TRASTORNOS DE LA ALIMENTACIÓN
Una guía para saber qué hacer, cómo prevenir y dónde encontrar ayuda
Por Maria Ayuso
La obsesión por el ideal inalcanzable del “cuerpo perfecto” no tiene género ni edad. Aunque las adolescentes mujeres siguen siendo las más vulnerables a sufrir un trastorno de la alimentación, los especialistas advierten que en los últimos años estos padecimientos se extendieron a nuevos grupos de riesgo: los sufren desde niñas y niños cada vez más pequeños, hasta hombres y mujeres adultas.
Cuando se habla de estos trastornos generalmente se piensa en dos enfermedades: la bulimia y anorexia nerviosas. Sin embargo, abarcan un abanico de patologías, incluyendo algunas menos conocidas pero más frecuentes, como el trastorno por atracón. En todos los casos, los factores que intervienen en su desarrollo son múltiples, y van desde la predisposición genética hasta ciertos rasgos de la personalidad. Las pantallas también juegan un rol central: hay investigaciones que demuestran que el uso de las redes sociales está asociado al incremento del riesgo de desarrollar un trastorno de la conducta alimentaria.
Frente a este complejo escenario, saber cómo identificar estas patologías y de qué forma acompañar a quienes las sufren puede marcar la diferencia. Pero también conocer el modo en que nuestras acciones cotidianas, como padres o cuidadores, inciden en la mirada que las chicas y los chicos tienen sobre sus cuerpos.
“Lo primero que tenemos que pensar es qué le transmitimos a nuestros hijos, por ejemplo, cuando nos paramos frente al espejo de un ascensor y decimos: 'qué gorda estoy'”, reflexiona la psiquiatra Juana Poulisis. Y agrega: “Son muchas las acciones que pueden ayudar a prevenir: desde compartir una mesa familiar en la que hablemos de emociones, hasta no poner a los chicos a dieta”. En esta guía vas a poder encontrar más recomendaciones para saber cómo prevenir o actuar frente a un caso.
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¿Qué son los trastornos de la alimentación?
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¿Cuáles son los más frecuentes?
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¿Cuáles son las causas que pueden provocarlos?
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¿El contenido de las redes sociales puede influir en su desarrollo?
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¿Desde qué edad se puede desarrollar un trastorno de la alimentación?
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¿Cuáles son las señales a las que debo estar alerta?
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¿Qué hago si sospecho que alguien tiene un trastorno de este tipo?
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¿Se pueden prevenir los trastornos de la alimentación?
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¿Los varones también desarrollan trastornos de la alimentación?
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¿Cuáles son los mitos más frecuentes asociados a estos trastornos?
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¿Los trastornos de la alimentación tienen cura?
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¿A dónde puedo recurrir en busca de ayuda?
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¿Qué son los trastornos de la alimentación?
Los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) son un grupo de enfermedades que, entre otras cuestiones, provocan que una persona tenga pensamientos y conductas no saludables, obsesivas y de alto riesgo en relación con la comida y su imagen corporal. En algunas personas, se puede dar una restricción drástica de la ingesta de alimentos (es el caso de la anorexia nerviosa), mientras que otras pueden comer de forma compulsiva durante cortos períodos de tiempo (trastorno por atracón).
La psicóloga estadounidense Cindy Bulik, una de las investigadoras más reconocidas en el campo de los trastornos alimentarios, lideró varios estudios que indagan en el rol de la genética. Sus investigaciones ofrecen una comprensión más profunda de cómo los factores genéticos interactúan con el ambiente para influir en el desarrollo de trastornos como la anorexia nerviosa, la bulimia y el trastorno por atracón. “La genética explica entre el 40 y el 60 por ciento de la variabilidad de los trastornos alimentarios, mientras que el resto de la variabilidad depende de factores ambientales”, afirma la experta.
En ese último aspecto, Paula Hernández, psicóloga y coordinadora general de fundación La Casita, contextualiza que “los TCA son síndromes multicausales, que no tienen una causa única sino que están determinados por una complejidad de factores y afectan un montón de áreas de la vida de la persona, no sólo la relación con la comida y la imagen, sino también el humor, la conducta, la autoestima, las relaciones con los otros, la capacidad de concentrarse y sus proyectos”.
Siempre son patologías graves, que impactan tanto en la salud física como mental, y en las que intervienen factores biológicos, psicológicos y ambientales que “se combinan generando una vulnerabilidad que propicia su desarrollo”, según explica la reconocida psiquiatra Juana Poulisis. “El mayor detonante de un TCA es el comienzo de una dieta restrictiva o el descenso abrupto de peso, que puede ser por otras razones, como una enfermedad. Son patología con una alta tasa de muerte, tanto por complicaciones médicas como por suicidio”, agrega la especialista.
Los TCA aumentaron exponencialmente en los últimos años, sobre todo en la pospandemia, y especialmente en edades que van desde los 9 a los 14 años, donde se ven “cuadros de anorexia precoz”, remarca Poulisis.
Las consultas en centros públicos y privados crecieron, al menos, en un 100%. Estas enfermedades se caracterizan por altos niveles de sufrimiento, afectan la capacidad para desenvolverse en ámbitos importantes de la vida y tienen una comorbilidad con otras problemáticas de salud mental. Además, “presentan un mayor riesgo de evolución crónica y resultados adversos en comparación con otros trastornos mentales”, según advierte Poulisis.
Si bien en la Argentina no hay estadísticas oficiales que den cuenta de su magnitud, las y los especialistas coinciden en que son enfermedades mucho más frecuentes de lo que se cree. Guillermina Rutsztein, doctora en psicología, profesora asociada e investigadora de la Facultad de Psicología de la UBA, explica que junto con el equipo que dirige hicieron un estudio de prevalencia que incluyó a 1200 chicas de entre 13 y 17 años de escuelas públicas y privadas de la ciudad de Buenos Aires y el conurbano: el resultado fue que un 10% presentaba algún tipo de trastorno de la alimentación. Pero más allá de las adolescentes mujeres, la población que históricamente presentó una mayor tasa de TCA, estos afectan a personas de cualquier género y edad.
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¿Cuáles son los más frecuentes?
Aunque se suele asociar a los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) con la anorexia y la bulimia nerviosas –los dos más conocidos–, en los últimos años el abanico se fue ampliando notablemente. A medida que los profesionales de la salud fueron poniéndole nombre a nuevas manifestaciones clínicas (muchos aún no reconocidos como tales en los manuales internacionales de psiquiatría), empezaron a instalarse en los medios de comunicación, en los ámbitos académicos y en la sociedad en general, términos que hasta hace no mucho resultaban completamente desconocidos. Así, se escucha hablar cada vez más, por ejemplo, de Teria (trastorno evitativo/restrictivo de la ingestión de alimentos o ARFID, por sus siglas en inglés), como se llama al trastorno que lleva a evitar, sentir asco o restringir ciertos alimentos; u ortorexia, descrita como la obsesión por comer “sano”.
“Hay un abanico de trastornos de la alimentación que no llegan a tener toda la sintomatología para poder decir ‘es un anorexia, un trastornos por atracón o una bulimia’, por ejemplo, pero el sufrimiento de esos pacientes y las consecuencias físicas, son las mismas, así como la necesidad de un tratamiento especializado”, explica la psiquiatra Juana Poulisis. Actualmente, estos pacientes son incluidos en nuevas categorías, lo que facilita el diagnóstico y el tratamiento adecuado.
Estos son los TCA más frecuentes:
●Anorexia nerviosa: se caracteriza por la presencia de restricción alimentaria (dieta) intensa, motivada por la insatisfacción con el propio cuerpo y un miedo punzante a ganar peso. La pérdida de peso es tan importante (aunque los pacientes no reconocen su seriedad, ya que la imagen corporal se encuentra distorsionada y no perciben el descenso de peso o su extrema delgadez) que desencadena un cuadro de desnutrición con todas sus consecuencias físicas. También pueden darse prácticas compensatorias como el ejercicio compulsivo o el abuso de laxantes, diuréticos o anfetaminas, escupir comida o vomitarla. Prevalencia: la pediatra mexicana Eva Trujillo, especialista en adolescentes y trastornos de la conducta alimentaria y expresidenta de la Academy for Eating Disorders, explica que en mujeres jóvenes y adolescentes de países desarrollados, es de 0,5% a 1%.
●Bulimia nerviosa: quienes la sufren presentan episodios de atracones caracterizados por una ingesta incontrolable de una gran cantidad de comida, usualmente en pocas horas. Después, tratan de “compensar” las calorías, por lo que utilizan medidas extremas para el control del peso, como el vómito autoinducido, uso de laxantes, diuréticos, enemas, restricción severa de calorías o ejercicio intenso. “Al igual que en la anorexia, los pacientes están obsesionados por su figura y su peso y usualmente su autoestima depende de esto”, describe Trujillo. Hay dos subtipos: purgativo, que son aquellos que purgan con vómitos, laxantes, diuréticos, enemas; y no purgativo, los que purgan con ejercicio, ayunos o dietas severamente estrictas. Prevalencia: en mujeres jóvenes y adolescentes de países desarrollados, la prevalencia es del 3%, detalla Trujillo.
●Trastorno por atracón: aunque tiene mucha menos “prensa”, es más frecuente que la bulimia y la anorexia. Afecta a una gran población de quienes tienen sobrepeso. Al tiempo que siguen dietas restrictivas, las personas experimentan compulsión por comer grandes cantidades de alimentos hipercalóricos en cortos períodos de tiempo, con una gran sensación de pérdida de control. Cuando el episodio compulsivo llega a su fin, aparecen sentimientos de culpa y vergüenza. A diferencia de la bulimia, no incurren en conductas compensatorias para contrarrestar las grandes ingestas de alimentos. Alejandra Freire, nutricionista del Hospital de Clínicas y supervisora certificada especialista en TCA de la Academy of Eating Disorders, alerta: “Una cosa son los trastornos de alimentación por los que más consulta la gente y otra, los que más existen en la población, pero sin embargo no llegan a la consulta: este es el caso del trastorno por atracón”. Y agrega: “Es un trastorno peligroso porque frecuentemente ni la familia ni los médicos lo pueden reconocer. Incluso, elogian a la persona por su impresionante pérdida de peso, cuando en verdad está enferma”. Prevalencia: Trujillo sostiene que es el trastorno de la conducta alimentaria más común, con una prevalencia de 3.54% en la población de América Latina, calculándose en 1 de cada 35 adultos en los Estados Unidos. Es tres veces más común que la anorexia y la bulimia nerviosas combinadas y más frecuente que el cáncer de mama.
●Teria: existen tres tipos de Teria: evitación y asco por las características de ciertos alimentos; miedo a atragantarse o a vomitar; y falta de interés por comer o alimentarse. Se puede desarrollar en cualquier momento de la vida, aunque suele ser más común en la niñez porque es en esta etapa donde la relación con la comida, como otros hábitos, se construye. Los casos de Teria se distinguen por la persistencia, la severidad clínica (malnutrición, problemas de crecimiento) y las consecuencias sociales (evitan ir a casa de amigos, a cumpleaños y se aíslan), que son algunas de las señales que pueden detectar los padres y madres. Prevalencia: “Su prevalencia todavía está en estudio, pero se calcula entre un 5% y 15% en distintos centros especializados médicos y alrededor del 5% de la población infantil”, señala Trujillo.
●Vigorexia: quienes desarrollan este trastorno cada vez más frecuente en varones, persiguen el ideal de un cuerpo “grande y musculoso”, es decir, opuesto a lo que ocurre en el caso de la anorexia (por eso en los ‘90 se lo llamó “anorexia invertida”), pero en ambas enfermedades hay una distorsión de la imagen corporal. La obsesión por lograr un físico fuerte genera una espiral de ejercicios compulsivos y dietas superestrictas, que deriva en sentimientos de depresión, ansiedad y culpa, además de que puede ocasionar lesiones en huesos, ligamentos, tendones y músculos. Prevalencia: si bien son escasas las estadísticas sobre esta enfermedad, el año pasado The New York Times publicó un artículo en el que citó un estudio difundido en The Journal of Adolescent Health (una reconocida revista norteamericana de medicina), que analizó los trastornos alimentarios en varones jóvenes. De los 4489 chicos de entre 16 y 25 años que participaron de la investigación, un 25% dijo que le preocupaba no ser suficientemente musculoso, mientras que un 11% reportó que consumía productos para el desarrollo muscular, como la creatina o los esteroides anabólicos.
●Otros trastornos no específicos: los trastornos no específicos de la conducta alimentaria (Osfed, por sus siglas en inglés) tienen cinco presentaciones principales: la anorexia atípica, que tiene todas las características de la anorexia nerviosa excepto que las personas mantienen peso normal o ligeramente sobrepeso; la bulimia atípica, que se da cuando no cumple con el criterio de frecuencia y tiempo de la nerviosa (o cuando no se da por lo menos un vómito semanal durante tres meses); trastorno purgativo, cuando hay episodios frecuentes y recurrentes de purgación sin atracones; trastorno por atracón atípico, cuando no cumple con criterio de tiempo y frecuencia del típico; síndrome de comedor nocturno, suele manifestarse durante la madrugada, en una interrupción del sueño nocturno o bien luego de la cena, asociándose a una significativa carga de estrés y a un funcionamiento desordenado de la vida. Prevalencia: Trujillo explica que estos trastornos son los más frecuentes, estimándose que a nivel mundial llegan al 70% de todos los diagnósticos.
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¿Cuáles son las causas que pueden provocarlos?
Sobre los factores de riesgo para desarrollar un trastorno de la conducta alimentaria (TCA), la psiquiatra Juana Poulisis explica que suelen subdividirse en:
●Factores predisponentes: se presentan con mucha anterioridad al trastorno y aumentan la vulnerabilidad a desarrollarlo. Por ejemplo, la internalización del ideal de delgadez, la presión percibida por ser delgado y la insatisfacción de la imagen corporal. También algunos rasgos de la personalidad como la autoexigencia, el perfeccionismo, la introversión, impulsividad y competitividad. Otro factor predisponente es el índice de masa corporal (IMC): “Un IMC elevado podría resultar en mayor presión social por adelgazar y mayor insatisfacción con el propio cuerpo”, dice Poulisis.
●Factores precipitantes: se presentan poco tiempo antes del inicio de la patología y “gatillan” el trastorno. “El principal es el comienzo de una dieta”, asegura la psiquiatra.
Por otro lado, con respecto a los factores socioculturales que pueden ser potenciales riesgos o influir en el desarrollo de un TCA, la mexicana Eva Trujillo, expresidenta de la Academy for Eating Disorders, enumera cinco:
●El estigma sobre el peso: es decir, una discriminación basada en el peso de la persona. Según la especialista, en la sociedad predomina un constante mensaje sobre que estar delgado es mejor y deseable.
●El bullying vinculado al peso: más de la mitad de quienes padecen un TCA reportan haber sido víctimas de bullying por su peso previamente.
●La figura del “cuerpo perfecto”: el estereotipo ideal de cuerpo que la sociedad nos ha impuesto y al cual solamente, según Trujillo, tres de cada 100 mujeres pueden obtener en forma natural.
●Apoyo social limitado: aunque no está claramente descrito como un factor de riesgo, y posiblemente esté ligado a otras patologías como ansiedad social, muchos de quienes padecen un TCA, particularmente anorexia nerviosa, reportan tener pocos amigos, actividades sociales limitadas y, por ende, menos apoyo social.
●Obsesión por la comida saludable: la tendencia a la alimentación “sana” con muchas restricciones puede volverse peligrosa, sobre todo entre las chicas más jóvenes. Alicia Alemán, psicóloga con experiencia en trastornos alimentarios, explica: “Una alimentación saludable implica que se pueda comer de todo de forma moderada, sin alimentos que estén prohibidos, no permitidos, que sean considerados malos o temidos, y con el realizar una actividad física moderada”.
●Tiempo en pantallas: el uso prematuro o excesivo de pantallas puede afectar la salud física y mental de los chicos. “Los adolescentes pasan horas conectados a las redes sociales y la mayoría de ellos asegura sentir menos autoestima. Al aumentar la insatisfacción por su imagen corporal e incrementarse el sentimiento de tristeza se produce un caldo de cultivo para el desarrollo de un TCA”, advierte Poulisis.
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¿El contenido de las redes sociales puede influir en su desarrollo?
Varias investigaciones científicas demostraron que el uso de las redes sociales, en particular aquellas que promueven el ideal de delgadez, la cultura de la dieta, el “fat talk”, los ejercicios compulsivos y las recetas “saludables”, está asociada con el incremento del riesgo de desarrollar un trastorno de la conducta alimentaria (TCA). Especialistas en todo el mundo alertan, por ejemplo, sobre los contenidos virales que circulan en TikTok, Instagram y otras redes, y promueven conductas de riesgo o dan “tips” de forma explícita para mantener un TCA o para “ocultarlo”.
“Los estudios muestran una asociación entre la frecuencia de comparar la propia apariencia física con la de las personas seguidas en las redes sociales y la insatisfacción corporal y el impulso por la delgadez. Por eso, el uso generalizado de las redes sociales en adolescentes y adultos jóvenes puede hacerlos más vulnerables a desarrollar un TCA”, resume Poulisis.
Una investigación realizada por la fundación Bellamente −centrada en la difusión de la aceptación social de la diversidad corporal y la prevención de los TCA−, de la que participaron casi 7000 mujeres, indicó que nueve de cada 10 se ven fuertemente influenciadas por la cultura que promueve la delgadez. Por otro lado, el 74% de las participantes dijo que se encuentra altamente influenciada por los modelos sociales, por ejemplo, “las famosas”. En cuanto a las presiones para bajar de peso, el 90 % respondió que siente una alta presión por parte de los medios de comunicación, y el 49%, por sus familiares.
Otro estudio realizado por la misma fundación puso sobre la mesa cómo el 68% de las mujeres usan aplicaciones o filtros para editar las fotos en las que aparecen antes de publicarlas en Instagram; mientras que el 86% afirmó que alguna vez se sintió mal con su cuerpo después de ver un posteo en esa red social (que en el 62% de los casos era de una influencer o famosa).
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¿Desde qué edad se puede desarrollar un trastorno de la alimentación?
Los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) no se reducen a la franja de las y los jóvenes o adolescentes, sino que se han extendido a nuevos grupos de riesgo. “La franja etaria se amplió enormemente. Cada vez vemos chicas más chiquitas que empiezan con trastornos de la imagen corporal o alimentarios antes de la primera menstruación, así como mujeres postmenopáusicas”, sostiene Guillermina Rutsztein, doctora en psicología, profesora asociada e investigadora de la Facultad de Psicología de la UBA. Y agrega: “También se dan en varones, aunque el ideal de belleza en ellos suele tener más que ver con la musculatura, lo que da origen a la vigorexia”.
En cuanto a las niñas y los niños, los TCA son especialmente riesgosos porque pueden escalar rápidamente deteniendo su crecimiento y desarrollo. Por eso, es importante que las madres y los padres cuenten con herramientas que les permitan prevenirlos desde los primeros años. “En edades más tempranas se ven fundamentalmente casos de anorexia, donde la presentación muchas veces es de forma abrupta. En la franja de 9 a 16 años, hubo un crecimiento exponencial a partir de la pandemia, no sólo en el caso de las niñas sino también de los niños. Hay muchas teorías sobre los motivos, incluyendo la influencia de las redes sociales”, destaca la psiquiatra Juana Poulisis.
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¿Cuáles son las señales a las que debo estar alerta?
Si bien cada trastorno de la conducta alimentaria tiene sus particularidades, existen algunas señales de alerta que pueden ayudar a detectar situaciones de riesgo:
●Aislamiento: suele ir acompañado de irritabilidad, depresión y malhumor. Por ejemplo, enojos desmedidos cuando se les ofrece comida. También puede verse hiperactividad, exceso de actividad física, movimientos excesivos de piernas o moverse mucho en la casa.
●Rigidez a la hora de comer: notorio cambio de hábitos alimentarios. Restricción de alimentos, rehusarse a comer o saltearse comidas. Temor constante a engordar, culpa y conductas compensatorias (como purgas o ejercicios compulsivos) cuando se come algo que se hubiera preferido no comer.
●Obsesión por el cuerpo: Se miran constantemente en el espejo, se pesan. Tienen una gran y constante preocupación por la imagen corporal. Suele darse un fenómeno llamado “body talking” o “food talking”, es decir, el estar permanentemente hablando del cuerpo (propio o de los otros) y de comida.
●Sobreexigencia: Un grupo vulnerable son las personas autoexigentes, perfeccionistas y detallistas, dispuestas a cualquier cosa con tal de lograr aprobación.
●Esconder o acumular comida: Falta de dinero en la casa (para comprar comida y laxantes). Falta de comida, por los atracones. Se encuentran envoltorios de laxantes o de comidas escondidos en los dormitorios, migas, restos sin terminar.
●Cambios en el peso y la talla: Detenimiento del crecimiento, excesiva pérdida de peso o falla en mantener un peso saludable, también aumento abrupto de peso por atracones. Pueden observarse algunas conductas después de las comidas como levantarse de la mesa inmediatamente e ir al baño. Ropa manchada por los vómitos.
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¿Qué hago si sospecho que alguien tiene un trastorno de este tipo?
Paula Hernández, psicóloga, especialista en trastornos de la conducta alimentaria (TCA) y coordinadora general de la fundación La Casita, explica que si notamos en una persona algo que nos llama la atención y nos hace sospechar que puede tener un trastorno de la conducta alimentaria (TCA), hay que consultar con un profesional idóneo y buscar un tratamiento interdisciplinario. Si no somos los padres, es clave ampliar la red para ver si hay otras personas que están notando esas señales. En todos los casos, recomienda:
●Intervenir: en caso de que se trate de niños, niñas o adolescentes, pedir ayuda a un especialista en la temática. Si lo detecta una persona que no es la que está a cargo del chico o la chica, primero es necesario hablar con los padres.
●No dejarlos solos: ya que muchas veces las personas con un desorden alimentario se aíslan, dejan de salir o de contestar llamados. Por eso, los amigos y familiares no lo deben tomar como algo personal sino que es bueno que entiendan que quien tiene un TCA está pasando por un mal momento.
●Evitar hacerlos sentir culpables: los TCA no son un capricho, una moda o una elección. Son enfermedades biológicas de base genética que requieren empatía y acompañamiento.
●Entender que no suele haber conciencia de enfermedad: en general, los pacientes con TCA no son conscientes de la problemática que están atravesando. Por eso, suele ser el entorno el que busca ayuda. “Cuando el paciente se niega a recibirla, la recomendación es que los familiares o amigos se pongan en acción para buscar un equipo que los oriente sobre cómo guíar a su ser querido”, agrega la psiquiatra Juana Poulisis.
●No hacer comentarios relacionados al aspecto físico: es aconsejable hacer mención al estado de ánimo, su actitud o al vínculo pero no a su apariencia física. Por ejemplo: “Tenés la mirada más alegre” o “te noto más animado”.
●Buscar ayuda profesional: toda la ayuda debe estar orientada a que la persona comience un tratamiento debido a que estos trastornos no se resuelven solos y necesitan un enfoque interdisciplinario. La recuperación se vuelve más fácil cuando las conductas no están tan instaladas y la detección temprana también es importante para evitar el desencadenamiento de otras patologías.
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¿Se pueden prevenir los trastornos de la alimentación?
Si bien son enfermedades en las que intervienen una multiplicidad de factores, los especialistas coinciden en que es importante que las madres y los padres cuenten con herramientas que les permitan prevenirlos desde los primeros años. Estas son algunas sugerencias:
●Enseñarles a las chicas y los chicos que no deben preocuparse todo el tiempo por su peso, por cuánto comen o por qué tan delgados se ven. “Transmitirles que la gente saludable y feliz no se ajusta a una talla única”, sugiere la psiquiatra Juana Poulisis.
●Prestar atención a los comentarios que hacemos de nuestra imagen. Valorarse y respetarse es contribuir a una sana autoestima. “Si nosotros, frente al espejo, nos miramos y decimos: ´Uy que gorda que estoy´, el chico va a pensar que esto es muy importante”, explica Poulisis. Además, sostiene que hay que evitar pesarnos frente a ellos y también el acceso a balanzas en casa, ya que esto puede predisponer a la obsesión por pesarse.
●Fomentar hábitos alimenticios donde comer sea una respuesta al hambre. No debe usarse como un recurso para bajar la ansiedad, superar momentos de estrés o calmar la angustia.
●Reflexionar sobre las expectativas que se tiene en relación a la imagen de los hijos e hijas. “No caer en la trampa de proyectarles ideales de delgadez que están desfasados de su genética y su contextura física. Muchas veces el primero en demostrar insatisfacción sobre la imagen corporal de un niño es el propio padre o madre”, reflexiona Poulisis.
●Ayudar a los niños y niñas a construir su autoestima. Los especialistas destacan que lo mejor que le puede transmitir un padre o una madre a un hijo o una hija es la valoración y el amor, así también como enseñarles a transitar las distintas emociones (como el enojo, la tristeza o la frustración), aprendiendo a regularlas, aceptarlas y no evitarlas, lo que influye en una buena autoestima futura. “Cuando los adultos les muestran a los niños que los valoran y aman incondicionalmente, ellos pueden enfrentar cualquier desafío y superar los riesgos con menos temor y sin traumas. La autoestima es fundamental para inmunizar a un niño o joven frente a los trastornos alimentarios”, dice Poulisis.
●Compartir las comidas en familia. Los estudios demuestran que con al menos una comida familiar diaria, se disminuye la probabilidad de desarrollar un trastorno de la alimentación, porque se modela qué comen los chicos y, además, el foco deja de estar en la comida y pasa a estar en compartir emociones y charlar. “Esto es así si la comida se da en armonía. Si, en cambio, es en una situación de conflicto, pelea u hostilidad, no es protector para el desarrollo de un TCA”, aclara Poulisis.
●Generar momentos de tranquilidad y un clima relajado mientras se come. Esto evita que los chicos y las chicas se sientan nerviosos o tensionados. Asociar la comida con un momento de tensión puede impactar negativamente en la salud alimentaria, aseguran los expertos.
●Comer lo mismo. No es conveniente que nos vean comer una ensalada, mientras ellos comen un plato de pastas. Lo mejor es compartir el mismo alimento.
●Como adultos, realizar actividad física de forma placentera. Evitar hacerlo de forma compulsiva, obsesionándonos con bajar de peso ya que los chicos recibirán ese ejemplo. Salir con los chicos a andar en bici o a caminar, no porque sea funcional para verse bien, sino porque es divertido hacerlo en familia.
●Que las actividades físicas que realizan los chicos sean sociales. “Lo mejor es que hagan deportes recreativos en equipo, una actividad en conexión con otros y al aire libre. Que entiendan que lo importante del deporte tiene que ver con mejorar la calidad de vida y mejorar el estado del ánimo”, sostiene la psicóloga Paula Hernández.
●Fortalecer su autoestima y la confianza en ellos mismos. No hacer comentarios sobre sus cuerpos o cuestiones de belleza física, poner el foco en sus valores, actitudes, capacidades, buenos gestos o virtudes. “Tampoco es bueno comparar sus cuerpos con los de sus amigos o referirnos a otras personas como gordos o flacos”, señala Hernández.
●Estar atentos a qué mostramos los adultos en las redes sociales. Preguntarnos si optamos por publicar fotos de momentos felices o compartimos solamente imágenes donde la atención está puesta en nuestra apariencia. Tampoco es bueno que nos vean retocar una foto, siempre es mejor mostrarnos tal cual somos.
●Prestar atención a qué consumen los chicos y chicas en las redes sociales. “Hay muchos influencers que hablan de su propio cuerpo y sobre su manera de comer. Es importante enseñarles a los niños y niñas que muchos de ellos no son especialistas y, en general, muestran un solo aspecto de su vida. Además, si la mayor parte del día nuestro hijo o hija está siguiendo páginas de comida, su cerebro va a estar obsesionado con eso. Entonces, si hay una persona que es influencia –de ahí el término influencer–, tengo que saber quién es, al igual que cuando van a la casa de un amigo. Es muy importante involucrarse”, apunta Hernández.
●Una alimentación saludable incluye variedad de comidas. No hay que privarlos de consumir cosas ricas ni prohibirles alimentos que disfrutan. Tampoco es bueno referirse a los alimentos como “buenos” y “malos”. Los chicos deben comer alimentos variados y de forma moderada.
●No utilizar alimentos como premio o castigo de algunas conductas. “Está bien agasajar a un niño con una torta pero no es bueno poner la torta en el lugar de la medalla que obtendría si hiciera suficientes méritos”, indica Poulisis ya que en los trastornos por atracón es habitual encontrar que el alimento con el que se desencadena la ingesta compulsiva está relacionado a alguna prohibición o a aquello que se reservaba sólo cuando existía motivo de merecerlo. “Lo prohibido siempre invita a la transgresión”, enfatiza la psiquiatra.
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¿Los varones también desarrollan trastornos de la alimentación?
Según los especialistas, cada vez son más los casos de niños, preadolescentes y adolescentes varones que desarrollan trastornos de la conducta alimentaria. Se trata de una tendencia que se profundizó en los últimos tres años, a partir de la pandemia. A sus consultorios no solo concurren una mayor cantidad de varones y a edades más tempranas (hay pacientes de 12 años y menos), sino que están viendo casos más graves, algunos de los cuales requieren internación. Aunque en la Argentina no hay estadísticas que reflejen el problema, las profesionales subrayan que hace una década la proporción de quienes desarrollan estos trastornos era de 1 varón cada 10 mujeres y que hoy es de 1 cada 4 o 6. .
“Antes era una novedad que llegue un varón. Ahora no solo se ven mucho más, sino que después de la pandemia el aumento de casos en general fue brutal”, indica Gimena Fiunte, psicóloga del Equipo Libertador, institución que desde 2006 trabaja en esta problemática..
No debe perderse de vista, además, que en los varones suele haber un subregistro de casos. “En general, les cuesta reconocer que pueden desarrollar enfermedades consideradas como ‘femeninas’ y hay mucho estigma alrededor de eso”, señala Guillermina Rutsztein, doctora en Psicología y directora del posgrado Programa de Actualización en Trastornos de la Alimentación de la Facultad de Psicología de la UBA. En esa línea, la psiquiatra Juana Poulisis, quien al igual que Rutsztein es fellow de la Academy for Eating Disorders, suma que históricamente la mayoría de los mensajes o campañas de concientización sobre estos trastornos apuntaron y siguen apuntando a mujeres, lo que profundiza en los chicos la dificultad para reconocer la enfermedad. “Cuando los varones comparten sus experiencias, ayudan a internalizar la idea de que no es una problemática exclusiva de las mujeres”, plantea la experta..
Aunque ven más casos de anorexia y bulimia nerviosas, las profesionales coinciden en que prevalecen otros trastornos en los varones. A edades tempranas, es frecuente el diagnóstico de Teria (trastorno por evitación o restricción de alimentos), mientras que en la adolescencia irrumpen el trastorno por atracón y la dismorfia muscular o vigorexia. En este último caso, el ideal de un físico fuerte y musculoso genera una espiral de ejercicios compulsivos y dietas súper estrictas: “Los chicos buscan poder moldear el cuerpo como si fuera de plástico”, detalla Rutsztein. En ese sentido, Poulisis suma: “No solo vemos adolescentes, sino también adultos obsesionados con toda la cuestión fit y con ortorexia” .
En cuanto al Teria, Alejandra Freire, nutricionista del Hospital de Clínicas y supervisora certificada especialista en TCA de la Academy of Eating Disorders, advierte: “En varones pequeños las consultas que más recibo se vinculan a esta patología. Llegan con bajo peso y la sospecha de una anorexia, pero el diagnóstico diferenciado en verdad es Teria. Estamos viendo niños de 10 años, que antes no nos pasaba”.
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¿Cuáles son los mitos más frecuentes asociados a estos trastornos?
Aunque hay cada vez más conciencia sobre el alcance y el impacto de los trastornos de la conducta alimentaria (TCA), hay varios mitos o prejuicios que dificultan el diagnóstico y la atención temprana. Es por ello que la Academia Mundial de Trastornos de la Conducta Alimentaria (Academy for Eating Disorders) desarrolló, en conjunto con otras organizaciones, un documento llamado “9 realidades de los TCA”. La doctora mexicana Eva Trujillo, expresidenta de la Academy for Eating Disorders, explica los más frecuentes:
Mito: con solo ver a una persona podés saber si tiene un TCA.
Realidad: mucha gente con un TCA se ve saludable, a pesar de que puede estar extremadamente enferma. Hay que tener en cuenta que muchas complicaciones físicas no son visibles o reconocibles. La mayoría de quienes atraviesan un TCA no lucen extremadamente delgados. De hecho, pueden darse en personas de cualquier peso, sea bajo, normal o elevado. Esta apariencia “saludable” y la falla para reconocer la severidad de estas enfermedades puede demorar la búsqueda de ayuda o que sean detectadas por amigos, familiares o profesionales de la salud.
Mito: las familias son las culpables.
Realidad: las familias no son culpables y pueden ser los mejores aliados en el tratamiento para pacientes y profesionales de la salud. Existen factores biológicos que contribuyen al desarrollo de un TCA, pero no se han identificado patrones asociados con los estilos parentales o la influencia familiar. Por el contrario, las familias representan una base muy importante de apoyo para los pacientes que están en recuperación. El sostén afectivo demostró ser el pilar más efectivo en el tratamiento, por ejemplo, de la anorexia nerviosa en adolescentes.
Mito: Los TCA son una elección, un capricho o un llamado de atención.
Realidad: No son una elección, sino enfermedades graves, complejas y multicausales. Entre otros factores, están asociados a una estructura y función cerebral diferente de la de otras personas, con estilos cognitivos y rasgos de personalidad particulares. Esto está dado por una desregulación en la función de los neurotransmisores.
Mito: Solo ocurren en mujeres jóvenes, de clase alta y delgadas
Realidad: Afectan a personas de cualquier género y orientación sexual, edad, etnia, peso, figura corporal y estrato socioeconómico. Aunque están lejos de afectar solo a mujeres, sí es cierto que la prevalencia en ellas es mucho mayor. Por otro lado, los hombres tienden a buscar menos el tratamiento y, por ende, son menos diagnosticados.
Mito: Se puede vivir con un TCA por un largo tiempo sin consecuencias graves.
Realidad: Conllevan un riesgo alto de suicidio y complicaciones médicas. Por eso los especialistas alertan que los TCA no tratados están asociados con una muerte prematura. El riesgo de fallecimiento para personas con anorexia nerviosa es 6.2 veces mayor que el de la población general. En mujeres entre los 15 y 24 años, el rango de mortalidad es 12 veces superior que en todas las otras causas de muerte. Por otro lado, la anorexia nerviosa tiene el rango de mayor mortalidad de todas las enfermedades psiquiátricas y una de cada 5 muertes por esa causa es atribuible a suicidio.
Mito: La sociedad es la culpable.
Realidad: Los genes juegan un papel en los TCA, pero no actúan solos y el ambiente también es importante. La cultura de dietas y la búsqueda constante de la delgadez, pueden representar un escenario de riesgo. Sin embargo, a pesar de una constante exposición, sólo una proporción de individuos llegan a desarrollarlos. La hipótesis actual más preponderante es que las personas que están genéticamente predispuestas a estos trastornos son las más vulnerables a las presiones sociales y a los condicionantes del ambiente. En pocas palabras, según explica Trujillo, “la genética carga el arma, pero es el ambiente quien la dispara”.
Mito: Quien padece un TCA vive con esa enfermedad para siempre.
Realidad: La recuperación completa es posible. Una detección e intervención temprana son muy importantes y mejoran el pronóstico. Quienes no alcanzan la remisión completa de la enfermedad, con un tratamiento adecuado mejoran notablemente su calidad de vida y estado físico.
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¿Los trastornos de la alimentación tienen cura?
Los especialistas subrayan que la recuperación total de un trastorno de la conducta alimentaria (TCA) es posible y que cuanto más temprana se haga la intervención y se incluya al paciente en el tratamiento, más posibilidades de éxito habrá. “Cuanto más se tarda en la recuperación de peso y el abandono de las conductas de purga, más posibilidades de cronificación hay. Es clave no demorar la consulta porque es ahí cuando el TCA se instala y se agrava”, advierte la psiquiatra Juana Poulisis.
Por su parte, Gisela Rotblat, jefa de Psiquiatría e Interdisciplina del Servicio de Salud Mental Pediátrica del Hospital Italiano y coordinadora de la residencia de psiquiatría infantojuvenil de esa institución, subraya que estos trastornos suelen tener un curso prolongado, una tendencia a la cronificación y que el tratamiento siempre tiene que ser integral y multidisciplinario. “Representan un problema de salud pública asociado a una morbimortalidad muy grande, es decir, afectan la calidad de vida del paciente y su familia y obviamente tiene un riesgo de muerte”, enfatiza.
Además, asegura que en los últimos años hubo “un aumento importantísimo en el número de consultas y en la gravedad clínica de las pacientes”. Y aclara: “Esto quiere decir que hay un compromiso clínico, como hipotensión arterial (presión baja), bradicardia (es una frecuencia cardíaca más lenta de lo normal), derrame pericárdico y deshidratación, con lo cual se genera mayor necesidad de internación para renutrición”.
Por último, las especialistas destacan que la imagen corporal positiva, independientemente del peso, protege contra la alimentación disfuncional y otros problemas de salud mental, y está asociada con mejores resultados de salud física.
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¿A dónde puedo recurrir en busca de ayuda?
● La fundación Bellamente elaboró mapa donde identifica algunos centros especializados en TCA en distintos puntos de la Argentina.
●Hospital Durand: Tel.: 011 4982-5555 / 5655
●Hospital Piñero: Tel.: 011 4631-8100 / 0526
●Hospital Borda: Tel.: 011 4305-6666 / 6485
●Hospital Pirovano: Tel.: 011 4546-4300
●Hospital Argerich: Tel.: 011 4121-0700
●Hospital Garrahan: Tel.: 011 4122-6000
●Hospital Gutiérrez: Tel.: 011 4962-9247
●CITPAD: es una institución médica especializada en anorexia, bulimia y trastornos depresivos. Tiene un hospital de día. Tel.: 011 4863-7640
●Equipo Libertador: surgió en 2006 y está integrado por profesionales especializados en la prevención, el diagnóstico y el tratamiento de pacientes con trastornos de la conducta alimentaria y obesidad. Para consultas se puede escribir por WhatsApp al teléfono +54 11 3559-2823.
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Cómo hicimos esta guía
Este contenido fue producido por el equipo de Fundación LA NACION a partir de una serie de entrevistas a la psiquiatra Juana Poulisis, autora de libros y quien desde hace tres décadas se especializa en TCA; Guillermina Rutsztein, doctora en psicología, profesora asociada e investigadora de la Facultad de Psicología de la UBA; Eva Trujillo, pediatra, especialista en adolescentes y trastornos de la conducta alimentaria (TCA) y expresidenta de la Academy for Eating Disorders; Paula Hernández, psicóloga, especialista en TCA y coordinadora general de la fundación La Casita; Alicia Alemán, psicóloga con una vasta experiencia en TCA; Alejandra Freire, nutricionista del Hospital de Clínicas de la Universidad de Buenos Aires y supervisora certificada especialista en TCA de la Academy of Eating Disorders; Gimena Fiunte, psicóloga del Equipo Libertador, institución que desde 2006 trabaja en esta problemática; y Gisela Rotblat, jefa de Psiquiatría e Interdisciplina del Servicio de Salud Mental Pediátrica del Hospital Italiano, y coordinadora de la residencia de psiquiatría infantojuvenil de esa institución. Además, se consultaron las investigaciones realizadas por la fundación Bellamente en cooperación con el equipo de investigación de UBACyT de la Facultad de Psicología de dicha universidad. La psiquiatra Juana Poulisis hizo además una curaduría del texto publicado.
Créditos
- Edición periodística Javier Drovetto
- Diseño Andrea Platón
