recomendaciones de especialistas.
