
La obsesión por la delgadez se observa en todas las sociedades
Un trabajo británico identificó tendencias similares entre adolescentes de Ghana
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Cindy Crawford es inocente. La certificación, expedida hace algunos días por el doctor Alan Carson, de la Universidad de Edimburgo, vale para toda esa generación de modelos a la que otros expertos, como la doctora Anne Becker, de la Universidad de Harvard, llama agentes promotoras de la anorexia .
Carson acaba de participar en la reuniónanual del Colegio Real de Psiquiatría, de Gran Bretaña, donde junto a su colega y compatriota David Bennett expuso una sorprendente investigación. Ambos escoceses entrevistaron a un total de 668 chicas de colegio secundario y encontraron _no es una cifra llamativa_ que 6 de ellas salían con puntajes muy altos en un test diseñado para identificar actitudes típicas de la anorexia. Pero _doble sorpresa_ el estudio Carson-Bennett no tuvo lugar en las Islas Británicas, sino en Ghana, una república sumamente pobre de Africa occidental. Y los motivos que llevaban a estas chicas a una vida peligrosamente hipocalórica no eran adoptar un look a la Crawford , sino otros, como el ayuno religioso o una necesidad íntima de disciplina y autocontrol.
Carson y Bennett ahora tratan de decirle al mundo que anorexia hubo siempre y en todas los contextos sociales, pero que puede subirse a las tendencias culturales del momento si van en la misma dirección.
Este mensaje choca con el de la antropóloga Anne Becker, que exploró el estado de las cosas en otra ex colonia británica: las islas Fiji.
Qué verde era mi isla...
Este tranquilísimo archipiélago debió ser un buen lugar para olvidarse de las locuras del mundo, hasta que en 1995 llegó la televisión. Y con ella, según Becker, desembarcó la primera epidemia de anorexia, desórdenes alimentarios severos y vómitos inducidos.
Lo que sucumbió entonces fue el antiguo ideal maorí de belleza, (Gauguin lo captó muy bien en sus pinturas tahitianas); un arquetipo de vigencia milenaria en el Pacífico y que supone cuerpos anchos y musculosos, tanto para los hombres como para las mujeres. Según Becker, con ayuda de la TV británica, estadounidense y neozelandesa, las delgadísimas expulsaron a las robustas del imaginario colectivo fijiano, y promediando 1998 el 74 por ciento de las adolescentes entrevistadas por la investigadora dijo que se sentían demasiado gordas y grandotas.
Becker cree que la TV está repitiendo en versión light lo que hizo el comercio marítimo inglés, cuando en el siglo XX importó el sarampión a las islas y mató a casi toda la población.
Para ella, los valores estéticos que se les están vendiendo a los tataranietos de quienes capearon aquella plaga... son otra plaga. Entonces, ¿cuál es la causa de la anorexia? Lejos de buscarle la quinta pata cultural o explicar su aparente ubicuidad, otros expertos estadounidenses proponen entenderla _y tratarla_ como un típico trastorno obsesivo. Y en eso están logrando alguna efectividad.
Lo bueno de sentirse gordo
Un artículo de los doctores Katharine Phillips y Ralph Albertini, de la Universidad Brown, de Rhode Island, aparecido en el Journal of the American Academy of Child and Adolescent Psychiatry, trata de reencuadrar la anorexia dentro del grupo de las enfermedades obsesivas, en un marco más general llamado BDD (Body Dismorphic Disorders, o Trastornos de Percepción de Deformidad del Cuerpo, en traducción libre).
La idea de Phillips y Albertini es que a las chicas anoréxicas les pasa algo parecido a lo que sufren ciertos pacientes con trastorno obsesivo compulsivo (TOC) cuando se enloquecen pensando que el mundo es una sopa de bacterias y ellos, la comida de esas bacterias. Para los obsesivos-compulsivos, ningún grado de limpieza es suficiente. Para una joven con anorexia, ningún grado de flacura. Lo interesante es que si Phillips y Albertini tienen razón, todo el mundo también la tiene: los escoceses Carson y Bennett, al descubrir que anorexia hubo siempre y que se abrocha a su cultura de origen con argumentos ad hoc . Pero también Becker, que cree que es una epidemia tan cultural que se transmite por TV.
Para Carson y Bennett, lo que sucedió en Fiji es que la TV, a lo sumo, le puso modelos importados a un problema preexistente. O tal vez lo exacerbó, pero científicamente hablando eso ya es imposible de comprobar. Lo que sí se sabe, estadísticas en mano, es que TOC sí existe en todas partes, con tasas de incidencia llamativamente independientes de las culturas y geografías, y no sería raro que hubiera sido así siempre.
Ventaja evolutiva
Desde un punto de vista evolutivo podría pensarse que si los genes que favorecen ciertas conductas siguen entre nosotros tras millones de años de evolución, sin haber sido filtrados por la selección natural o cultural, es que dan algunas ventajas en la lucha por la supervivencia.
Entre los pacientes con TOC, según el psiquiatra Sergio Strejilevich, investigador clínico del hospital Piñero, un tercio siente terror incontrolable ante la suciedad. La creencia irracional de que algo está contaminado debe haber salvado a muchos en épocas de peste negra, tifus, cólera o sida. La adscripción al código de belleza de la cultura en la que se vive sin duda mejora las chances reproductivas, tal vez tanto como la adhesión a los ideales de higiene.
Puede ser bueno sentirse gordo, aunque no sea cierto. Uno entonces redobla esfuerzos gimnásticos. Y consigue pareja, y tiene hijos, y muchas chances de pasarles los genes de la obsesión. Pero si Becker tiene razón, tal vez esas brasas, sopladas por los vientos de la cultura, pueden convertirse en un incendio.
Como rasgo genético, la preocupación monotemática por la belleza tenía todas las de ganar. Pero nuestras madres tenían por diosa a Ava Gardner o a Marilyn Monroe, modelos más sustentables y biocompatibles que los de nuestras hijas, admiradoras de Cindy Crawford.






