
La viudez, una etapa de cambios y desafíos
Aunque la sociedad occidental promueve modelos de viudos alegres, los especialistas aconsejan no temerle a la tristeza
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Al principio, todo se volvió oscuro. Desde el día que murió Natalio, su marido, a Gladys Glasman -de 66 años- las calles por las que había caminado junto a él durante 39 años se le volvieron tenebrosas e imposibles de transitar en soledad.
"Su muerte me costó tantos pañuelos que no los puedo contar. ¡Tenía tanta angustia! Me enojaba con él porque me había dejado. Lloraba con hipo -recuerda-. Y empecé a preguntarme: ¿sola, podré ser feliz?"
Para Kuky Margulies, de 53 años, arquitecta y artista plástica fue difícil "la primera vez de casi todo... sin José. Los cumpleaños de los chicos, el Año Nuevo, las fechas importantes".
A diferencia de un divorcio, el dolor por la pérdida de una pareja tienen características singulares: básicamente, no depende de la decisión voluntaria de cortar un lazo emocional. Quizá por eso la viudez genera en principio impotencia, bronca, tristeza y dolor.
Sin embargo, en la sociedad occidental existen mitos y actitudes que muchas veces impiden transitar el duelo. La figura de la viuda alegre es el mejor ejemplo de ello: "No estamos entrenados para valorar el momento de la pérdida, ni en nosotros mismos ni en los otros -afirman las licenciadas Diana Liberman y Silvia Alper, directoras del Centro Especializado en Terapia de Pérdidas-. Circula la idea de que la gente tiene que estar bien, alegre. Se promueve la negación del sufrimiento, y el disfrute instantáneo. Sin embargo, para poder disfrutar de un nuevo proyecto de vida es necesario dar un espacio al dolor".
¿Se puede salir del pozo sin invocar el "ya va a pasar" o imponerse olvidar? "Si, definitivamente. Pero incorporando una nueva presencia: la ausencia del ser que físicamente ya no está."
El impacto de la pérdida
La pérdida de la pareja es uno de los principales motivos de consulta. "Constituye una de las situaciones más dolorosas por las que atraviesa un ser humano. Pone en juego la identidad personal, que a veces se construye en relación a un otro con el que se comparten años o relaciones profundas", afirma Alper.
Si bien cada persona vive el duelo a su modo, las especialistas describen tres fases: la primera, caracterizada por el aturdimiento y la confusión, que dura unas semanas. La segunda, definida por la desorganización y gobernada por el pesar, el dolor, el anhelo, el enojo y el miedo, "dura varios meses. Generalmente, es el período en que la gente pide ayuda", comenta Liberman.
La última fase es la de aceptación de la pérdida: la persona se reorganiza y se recupera. Pero en contra de aquel mito de que el tiempo lo cura todo , "la herida cicatriza, pero la marca no se borra".
Es que, sin duda, el impacto de la pérdida ocurre en varios niveles: "La realidad conocida se rompe, lo seguro y ordenado se vuelve caótico. Aparecen la desesperación y el vacío. Además, los que pierden a su pareja se sienten extraños e irreales", comenta Alper.
Eso es precisamente lo que le está pasando a Osvaldo Bronsini, de 81 años, que hace sólo 4 meses perdió a su mujer. Prefiere no sacarse fotos, pero accede a la entrevista: "Siempre hay algún motivo para recordarla. La extraño, y la quiero, aunque físicamente no esté. ¡Pasamos 60 años juntos! Ibamos a la iglesia, a hacer las compras, a ver a los nietos, al cine. Ahora hago distintas actividades: voy a yoga y a natación. Aunque pienso que es verdad eso de que no es bueno que el hombre esté solo ".
Los estudios relacionados con las vivencias del duelo y viudez indican que existen diferencias entre los géneros.
Rubén Segalis, de 50, está preocupado porque a uno de sus hijos le duele la garganta. Extraña a Irene, su esposa, que murió hace un año. Es ingeniero, trabajaba en una empresa de telefonía celular, pero lo despidieron al poco tiempo del fallecimiento de su mujer, y todavía está desocupado.
"Tengo que ser padre y madre a la vez -dice mientras llora, tímidamente-. A Irene la siento presente, la sueño. Extraño el olor de sus comidas, las reuniones que organizaba..."
Según explican Alper y Liberman, "los hombre sienten que perdieron una parte de sí; las mujeres se sienten abandonadas. Por cuestiones culturales, las viudas tienen más permiso para llorar y expresar sus sentimientos, y son más propensas a salir con amigas. Los hombres, para arreglárselas solos, se centran en el hacer ".
Una recopilación de estadísticas de las psicoterapeutas Froma Walsh y Mónica McGordrick, de las universidades de Chicago y Nueva Jersey, indica que "la perspectiva de la viudez empieza a preocupar a las mujeres en la mitad de la vida: tienen cuatro veces más probabilidades de enviudar que los hombres, y más probabilidades de enviudar a una edad más temprana. De hecho, más del 75% de los hombres mayores de 65 años son casados, contra el 33% de las mujeres de la misma edad".
A ellos les cuesta más la soledad. En los viudos, luego de un año, el 50% de los varones se ha vuelto a casar, contra el 18% de las viudas, según un estudio que cita el psiquiatra John Bowley en "La pérdida afectiva".
Seguir adelante
¿Qué implica entonces trabajar el duelo, darle su espacio, sobre todo para que no resulte complicado? La respuesta es simple, aunque implica acciones profundas: asegurar que los recuerdos agradables no se tornen dolorosos, lograr que la persona pueda recordar al ser querido como lo conoció, y que pueda llevar una vida propia con sentido y valor.
"Hacer pequeñas cosas, prepararse para las fechas especiales, generar nuevos vínculos, fortalecer los afectos son los caminos que ayudan a salir saludablemente del momento de oscuridad. Con respecto al otro que no está, la idea no es cortar el lazo emocional, sino buscar un nuevo modo de relación con los recuerdos. La pérdida tiene que tener un sentido, y hay que desarrollar -solos o en la terapia, realizando actividades específicas, como escribir- los recursos para que este sentido aparezca."
Potencialmente, todos los seres humanos pueden generar un compromiso nuevo con la vida.
A Gladys, por ejemplo, le pasó un día que, aun extrañando el cálido abrazo de su esposo, pudo volver a caminar sola por una calle oscura. Nunca dejó de extrañar a Natalio, pero ya no se siente culpable por salir sola, o con amigas, e incluso piensa en la posibilidad de una nueva pareja. Trabaja en la farmacia de su hijo, sale a caminar, asiste a conferencias y, según sus propias palabras, "cuando voy a natación soy la más feliz del mundo".
Kuky, que había dejado de pintar, tiene ganas de volver. Hace un tiempo, cuando iba al Colón a ver los conciertos que a José tanto le gustaban "no podía parar de llorar. Ahora ya no lloro, los disfruto, y siento que él está conmigo".
Rubén busca y espera conseguir un trabajo, mientras realiza algunas tareas en el estudio que construyó en su casa. Está haciendo un máster en administración de empresas y, por ahora, no tiene muchas ganas de salir. Se siente movilizado porque en estos días se cumple el aniversario de la muerte de Irene, y tiene muchas ganas de llorar.
Todos coinciden: cuando se encuentran extremadamente mal, piensan que a su pareja no le hubiese gustado que se abandonaran.
Osvaldo también es de los más tristes. Pero a pesar de la tristeza cree que dentro de un año va a estar mejor. "Tengo algunos kilos menos. Todavía no aprendí a cocinar: trato de hacer un huevo frito y me sale un revuelto", confiesa. Está pensando que "si me hago un poco de tiempo, quiero asegurarme el baile: hace 40 años que abandoné el tango, y es una lástima, porque me gusta". Por suerte, ya está en movimiento; además del yoga y la natación, hace gimnasia y caminatas en la plaza Irlanda. Parece que, cuando termina la clase, la profesora siempre les propone a los alumnos que se lleven a su casa un pedacito de cielo. Y Osvaldo, que es muy obediente, ya tiene el corazón y el dormitorio teñidos de celeste.
Claves para ayudar a una persona en duelo
Lo que no hay que hacer
- Obligar a quien ha perdido a su pareja a cumplir un papel, diciéndole: "Lo estás superando bien".
- Decirle "Sé cómo te sentís". Cada persona experimenta el dolor de un modo diferente.
- Ofrecerle: "Llamame si necesitas algo". Esta ayuda indefinida puede interpretarse como falta de deseo de que se comunique con nosotros.
- Sugerirle: "El tiempo cura". Las heridas de la pérdida nunca se curan por completo, y el duelo es más activo de lo que sugiere esa frase.
- Apurarla para que supere el dolor, invitándola a ocuparse todo el tiempo. El duelo requiere paciencia y no puede hacerse en un plazo fijo.
Lo que hay que hacer
- Abrir la comunicación. Si no sabe qué decir, pregúntele: "¿Cómo estás hoy?", o dígale: "Pensé en vos".
- Escuchar un 80% del tiempo y sólo hablar un 20 por ciento.
- Ofrecer ayudas concretas en tareas y actividades cotidianas.
- Esperar momentos difíciles en los meses que siguen a la pérdida.
- Establecer un contacto físico, poniendo el brazo sobre el hombro, o dando un abrazo cuando faltan las palabras.
- Ser paciente con la persona que ha sufrido una pérdida y permitirle compartir sus recuerdos del ser querido.






