
Los detectores de mentiras, ¿ayudan a llegar a la verdad?
La mayoría de los especialistas duda acerca de su ética y su confiabilidad
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Si una mentira pudiera esconderse en una gota de sudor, es probable que los fabricantes de antitranspirantes estuvieran perdiéndose un argumento de ventas. Pero para muchos científicos el detector de mentiras -que recoge información de las glándulas sudoríparas y algunos órganos del cuerpo- está lejos de ofrecer garantías absolutas.
Las estadísticas indican que el aparato que en estos días hizo transpirar al representante demócrata norteamericano Gary Condit, involucrado en un escándalo sexual, se utiliza en más de un millón de procedimientos por año. Sus defensores argumentan que puede identificar desde una mentira en un juego de truco hasta los secretos del último de los amantes ardientes, mientras que sus críticos lo cuestionan en dos aspectos: confiabilidad y ética.
Básicamente se lo considera poco compatible con el principio de que nadie puede ser obligado a declarar contra sí mismo . Se emplea en unos 30 Estados norteamericanos; en la Argentina no tiene valor jurídico. Y aunque aquí ningún detector sellará el destino de un juicio, se lo propuso en ocasiones (recientemente en Río Negro, en el juicio por el crimen de Cipolletti) como complemento necesario de los peritajes psicológicos.
Los signos de la mentira
Existen instrumentos más o menos sofisticados, pero en términos generales un detector de mentiras o polígrafo mide el pulso, la respiración y la humedad de la piel. Un individuo conectado a la máquina y listo para las pruebas deberá haber respondido un cuestionario previo. Ya con electrodos a cuestas, y mientras una aguja realiza trazos fisiográficos en un papel, contestará una nueva batería de preguntas que luego serán evaluadas por expertos
Desde los servicios de inteligencia hasta el área forense o la selección de personal, el detector se ha utilizado asiduamente a partir de que en 1939 Leonard Keeler agregó a un modelo fabricado en 1921 por John Larson las pruebas de conductibilidad dérmica.
"El fundamento del detector es que ante el interrogatorio de una autoridad se produce una descarga emocional mediada por el sistema nervioso autónomo. Cuando una persona miente, se produce una serie de manifestaciones ostensibles, como el aumento de las frecuencias cardíaca (taquicardia) y respiratoria (taquipnea), la dilatación de la pupila (midriasis) y, un dato muy importante, el aumento de la transpiración dérmica", explicó el doctor Daniel López Rosetti, presidente de la Sociedad Argentina de Medicina del Stress (Sames).
La ecuación es simple: interrogatorio, mentira verbal, emoción, transmisión neurológica de la emoción. ¿Resultado? Manifestaciones físicas periféricas y aumento de la transpiración. Coherente para algunos, probablemente insostenible para quienes han leído los escritos del psicoanálisis sobre la mentira, el detector abre la puerta a una pregunta básica: ¿cómo diferenciar en una persona que ésta transpira porque miente y no por estar sometida a la presión de un interrogatorio?
"Por definición, una prueba de polígrafo es estresante -aclara López Rosetti-. Una persona sometida a un estresor puede transpirar, pero lo que mide el detector no es cuánto transpira, sino cuánto más transpira respecto de una medida basal tomada antes de las preguntas clave."
El profesor Enrique Segura, director del Laboratorio de Biología del Comportamiento del Conicet, advierte: "No existe ningún dato empírico que contraste un 100% con una afirmación falsa. Lo que se hace es introducir en el universo de las probabilidades los elementos de juicio que se tienen a mano; entre ellas está la prueba del polígrafo, que debería complementarse con otras".
En Internet, Doug Williams, veterano de las fuerzas armadas norteamericanas, afirma tener la fórmula para pasar la prueba del detector en su libro "Cómo sortear el polígrafo". Más allá de las ambiciones comerciales, datos de la realidad ponen en duda su eficacia: "La Oficina de Asistencia Tecnológica, vinculada con el Congreso de los EE.UU., corroboró fallas en más de un 50% de casos de inocentes comprobados", afirma la licenciada Claudia Norry, del Servicio de Psicología del Cuerpo Médico Forense de la Justicia Nacional.
"Estos métodos no observan la posibilidad de que en las variaciones de las respuestas fisiológicas puedan incidir otras causas distintas del acto de mentir. Desde el punto de vista ético, en el nivel internacional se los ha considerado indignos en tanto afectarían los derechos de privacidad de una persona", agrega la psicóloga.
Norry asevera: "La disciplina psi cuenta con herramientas que nos permiten develar la personalidad de un sujeto, su tendencia a fabular, su proclividad a la simulación".
Es de suponer que Jack el Destripador o Hannibal Lecter podrían engañar al polígrafo sin derramar una gota de sudor de su frente. "Existen formas de burlar la potencial alteración de la respuesta fisiológica", confirma la especialista.
El doctor Orlando D´Adamo, director de la carrera de Psicología de la Universidad de Belgrano (UB) y profesor titular de Psicología Política de la UB y de la UBA prefiere no opinar sobre detectores, pero aporta datos sobre los mecanismos puestos en juego cuando, como ocurrió con Condit, le toca el turno a un político.
"En política, la mentira está institucionalizada: un candidato afirma hasta último momento que ganará, aunque esto no sea posible. Además, la mentira tiene valor cultural. En los Estados Unidos mentir en política es mucho más grave que en la Argentina. A Richard Nixon se lo condenó en Watergate no sólo porque estaba mal espiar al partido rival, sino porque también era inaceptable que hubiera mentido a sus conciudadanos."






